lunes, 27 de julio de 2026

En un viaje a Tailandia se subió a un elefante.


En un viaje a Tailandia se subió a un elefante.

Ocurrió el último día de sus vacaciones, horas antes de tomar al avión que la llevaría de regreso a su hogar. A miles de kilómetros de ahí.

El punto es que calculó el tiempo y aprovechó de ir al lugar donde podría hacerlo, pues estaba prohibido montar elefantes en los distintos santuarios y parques nacionales que visitó durante su viaje.

Un vendedor le había dado el dato hacía unos días y ella se había decidido a ir.

No era solo por la foto, se decía, sino por la experiencia.

Era la posibilidad de montar un animal que en algunas décadas -según había oído-, probablemente podría desaparecer.

O eso al menos fue lo que explicó.

Cuando llegó al lugar se sorprendió al ser la única visitante.

Era un predio extenso, en los bordes de la ciudad, donde podía recorrer unos cientos de metros en elefante, acompañada por un guía.

No había mucho que ver, pero al menos podría andar sobre el elefante.

Nada de fotos, le dijeron. Está prohibido.

Y ella aceptó.

Ya sobre el elefante, sin embargo, pensó que no tendría cómo demostrar a los otros lo que había hecho y se desanimó un poco.

Además, el bamboleo del animal, al caminar, era más brusco de lo que ella había creído. Y la altura era considerable si llegaba a caer.

Con todo, intentó disfrutar aquel momento, y a pesar de que el paisaje era un tanto simple y monótono, se entretuvo observando la piel del elefante, y pasando sus manos sobre ella.

Ya al final, al descender, intentó tener un gesto de cariño al despedirse del elefante, pero este se mostró indiferente con ella, aunque le pasaron algo de comida incluso, para alimentarlo.

-¿Cómo se llama el elefante? -preguntó ella.

-No necesita nombre -le contestó el guía-. Ya es viejo.

Ella observó al animal con más cuidado.

Le pareció que era cierto.

En la mirada del elefante podía notarse que el animal era mayor y hasta podía intuirse que no estaba interesado en ver mucho más.

-Ya terminó la visita -dijo el guía, para instarla a dejar el lugar.

Ella escuchó y se alejó del animal para irse del lugar.

Ahora solo falta llegar al aeropuerto, subirse al avión y regresar, se dijo.

Ya en el avión, pensó que no estaba realmente regresando.

Puede ser algo confuso, pero eso fue lo que nos dijo.

-Subo al ascensor, entro al departamento, pero no siento que llegar acá haya sido un regreso -explicó.

Es por lo largo del viaje, le dijimos.

Ella asintió.

No nos creyó tal vez, pero asintió.

Con eso basta, me dije.

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