domingo, 20 de septiembre de 2026

El vapor que sale del arroz blanco.


*

Te acercas a la olla
para sentir el vapor que sale
del arroz blanco.

Solo un momento te acercas
y está bien.

Con eso basta, digamos.

Luego apagas el fuego
y te alejas un poco.

Como si guardases silencio
después de decir una verdad.

O como dios se aleja
luego de soplar la arcilla.


*

Sirves un poco de arroz en un plato.

Arroz blanco en un plato blanco.

Todavía sale vapor del arroz que ahora está en el plato.

Ya no sabes si mirarlo o no.

De cualquier forma, el plato está frente a ti.

Amplio, cuadrado, con el arroz un poco al centro.

Lo miras como si estuviera muriendo, al arroz ese.

Naciendo y muriendo, en realidad.

Lo que te gustaría es comer el vapor que va ascendiendo.

O ascender con él, directamente.

O en realidad quién sabe.


*

Pasan los minutos.

Has comido un poco de ese arroz,
pero lo importante ya ha pasado.

No hay vapor, me refiero.

Sabías que iba a pasar,
simplemente,
y pasó.

Aunque eso, por supuesto,
no consuela.

Ahora, lo que queda del día
y lo que queda del arroz
son prácticamente la misma cosa.

Nada malo en todo caso.

Nada terrible.

Al menos, existió.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Un stand up de profetas.


Esa noche fuimos juntos a un stand up de profetas. O así al menos se anunciaba en los carteles.

No es que fuese un show realizado por profetas, aclaraban, sino era un tipo que solo contaba anécdotas y chistes de profetas.

Habían pegado carteles justo frente al bar donde nos juntamos esa vez, y ella fue la que me invitó a ir.

Se recomienda no asistir si usted es creyente, decía en la parte baja del cartel, junto a una carita sonriente.

También salía el valor de las entradas, que terminé pagando yo.

-Gracias por invitarme –dijo ella, mientras pedía unas copas (que también debí pagar).

Poco después subió a un pequeño escenario un también pequeño comediante.

La gente lo recibió entre aplausos, como si fuese muy reconocido.

Yo nunca antes lo había oído nombrar.

Entonces, sin más, el comediante comenzó a contar como se topaba día a día con distintos profetas.

En el ascensor, en el metro, en la oficina donde decía que trabajaba.

Todos los que conocía, se quejaba, eran profetas.

Y todos le decían, cuando se juntaban, lo que a él le iba a pasar.

-El último me dijo que hoy conocería a uno en este show –dijo entonces-. Así que pregunto: ¿hay alguien aquí que sea profeta?

Nadie levantó la mano.

-No importa –agregó-, el profeta me advirtió que esto pasaría, y me anunció que solo después de varios intentos se atrevería a revelarse… Vuelvo a repetir, entonces, ¿está aquí ese profeta?

La situación me parecía incómoda, pues nadie respondía y había una tensión en el ambiente.

Pasaron algunos segundos.

Justo entonces la chica que estaba conmigo levantó la voz.

-¡Aquí! –dijo mientras me apuntaba-. El profeta que buscas me invitó a venir.

-¡No es cierto…! –reclamé.

-¿No eres profeta? –me preguntó el comediante, mientras algunos se volteaban a verme.

-No es cierto que la invité a venir –dije, levantando la voz.

Hubo risas, algo incómodas, y una que otra pifia también.

El comediante comenzó entonces a hacerme preguntas, y yo las respondía, sin pensar.

No recuerdo bien de qué hablamos, pero entre otras cosas bromeó sobre el libro que tenía sobre la mesa, diciendo que era un libro de profecías.

-Es un libro de Cartarescu –lo corregí.

La gente rio, como si Cartarescu fuese gracioso.

Eso me molestó.

Solo detuvo mi enojo un pequeño temblor que se sintió en el local.

Y claro, luego se cortó la luz.

Algunos de los que estaban ahí se levantaron nerviosos, como si todavía estuviese temblando.

Al hacerlo, se cayeron algunas copas y botellas, causando un gran alboroto.

Gritando, la chica que estaba conmigo me tomó de la mano y me tironeaba para escondernos debajo de la mesa.

-No hay terremoto… -le intenté explicar, mientras retiraba mi mano y veía como ella se escondía igualmente.

Por último, esperando que todo se calmara, tomé el libro de Cartarescu y lo abrí al azar, mientras posaba un dedo en una frase.

Cuando vuelva la luz veré lo que dice, me dije.

Y esperé.

viernes, 18 de septiembre de 2026

El hervidor no está malo.


-Te equivocas –dijo F.-, el hervidor no está malo. De hecho, funciona muy bien y el agua que pones en él hierve bastante rápido. Tiene poco uso, es de buen material y sus cables están como nuevos. El único problema del hervidor es que no se detiene cuando el agua ha hervido. No se detiene por sí solo, quiero decir. Así y todo si se pasa un rato luego de hervir el problema no es tan grave. Simplemente se evaporará un poco de agua. Lo que debes evitar es que se evapore toda el agua, nada más, porque ahí sí que se daña el hervidor y supongo que de forma grave. En resumen, basta con que le dediques un poco de atención cuando le coloques agua y luego, cuando hierva, te acerques nuevamente y lo detengas tú mismo. Por otro lado, si quieres mayor seguridad, colócale un poco más de agua, por si te distraes y se evapora un poco. Un poco más de las que necesitas, quiero decir. Si lo haces así funcionará bien. Y alargarás su vida útil.

-¿Vida útil? –dijo S. en voz alta.

-Sí, ya sabes… –intentó explicar F.-, es el periodo en que algo sirve para…

-Sé lo que es –interrumpió S.

-¿Y entonces?

-No me gusta –dijo S., cortante.

Luego de esto desenchufó el hervidor, enrolló el cable y lo metió en una bolsa.

-Si quieres puedes llevártelo –dijo S.

F. no contestó.

Todavía no lo hace.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Murales.


I.

Sobre el muro pintas para hacer murales.

Ese es el hecho concreto.

Luego, si quieres, podemos sentarnos a discutir si ha dejado o no de existir el muro.

Hablarás de soporte, por supuesto, y yo diré que eso es simplemente material.

Igual como deja de haber voz cuando hay palabras.

Tú sonreirás, entonces, para no ofenderte y para fingir comprensión.

Eso es triste.

Es lo mismo que hace el mural, si lo piensas.


II.

Vuelves al tema una y otra vez, y yo te lo permito.

Te lo permito con afecto, pues solo ocurre que no sabes.

Dejo que hables:

Si derribo el muro derribo el mural, me dices, con seguridad fingida.

Luego hablas del origen de la palabra alma.

No del anima latina sino de alma como adjetivo.

Largo rato hablas de aquello.

Finalmente, yo te contesto que no lo derribas.

O te corrijo, más bien.

Finges no saber de qué te hablo.


III.

No vas a comprender, así que no sigamos, te digo.

Lo que ocurre es que eres incapaz de dudar del hecho concreto.

Antes, tal vez, habría fingido un poco, para no obligarte a salir de ti mismo.

Ahora, desde fuera, sigues buscando el muro, para apoyarte.

No el mural.

Como un ciego.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un joven trabaja en una funeraria.


*
Un joven trabaja en una funeraria. No tiene un puesto de importancia, pero ayuda en varias cosas. No es el encargado oficial de nada, aunque sin duda es un trabajador útil. Sobre todo porque no les teme a los muertos. Ni temor ni rechazo, dice él, cuando alguien le pregunta. Antes trabajó vendiendo plantas, para pagarse los estudios. Luego, siguió trabajando, pero dejó de estudiar. En su actual trabajo a veces colabora en el aseo de los cuerpos. También le ha tocado vestirlos, maquillarlos y acomodarlos en el ataúd. Solo una vez le ocurrió un percance.

*
El percance le ocurrió mientras vestía un muerto. Estaba solo, escuchando música mientras le acomodaba el cuello de la camisa. Usaba audífonos inalámbricos para escuchar música. Entonces vio desde lejos que venía su jefe y se sacó los audífonos y sin saber por qué se los puso en las orejas al muerto. Sin pensarlo lo hizo, como si los dejase ahí por un momento. Si hubiese estado masticando tal vez se lo hubiera metido en la boca. Entonces el jefe lo reprendió por una falla en otro trabajo y le dijo que fuese de inmediato a corregirla. Él se fue y la corrigió. Alguien más terminó de vestir al muerto y luego se lo llevaron. Con los audífonos, claro.

*
Él intentó recuperar los audífonos, pero ya era tarde. Podía ir hasta el lugar donde se realizaría el funeral, pero en parte el ataúd ya estaba sellado. Con un vidrio, claro, para que los parientes vieran al muerto, pero no iba a andar abriéndolo para recuperar los audífonos. Además, el problema no era recuperarlos sino tener que explicar la situación si alguien los veía. Nadie los vio, sin embargo. O nadie reclamó, al menos. Desde entonces, han pasado un par de años, sin ninguna novedad. De hecho, ese es el último percance que le ocurrió, según cuenta. Tuve más anécdotas cuando vendía plantas, dice, pero nadie me pregunta de aquello. Yo, ciertamente, tampoco lo hago.

martes, 15 de septiembre de 2026

¿Alcanzaste a conocer los buzones?


-¿Alcanzaste a conocer los buzones?

-¿Buzones?

-Sí, buzones, ya sabes… en las calles de la ciudad.

-¿Buzones como buses grandes?

-No, hueón… yo digo esas cosas como para dejar cartas, de metal, en algunas esquinas…

-Ah, esos… pues no recuerdo haber visto realmente, pero sé lo que son.

-Pues yo viví muchos años en un departamento cuya ventana daba justo frente a uno… Aunque ya ni se usaban en ese tiempo…

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué?

-Si no se usaban ¿por qué había un buzón frente a tu ventana?

-Porque antes se había usado po, hueón… y se fue quedando ahí.

-¿Se fue quedando ahí?

-Claro, o sea, no lo sacaron y se fue quedando ahí. Y entonces comenzaron a usarlo de otra forma.

-¿Cómo…?

-De otra forma po, hueón… O sea, todavía tenía una ranura por donde se metían los sobres, pero estaba media rota esa parte… y había personas que se dejaban cosas.

-¿Qué cosas?

-Cosas, po hueón… Cosas medias turbias… Supongo que drogas, dinero sucio… Incluso una vez vi que alguien sacaba una pistola.

-¿Y nadie decía nada?

-No, porque lo hacían de madrugada, cuando no había nadie. Yo me quedaba leyendo frente a la ventana así que los veía. Pasaron meses así, hasta que un día ocurrió una desgracia…

-¿Te descubrieron viéndolos?

-No, nada que ver… Lo que pasó es que uno de ellos metió el brazo muy adentro y se le atascó… estuvo varios minutos así hasta que de pronto llegó la policía…

-¿Los llamaste tú?

-No, hueón… yo no soy personaje… yo solo vi la hueá…

-¿Y qué pasó?

-Pasó que el tipo se puso más nervioso y la policía se acercó a él y lo apuntaron con un arma. Luego le pegaron varias veces hasta que logró sacar el brazo, medio torcido.

-¿Por qué le pegaron?

-No sé po, hueón… supongo que se dieron cuenta que estaba en algo malo. Además vi que sacaron un par de paquetes y se llevaron al tipo…

-¿No pasó nada más?

-Sí, al otro día vinieron unos tipos de la municipalidad y sacaron unas sierras eléctricas y cortaron el buzón y lo abrieron en varios pedazos. Al parecer no encontraron nada de valor y dejaron los pedazos del buzón ahí, en la vereda.

-¿Ahí terminó la historia?

-Sí, más o menos… o sea, yo pasé por el lado y vi los pedazos de buzón, y noté que en el fondo del buzón había restos de cartas antiguas, que probablemente nunca se enviaron.

-¿Recogiste esas cartas?

-No, hueón, para qué… Además estaban viejas y se veían medias ilegibles…

-¿Y si había alguna para ti?

-¿Cómo mierda iba a haber una para mí?

-¿Y por qué no? Tú eras de esa época… ¿acaso nunca quedaste esperando alguna carta?

-De verdad eres hueón… ¿por qué nunca dejas terminar bien una historia?

-Claro que dejo… lo que pasa es que a ti no te gusta ser parte de ellas. O sea, estás en ellas, pero siempre quieres creer que estás fuera.

-No es cierto…

-Claro que sí… yo creo que por eso no te llegan cartas. O no las recibes, más bien.

-¿De qué estás hablando…? Si ya ni siquiera hay cartas.

-Eso no importa… Tú sabes de qué hablo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

No quiere el pobre los sueños del rey.


No quiere el pobre los sueños del rey.

O no sabe lo que quiere
o desea tal vez otra cosa.

El rey en cambio
desea retenerlos de una forma u otra.

Un hombre está sentado a su lado
y algunas veces los pinta.

Otro hombre, más allá,
intenta transformarlos en música.

Hace un tiempo hubo un tercero,
pero el rey dejó de creer en las palabras.

No sirven para los sueños,
le dijo, antes de echarlo.

Por seguridad debían matarlo,
pero el hombre huyó
únicamente con la lengua rota.

Un sacerdote que vino a ver al rey
le dijo que sus sueños
eran también los sueños de los dioses.

El rey no entendió aquello
pero igualmente agradeció
y regaló piezas de cobre al sacerdote.

Días después culparon a un pobre
de la muerte del sacerdote.

Nadie vio el crimen, pero el pobre tenía
dos pequeñas piezas de cobre.

Lo llevaron entonces ante el rey
que justo esa noche había soñado con vino.

Le expusieron los cargos
y el rey invitó al pobre a hablar en su defensa.

Este nada dijo, sin embargo,
pues no quería defenderse o tenía la lengua rota.

Que cargue con la culpa, dijo el rey,
así como cargo yo, con mis propios sueños.

Así sea, dijeron todos, con la comprensión vacía.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Revistas de arquitectura.


M. pasa horas cada día viendo revistas de arquitectura.

Tiene muebles enteros llenos de ellas, pues las colecciona desde niño.

Desde entonces, gasta prácticamente todo el dinero disponible con ese fin.

Está suscrito a seis de ellas en el extranjero y encarga de vez en cuando publicaciones antiguas, en una tienda especializada.

Trabajó más de veinte años en un banco, quince en una notaría y hoy es conserje en un edificio de departamentos en la comuna de La Reina.

No tuvo hijos ni mascotas.

Nunca quiso tenerlos.

Eso le costó el matrimonio, por cierto.

Estuvo casado ocho años con una mujer que conoció durante el tiempo que trabajó en el banco.

Ella quería proyectarse, construir algo sólido, le decía, para lo que no bastaban ellos dos.

De cualquier modo, se separaron en buenos términos.

Todavía se saludan para el aniversario de bodas y de vez en cuando para navidad.

Respecto a la obsesión de él con las revistas de arquitectura, esta parece no haber influido mayormente en la relación.

Ella nunca se lo cuestionó, al menos.

Lo dejaba tomarse su tiempo viendo revistas, aunque pocas veces cruzaron palabras al respecto.

No parece una obsesión sana, pero él se defiende diciendo que es la única que tiene, al menos.

Yo lo conocí en la época en que trabajó de conserje y lo veía observar sus revistas.

Respecto a sus opiniones sobre ellas, nadie las conoce.

Nunca ha construido nada y ha comentado en un par de ocasiones que no le hubiese gustado ser arquitecto.

También tiene un par de cajas grandes donde guarda postales en que aparecen construcciones.

Son cajas grandes, de cartón, hechas justamente para almacenar cosas.

Habitables, tiene escrito en una de ellas.

No habitables, está escrito con plumón azul, en la otra.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una buena clasificación.

De hecho, si hay mejores, a mí al menos no se me ocurren.

Esa es su historia, más o menos.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Geografía microscópica dinámica.


Sueño que estoy en una especie de conferencia, como espectador, y hay un tipo exponiendo hablando de algo que se denomina “Geografía microscópica dinámica”.

El tipo parece una especie de doctor, pero a un costado suyo hay también otro expositor que se ve un poco más serio, como un físico de antaño.

Ambos exponen largamente y luego dialogan un rato.

Por último, la audiencia comienza a hacer preguntas.

Una mujer acerca un micrófono inalámbrico cada vez que alguien quiere preguntar.

Observó al menos a cinco o seis personas que han realizado sus consultas.

Las escucho a ellas y escucho también las respuestas de los expositores, pero lo cierto es que poco comprendo.

A pesar que yo no lo he solicitado veo de pronto que viene hacía mí y me extiende el micrófono.

¿Por qué?, le pregunto a la mujer.

¿Por qué, qué…?, me pregunta a su vez.

Entonces observo lo que ella mira y noto que uno de mis brazos está levantado.

Olvídelo, le digo, recibiendo el micrófono.

No sé bien qué hacer con él, así que lo mantengo frente a mí, mientras cuento hasta diez.

Luego, sorpresivamente, me escucho preguntarle algo a los expertos.

Algo que he olvidado, ciertamente, al despertar.

Ante mi pregunta, responde primero el que me parecía un físico y luego el que me pareció un doctor.

Mi cabeza se mueve, como si comprendiera, pero yo sé que no es cierto.

Es entonces cuando despierto, al parecer.

O sea, no sé si ocurrió así, pero nada más recuerdo de ese sueño.

Por la mañana, busco información sobre la geografía microscópica dinámica y descubro que es algo que existe realmente.

Igual eso no quiere decir nada, me digo, dejando a un lado la información.

Yo quería decirles otra cosa.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nevó en la ciudad aquella vez.


Nevó en la ciudad aquella vez.

Tanto que se juntó nieve sobre las casas y las calles.

Por varias horas nevó.

Y el paisaje, entonces, se volvió blanco.

Esto casi nunca pasa, dijo alguien, como si pensara en voz alta.

Yo no era ese alguien, por cierto, aunque sin duda pensaba algo parecido.

Una observación ligera y poco profunda, es cierto, pero qué más se podía pensar.

De seguro la nieve también cubre pensamientos más profundos.

Cómo sea, lo importante es que había nevado y todo afuera se veía blanco.

Eso fue en la noche, sin embargo, ya que al otro día la nieve comenzó a derretirse.

Y el blanco comenzó a desaparecer y asomaron las cosas que estaban debajo.

Desde mi casa observaba el jardín mientras esto ocurría.

La luz del sol lo iluminaba y ya apenas quedaba nieve al mediodía.

Entonces noté que un montoncito apenas, en medio del jardín, se negaba a desaparecer.

Era como la última brasa que queda, luego de algún incendio.

Esperando que se derritiera no dejé de mirarla.

Y como no se derretía no me dejaba marchar.

No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero sentí que fueron horas.

Algo no va bien, me dije, mientras me acercaba al montoncito de nieve.

Cuando estuve a pocos centímetros me incliné para verlo mejor.

Ya te he visto y me has visto, le dije, esto no es necesario.

Como si me hubiese escuchado, la nieve comenzó a derretirse en ese instante.

Primero pareció resquebrajarse, luego brilló un poquito y poco después resultó que ya no estaba.

Conmigo pasará lo mismo alguna vez, me dije.

Ojalá nadie me observe de esa forma.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Un cerebro en una jarra.


No supe que era real hasta mucho después.

En ese entonces pensé que se trataba de algo así como una performance artística.

Un cerebro en una jarra y varios vasos cerca.

Entonces te servían del líquido ese que tenía un leve color rosáceo.

Es fresco, decían, mientras te explicaban sus características.

De cualquier modo, como lo explicaban en inglés, no lograba entender del todo.

Algo sobre la lisis celular se proyectó en una pantalla.

Luego un tipo que parecía chef dijo hablo sobre notas metálicas, fondo umami y entregó unas cápsulas que debían consumirse horas después.

Eran para detener temblores, creí entender, y pequeños dolores abdominales.

Entonces fue que sirvieron los vasos y los fueron acercando a quienes estábamos ahí.

Eran vasos muy pequeños, largos y de un cristal opaco.

Yo también tomé un vaso, pero no bebí su contenido.

Luego, las personas comenzaron a entrar un salón, mientras yo me alejé y tomé un desvío.

Nadie pareció fijarse en mí.

Crucé varias puertas, sibí y bajé escaleras y me encontré de pronto en una pequeña sala.

Luego avancé por un pasillo y encontré una puerta que me devolvió al pequeño museo al que había ingresado horas antes.

Una mujer se sorprendió al verme, pero me tomó por un turista perdido.

Dejé el vaso sobre una mesa mientras llamaba a un guardia que luego me acompañó hasta la salida del lugar.

Era el museo Pietri, por cierto.

Vi varias antigüedades egipcias en él, unas esculturas de leones y luego, como contaba, un cerebro en una jarra.

Algo ocurrió entre todo aquello, pero no lo recuerdo muy bien.

A veces un recuerdo se asoma, pero yo lo golpeo rápido para que retroceda, como en esos juegos de topos.

Soy muy bueno en ese juego.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Qué paisaje?


Discutimos. Uno exige explicaciones de por qué hay tantos y el otro responde diciendo que solo hay uno. Todo resulta un poco confuso. Yo mismo –que soy uno de los que hablo-, no sé muy bien qué postura defiendo. Ambos miramos en una misma dirección, mientras discutimos, y no es hacia el otro. De cierta forma eso es bueno, aunque confunde un poco. Evitar observar de dónde proviene la voz, me refiero, y elegir mirar desde dónde provienen las palabras. O el significado de ellas, más bien. La referencia. Sí, eso es. La referencia. Estamos hablando de paisajes, por cierto.

Cosas que dice uno:
Lo que pasa es que nos engañamos pensando que el paisaje existe por sí mismo… Y no me refiero a la diferencia entre lo natural y lo cultural… El engaño es otro y no es evitable, es cierto, pero al menos puedes elegir no olvidarte de eso. Y no intentar una y otra vez describir como si así capturaras algo…

Cosas que dice el otro:
Me cago en Simmel. Hace como que dice, pero al final no dice nada. O no lo soluciona al menos. También me cago en Ingold, por cierto. Y si me queda mierda salpico también el robo de Susskind a Smolin con la idea esa del mapa de todas las soluciones matemáticas posibles…

Seguimos discutiendo. Hace pocos días cambiaron la hora así que oscurece un poco más tarde. Si habláramos sobre eso estoy seguro que también lo discutiríamos. Eso es lo que ocurre, a fin de cuentas. Eso es lo que debe pasar.

Tememos otra cosa.

martes, 8 de septiembre de 2026

Arañas apostando moscas.


I.

Vi dos arañas grandes apostando moscas muertas.

Moscas pequeñas, por cierto. Algo secas.

Las dejaban junto a ellas y se miraban fijamente.

No sé en qué consistía su apuesta, pero entre la mirada de ambas yo creo que rodaban dados.

Así, tras un rato, una de ellas empujaba con una de sus patas una mosca hacia la otra.

Y esa, entonces, agrupaba la mosca ganada junto a las otras que tenía.

Luego seguían apostando.


II.

Tardaron horas, las arañas, en terminar el juego.

No es que tuviesen muchas moscas, cada una, pero solían turnarse en los triunfos.

De igual forma, una vez despojada una de todas sus moscas, siguió un rato apostando.

No sé qué apostaba esa araña, pero siguió en la misma actitud, frente a la otra.

Tal vez ganó, incluso, pero como su apuesta fue cero, su premio debió doblar ese factor.

Luego se fue, simplemente, la que no tenía moscas.

Sin aire de derrota.


III.

Debiésemos aprender de las arañas.

De sus apuestas, me refiero.

No por el tiempo empleado ni por el producto apostado, pero sí por la actitud, al menos.

Lo digo no solo pensando en la araña derrotada que se retiró digna.

Ni tampoco por la ganadora que envolvió a sus moscas en tela y se las llevó consigo.

Los que me conocen, ciertamente, saben a qué me refiero.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Para no caer.


*
H. se defendió no porque quisiera defenderse. Lo hizo porque le era imposible no hacerlo. Como un reflejo, digamos, nada más. Aferrándose, inconscientemente, para no caer.


*
Lo extraño es que algunos hablan de defensa cuando no hay ataque, realmente. Y ese es un error más importante de lo que parece. En parte porque te vuelve víctima y hasta cierto punto valida tus acciones ante los demás. Algo que, según mi postura, no debiese ser importante.


*
Es imposible hacerlo. Una defensa tras otra, quiero decir. Poner las manos una y otra vez ante innumerables caídas. De vez en cuando habría que guardarse las manos en los bolsillos. Acostarse en el suelo, para evitar el derrumbe total. Eso que llaman la pérdida de la voluntad. Ya sabes.


*
A mí me gustaría llevar todo esto al terreno de las ecuaciones. A igualdades, que ayudan a realizar el cálculo. No fijarse en las incógnitas sino en el equilibrio que provoca toda igualdad. Día y noche, por ejemplo. Vida y antivida.


*
Así se pierde la voluntad. Así se extravía. Algunos piensan que la llevan consigo hasta que se hace evidente que no. Y es una pena entonces. A H. le ocurrió eso, si lo piensas. Lo triste –creo yo-, es que todavía no lo sabe.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Virgilios.


Todo empezó porque estábamos borrachos. Casi siempre comienza así. Luego uno se puso a buscar algo, en su teléfono. Habíamos estado hablando entre otras cosas de la Divina Comedia y comentamos que hoy en día ya nadie se llama Virgilio. Y claro, como no sabíamos de qué forma comprobarlo uno de nosotros empezó a buscar. La IA arrojó que probablemente hubiese como mil Virgilios en todo Chile. Ninguno inscrito en los últimos años en todo caso. No sé bien qué datos revisó, pero nos conformamos con sus cifras. Nos parecieron ciertas. O posibles, al menos. Luego se nos ocurrió que sería increíble encontrar un Virgilio y que nos llevara a algún lado. Buscamos entonces en aplicaciones de transportes privados. En uber primero y luego en otras más. Había miles de perfiles en total. Ningún Virgilio, al menos en Santiago. Una hora yo creo que estuvimos cada uno de nosotros buscando hasta que dimos con uno. Pero trabajaba en Copiapó. Su perfil tenía una foto en que se veía un hombre algo mayor, moreno, con una pequeña cicatriz bajo un ojo. Seguimos buscando hasta que uno de nosotros que tenía un hermano que trabajaba en aduana logró conseguir su teléfono. Le inventó que era una urgencia o algo así. Minutos después lo llamamos. Eran las seis de la madrugada, más o menos, pero igual lo llamamos. Se demoró en contestar, pero lo hizo. Uno de nosotros habló con él, muy serio, llamándolo don Virgilio y disculpándose por la hora. Le dijo que queríamos contratarlo para un viaje. Que podíamos coordinar una fecha, allá mismo en Copiapó y que él decidiera dónde llevarnos. Don Virgilio no le creyó. Lo amenazó con denunciar el número y con llamar a carabineros. Luego cortó. Cuando lo hizo nos miramos todos, extrañados. Como si estuviésemos despertando recién y notáramos el absurdo que estábamos haciendo. Más encima en ese instante salió el sol. Observamos el lugar, las botellas vacías, el desorden. No recuerdo que habláramos de nada más. Simplemente ordenamos un poco, en silencio, y luego cada uno de nosotros volvió a su casa. La mía estaba vacía. Desordenada, llena de cosas, pero vacía. No estoy listo para un viaje, pensé. Ni siquiera sabría a quién buscar. Luego de eso me hice un café bien cargado y me tendí en la cama. Fue algo contradictorio, ahora que lo pienso, pero eso fue lo que hice. Luego, por supuesto, nada más.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Los de la otra orilla.


Esos de allá son los de la otra orilla.

Se ven pequeños desde acá, pero ahí están.

Un poco borrosos, tal vez.

Oscuros, incluso, en medio de la sombra.

En la mañana se ven mejor, en todo caso, porque el sol les da de frente.

Aunque de igual forma no alcanzas a ver sus rasgos, solo siluetas y algunos movimientos.

Así y todo, estoy casi seguro que son seis, como nosotros.

Seis personas y dos perros, me parece.

De hecho, el otro día se pelearon esos perros, muy fuerte.

Yo creo que hasta los escuché gruñir en medio de la noche.

Fue entonces que miré y logré ver como se atacaban y se mordían uno al otro.

No se veían bien, pero eran al menos dos, de eso estoy seguro.

Luego un hombre con un palo fue a golpearlos para que se separaran.

Y después me pareció que las otras personas se acercaron a curarlos.

No deben ser malos los de la otra orilla.

Caminan lento. Sin apuros.

Se ven tranquilos.

Viven en su lado y no se preocupan del resto.

Yo creo que ni siquiera nos han visto.

O si lo hicieron nos dejan ser.

Si fuéramos más estoy seguro que sería fácil ir por ellos.

Sin peligro alguno, me refiero.

Ahora en cambio no lo tengo tan claro.

Mejor cuidarse, digo yo.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Rayos famma sobre las margaritas.


M. me contó que la idea la sacó de una película de hace más de cincuenta años: “El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas”. Y claro, yo pensé que bromeaba, pero entonces lo busqué en google y descubrí que era cierto, y que el film estaba basado en una obra dramática de Paul Zindel, de quien sabía algo a partir de una entrevista de Albee, que debí leer un par de veces mientras redactaba una especie de ensayo sobre ¿Quién le teme a Virginia Woolf?

-Trabajamos en el experimento como dos años –me dijo-, cuando estaba sacando el magíster en la universidad Austral… Una alumna de intercambio consiguió el financiamiento y formuló el proyecto… De hecho, fue ella quien me contó de esa película. Su padre también había sido director de cine en Australia y creo que había participado de alguna forma en el guion de la película de los rayos gamma sobre las margaritas…

-¿Y lo desarrollaron tal cual? –pregunté-. ¿Rayos gamma sobre margaritas?

-No, no fue tan exacto -explicó-. O sea, no fue solo sobre margaritas, sino sobre otras flores… y no solo rayos gamma, sino también rayos x, ultravioletas… Incluso llegamos a utilizar átomos de iones pesados, que por cierto terminaron funcionando mejor que los otros rayos…

-¿En qué sentido funcionaron mejor? –interrumpí.

-Podíamos controlar mejor la mutación de color en las flores y hasta en la forma de los pétalos… -me explicó-. Y no dañaban tanto el tejido de las plantas…

-Entiendo –dije.

Seguimos así, con M., hablando un buen rato hasta que oscureció y ella dijo que debía volver a casa.

-Si quieres nos podemos juntar un día y ver la película esa –me dijo-. La de los rayos gamma… Tengo una versión en casa…

-No es necesario –contesté-, creo que ya la tengo.

Entonces ella pidió un uber y conversamos un poco más hasta que el auto llego y nos despedimos.

Nada de mutaciones, me dije, cuando la vi marchar. 

Y luego se acabó el día.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Laberintos.


-Investigo laberintos -me dijo-. Construcciones antiguas, principalmente. Ruinas principalmente, aunque también estudio diseños que han quedado impresos o documentados de alguna forma. Busco coincidencias en lugares remotos y trato de establecer entre ellos algún tipo de vínculo. Por lo general los más interesantes son los del centro oculto. No esos que la clave es simplemente encontrar la salida. Esos, sinceramente, ni siquiera los considero laberintos. También desestimo aquellos que están formados por un único camino largo y enroscado. Unicursales, los llaman. Yo me dedico a los otros. A los verdaderos laberintos. Esos con segmentos sin salidas, caminos falsos, ramificaciones y otras dificultades. Cómo sea, lo cierto es que he dedicado mi vida a eso. Perdí casi la mitad en todo caso buscando coincidencias asociadas al laberinto clásico de siete circuitos. Luego, por suerte, descubrí un diseño en Indonesia que parecía completar el laberinto de Hawara. No sé si me explico, pero intento decir que ya no eran solo coincidentes, sino complementarios. Se trataba de laberintos que en realidad podían ser unidos. Eran partes de otro mayor cuyo centro solo podía descubrirse tras la unión de los demás. Hasta el momento llevo cuatro que calzan perfectamente y hay un quito que pienso puede unirse si encuentro otro faltante…

-¿Y qué tengo que ver yo con todo eso? –pregunté.

-Todavía nada –contestó, mirándome fijo-. Pero sospecho que has salido del centro sin saberlo.

Nos quedamos un rato en silencio.

-Usted se confunde –dije por fin.

-Todos –corrigió.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

El corazón del objeto es el objeto.


I.

El corazón del objeto es el objeto.

El ser humano, en cambio, se complica demasiado.

Pretende distinguir órganos, funciones, emociones…

Llenándose así de nombres que no saben lo que nombran.

Intentan de esa forma parcelar un río o un océano entero.

No lo logran, por supuesto.

Aman y compran por pociones.

Amputan incluso partes de su cuerpo, cuando dicen que no les llega sangre.


II.

El corazón del objeto es el objeto.

No hay distinción alguna.

Ellos mismos incluso la desconocen, y de esa forma se conocen de inmediato.

Un montón de objetos juntos son de inmediato un montón de corazones.

No laten al unísono y tampoco lo intentan.

Saben que lo otro es siempre otro y no se angustian.

No gritan no rasgan su piel cuando otro objeto muere o los abandona.

No hay engaño alguno en el objeto.

No se plantean si es posible.


III.

El corazón del objeto es el objeto.

Su existencia es su forma de latir, y de cierta forma es un único latido.

Se dejan mover de un lado a otro sin preocuparse.

No les afectan las voces que dicen ser sus dueños.

Un día, por supuesto, dejarán de ser, como todos.

Pero no sabrán que es triste.

Sabrán que han sido, eso sí, y que luego dejaron de serlo.

El corazón de un objeto es el objeto, dirían antes de partir.

Pero saben que es innecesario.

martes, 1 de septiembre de 2026

En ningún sitio.

“-Son muchos.
-No. Son tus ojos los que ven muchos”
M.

I.

Vino hasta aquí a decirme lo que pensaba.

O a quejarse más bien, por aquello que veía.

Me pareció tan absurdo que me molesté, pues no consideré que yo tuviese relación con ese asunto.

Entonces sí… dije unas cuantas cosas, pero no con el ánimo de ofender sino de aclarar sus observaciones.

Mi objetivo fue ese, en todo momento, puedo asegurarlo.

No tuve otra intención.

Además, ya sabes qué te recomiendan si el problema es el ojo.

Tal vez, supongo, ella había leído sobre aquello.


II.

Quedaron ahí, en el suelo, como canicas.

No canicas limpias, por supuesto, pero es mejor decirlo así.

Ayuda mejor a comprender lo sucedido, dijo mi abogado.

Casi todo lo dice él, por cierto.

A mí, en cambio, no me dejan hablar.

Quiero explicar la naturaleza del problema, pero me dicen que nadie va a comprenderlo.

Y que no es necesario, si ella habla con verdad.


III.

Una sola vez la vi, en el juicio.

No directamente, pero proyectaron un video suyo, esa vez.

En la pantalla, ella seguía quejándose de aquello que había visto y que, según sus palabras, todavía veía.

Ya notarán que eso es absurdo, dijo mi abogado.

Lo hicieron callar y seguimos observando la grabación.

Luego, afortunadamente, ella señaló que yo no tenía culpa alguna.

O sea, no directamente, pero dijo que el culpable no podía llevarse a juicio.

Con eso bastó.

Al final pagué una fianza pequeña, pero no entendí por qué.

Nadie quiso explicármelo.

Con ese dinero pretendía comprarle un libro de Marlen Haushofer, que está demasiado caro.

Además, por acá, no lo encuentro en ningún sitio.

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