Nos gustaba la casa, pero no era ciertamente a
causa de su espacio o los recuerdos que evocaba.
Nuestro gusto más bien se originaba en la idea de
llenar vacíos, y en que cada rincón de la casa estaba lleno de recuerdos que de
alguna forma nos eran significativos. Así, esa falta de vacíos parecía demostrarnos
que de cierta forma nuestra vida estaba colmada, y que cualquier otra cosa que
pudiésemos desear ya pasaba a ser la muestra de un exceso, o una manifestación de
aspiraciones innecesarias.
Ningún espacio en la biblioteca, muebles y repisas
llenas de objetos pequeños, plantas y figuras colmando los últimos espacios en
blanco… todo en aquella casa parecía estar hecho para acogernos y hasta de
cierta forma inmovilizarnos, como si alguien hubiese preparado una especie de
nido o refugio lleno de cojines donde uno pudiese descansar tranquilo, con la única
condición de abandonar la idea del movimiento constante y hasta de las
inquietudes internas.
Y claro, uno deja de escribir en esos años. O de
hacer aquello que en el fondo era fruto de esos movimientos internos ya
abandonados. Con todo, lo que llamamos felicidad y hasta amor, sabe adaptarse a
esa idea de quietud, y crece como esos pequeños y hermosos hongos que surgen en
los espacios húmedos, y a los que nos acercamos a contemplar, a veces, sinceramente maravillados.
Pero bueno, no es de eso precisamente de lo que
quiero hablar, sino de lo que ocurrió con la casa, pues aquello que éramos
nosotros perdió ya todo atractivo y hablar de uno mismo, a solas, resulta ser algo todavía menos motivante.
Pasó entonces, decía, que un día en la casa, comenzaron a aparecer pequeños espacios en blanco. Es decir, encontrábamos en un mueble un vacío que estábamos
seguros no había existido antes, pero no lográbamos llenarlo con ningún tipo de
recuerdo.
Por si fuera poco, lo mismo comenzó a ocurrir con los libros. Así, de vez
en cuando sorprendía un espacio nuevo entre ellos, como si hubiesen sacado
alguno, pero por más que forzaba la memoria no lograba acordarme de qué libro se
trataba, y eso se transformaba entonces en una sensación realmente angustiante.
Y es que no se trataba de la pérdida concreta, sino
del por qué uno ya no recordaba aquello que había perdido.
¿Tan poco importante se habían vuelto aquellas
cosas que podíamos perderlas sin siquiera recordar qué es lo que eran? ¿Por qué
no las extrañábamos y solo nos sorprendían las huellas que aquellas ausencias
iban dejando?
Así, sucedió que todo comenzó a cambiar entre
nosotros. No es que sospecháramos del otro a partir de aquellas pérdidas, ni
tampoco de los amigos que por entonces nos visitaban… pero algo incómodo
comenzó a surgir entre la relación que teníamos nosotros con aquello que estaba
ocurriendo al interior de nuestra casa.
-Esta casa se está comiendo nuestras cosas –concluimos
un día, ante la evidencia.
Pero lo cierto, descubrimos con el tiempo, es que
el asunto era todavía más complejo.
Y es que lo que realmente estaba devorando aquella
casa, resultó ser a fin de cuentas el interior de nosotros mismos. Nuestros recuerdos, nuestros afectos,
y hasta nuestras verdaderas necesidades.
Sé que puede parecer que estas cosas las perdemos
por nuestra propia culpa, o descuido, pero estoy seguro que esa casa tuvo algo que ver con
todo eso.
Es decir, la aparición de vacíos era algo
indudablemente más angustiante que el constatar la desaparición concreta de algún
objeto.
-¿Te acuerdas qué desapareció de este sitio? –solía
preguntarme ella, cada mañana, apuntando siempre un nuevo espacio en blanco.
Entonces, para responder, yo buscaba en mí y descubría que nada
sabía, y terminábamos luego esquivando el tema y sometiéndonos a aquello como
si hubiese sido una regla inevitable de la vida.
Fue así que un día, en medio de la noche y todavía
abrazados, comprendimos que hasta aquello que sentíamos el uno por el otro
podía perderse, y luego olvidarnos incluso de que hubiese existido, y dejar de
necesitarlo.
Y claro, tras el presagio, ocurrió que terminamos de perderlo todo,
llenándonos de vacíos donde siempre antes hubo un sinnúmero de cosas que, por mucho tiempo, incluso nos parecieron vivas.
-Así es realmente como se toma una casa –dijo entonces
uno de nosotros-, llenándonos de vacíos hasta expulsarnos de aquello que
creemos ser, junto a un otro.
Hoy, con todo, lamento decir que no extraño
aquella casa.
Sé que amé y que por un tiempo al menos, no hubo vacíos, y hasta sé que a
veces me sentí amado.
Lamentablemente, el final de todo es olvidar hasta
los nombres.
Así, quién sabe si hasta parte de aquello que
llamamos nuestro corazón, fue
consumido finalmente al interior de aquella casa.
Si así fuera, por último, solo me quedaría reconocer unas cuantas cosas:
Nada traje conmigo.
No recuerdo qué dejé en ella.
Pero este, sin duda, soy yo.
