sábado, 31 de enero de 2026

Homo Lumens.


Leo sobre un estudio realizado por una universidad austriaca.

Dicho estudio concluye que los seres humanos generamos cierto nivel de iluminación, aunque no explica muy bien –según mi lectura, al menos-, las razones por las cuáles esto se produce.

Lo que sí hace es explicar claramente las distintas mediciones que realizaron en cuartos herméticos en los que se cuantificaba la intensidad lumínica previa al ingreso de algún ser humano. Dichas medidas, proporcionadas en el estudio por cifras de luxes (que equivalen a lúmenes por metro cuadrado), se veían aumentadas luego del ingreso del ser humano, de una manera distinta (y mayor) a cómo variaban ante el ingreso de otros elementos de similar volumen, color y superficie (para descartar cualquier efecto de reflexión o absorción que pudiese ocurrir).

De hecho, el experimento se realizó incluso con habitaciones totalmente a oscuras, comprobando así que el único cuerpo que podía incidir en la variación de la intensidad lumínica era el ser humano, identificándose así como una fuente lumínica pura. Escasa, convengamos, pero pura.

Tras leer todo esto –resumido aquí de forma básica, por cierto-, me quedo pensando un rato qué tan distintos somos de lo que creemos que somos. No de forma tan profunda como suena, pero más o menos así. Por ejemplo, me imagino por un momento a mí mismo como una especie de lámpara de pie o hasta como un farol pequeño. Y pienso entonces cómo darme un uso.

viernes, 30 de enero de 2026

Una bolsa con remedios vencidos.


Días ordenando, matando hormigas y botando cosas. Como diez días calculo metido en esto y las tareas siguen. Hoy por ejemplo llené una bolsa con puros remedios vencidos. Una bolsa grande, quiero decir, esas de tamaño extra que te venden ahora en los supermercados porque supuestamente la gente se preocupa del medio ambiente y ya no son gratis. Cómo sea, el punto es que llené la bolsa y no sé realmente de dónde salieron tantos remedios. Si yo no voy ni al médico. Por lo mismo, reviso un poco y observo los nombres de lo que voy botando y los que desconozco los dejo aparte para buscar luego para qué sirven (o servían). Tras ver en internet lo que se dice de algunos, pienso que algo raro está pasando. Nunca fueron míos estos remedios, me digo. O al menos esa es la conclusión a la que llego pues no tienen nada que ver conmigo ni con las pocas enfermedades debido a las cuáles me he debido medicar... ¿Tengo acaso a gente enferma viviendo a escondidas en la casa?, pienso ahora. Y sé que es absurdo, pero juro que por un momento he pensado seriamente en esa posibilidad. Así, al final, para evitar darle más vueltas al asunto decido mejor cerrar la bolsa y ya no mirar más. Sé que la mayoría de los remedios vencidos siguen siendo útiles, pero decido botarlos igualmente. Cuando mi hijo ve la bolsa al día siguiente y observa lo que contiene, comenta que si botamos tanto significa que estamos más sanos de lo que creemos. Por un momento pienso en discutirle y decirle que también podemos desconocer, simplemente, nuestra enfermedad. Al final, saco la bolsa y la dejo junto a otra llena de cables de productos electrónicos que tampoco reconozco. Y que no me interesa recordar.

jueves, 29 de enero de 2026

Trabajando en el estacionamiento.


Hubo un tiempo, hace ya muchos años, en el que trabajé en un estacionamiento.

Era un espacio inmenso que habilitaban a un costado de un estadio, cuando había partidos o conciertos de importancia.

Yo era el encargado de cobrar al ingreso y entregar la boleta.

Una vez dentro, había acomodadores y otras personas que se hacían cargo del cuidado de los autos.

Por lo general, el estacionamiento lo cerrábamos minutos después de comenzado el evento, y yo debía entonces ir a hacer cuentas para rendir lo recaudado.

Como no teníamos una oficina o lugar específico para eso, me ubicaba entre algunos autos para contar, separar billetes y ver que todo cuadrara perfectamente.

Una vez, mientras lo hacía, comencé a oír ruidos en un auto. O en el maletero del auto, más bien.

Era un auto grande, recuerdo, bien cuidado, pero de modelo antiguo.

Me acerqué a él y fui hasta el sector del maletero, desde donde provenían los ruidos.

Le conté a uno de los acomodadores y me recomendó que fuera a buscar un policía.

Lo hice y expliqué la situación.

-¿Escuchaste voces, alguna pedida de auxilio o algo así? –me preguntó.

Le dije que no. Solo ruido, explique, en el maletero.

-A veces los autos suenan –comentó, sin darle importancia-. Si escuchas algo concreto avísame, voy a estar en este sector.

Volví al lugar donde estaba el auto y me acerqué nuevamente al maletero. Di unos golpes en él.

Volví a escuchar ruidos dentro.

Observé con cuidado el auto para descartar que tuviese alguna alarma activada.

Intenté abrir el maletero, sin mucha esperanza.

Sorprendentemente, se abrió.

Adentro había un extraño animal, amarrado, que forcejeaba y se movía bruscamente.

No estaba seguro, pero me pareció un canguro.

No me atreví a desamarrarlo, pero fui a buscar a algún cuidador para decidir qué hacer y me alejé un poco.

Tras dar unos pasos escuché un ruido fuerte a mis espaldas y me volví.

El animal ya no estaba.

Miré por el estacionamiento, buscándolo, pero no lo encontré.

Para no tener problemas decidí mejor cerrar el maletero.

Lamentablemente, no cerró bien.

Volví a mirar dentro y vi que había unas cuantas cosas tiradas dentro.

Un par de botellas, un bolso pequeño, alguna prenda de vestir y un libro medio roto.

Todavía estaba mirando cuando sentí la voz del supervisor al que debía entregar el dinero y rendir cuentas.

Fui hasta donde estaba y eso hice.

Me hizo firmar unos papeles, como siempre, incluido el sector donde se anotaban las observaciones especiales.

Dejé en blanco ese sector y firmé, como siempre.

Luego, en vez de irme, me quedé hasta último momento, esperando alguna novedad y sin dejar de observar aquel auto.

Nadie se lo llevó. El auto quedó ahí.

Vi que el último encargado hablaba con un policía para ver que hacían con el vehículo.

Para no meterme en problemas, decidí irme, simplemente, del lugar.

Tal vez estaba nervioso, simplemente, pero recuerdo haber sentido que algo me seguía.

No me voltee ninguna vez, para ver, pero seguí sintiéndolo hasta llegar a casa.

-Puedes pasar si gustas –dije en voz alta mientras cerraba los ojos, luego de abrir la puerta.

Dejé pasar unos segundos y luego cerré.

-No cambies de lugar los libros –agregué-. Y si vas a morir aquí, arroja al menos tu cuerpo fuera.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ella camina por las tardes.


“Ahí está el problema:
la gente piensa que lo que ve
es la realidad”
A. M. H.

I.

Ella camina siempre por las tardes. Dice que no le gusta estarse quieta. Que uno solo es cuando se mueve, nada más. Suena raro, pero así lo dice. A veces, habla largo sobre aquello y uno, si la escucha, puede hasta aceptar que tiene razón. Por eso, de vez en cuando, alguien se ofrece a acompañarla a caminar.



II.

Yo lo hice, una vez, y nos perdimos un poco. Incluso, nos metimos por unos callejones pequeños y fuimos a dar contra una pared, al final de un pasaje. Yo pensé que me echaría la culpa. En vez de eso, me dijo que tendríamos que escalar.

-¿Qué vamos a escalar? –pregunté.

-La pared –dijo ella-. Hay que pasar al otro lado.

-No entiendo.

-La pared está delante tuyo –me dijo-, ahora escálala.

-Pero…

-Al otro lado hay un parque, nada más –me explicó-. No es peligroso.



III.

Lo hicimos. Pasamos la pared y era cierto: había un parque. Pequeño, pero bien cuidado. En él no había nadie salvo una pareja tendida en el pasto y una chica sentada en un banco, leyendo un libro. Me acerqué un poco para ver cuál era y descubrí que era uno de Kate Chopin.

-¿Qué miras? –me preguntó la caminante-. Hay que seguir.

Yo hice una pausa y decidí no contestar.

-Yo voy a seguir al menos –continuó. Y siguió caminando.

Me quedé entonces viendo a mi compañera alejarse y a la otra chica leyendo a Kate Chopin.

Justo entonces, la realidad comenzó a desvanecerse, o así me pareció.

Ahí está el problema, me dije.

martes, 27 de enero de 2026

Los cíclopes.


Hay una habitación inmensa. Un lugar que parece un galpón, en realidad, más que una habitación. Le decimos habitación, sin embargo, porque está llena de camas. De principio a fin. En dos filas están dispuestas las camas. A primera vista, parecen camas algo más grandes que lo habitual, como también lo son los cuerpos que permanecen en ellas. Suponemos que duermen, esos cuerpos, por la quietud del lugar. La mayoría está en silencio, aunque se escuchan sus respiraciones y de cuando en cuando algún ronquido. A un costado de cada cama hay algo así como una pequeña pila de ropas. Las telas se aprecian toscas, rígidas, gruesas. Suponemos que oscuras, también, aunque no hay luz. Hay un olor agrio en el lugar. Probablemente debido a la poca ventilación del mismo. Una sola puerta, que por lo general permanece cerrada y unas pocas ventanas altas cada dos o tres metros. La luz del sol entra por las ventanas de uno de los costados. Cuando eso ocurre ellos se levantan. Hay baños en el exterior de esta habitación y luego simplemente una gran extensión de tierras en las que es posible encontrar una gran cantidad de animales, principalmente ovejas y conejos. Quienes se levantan, caminan entre ellos durante el día y se sirven también, de esos animales. Hay varios arroyos que pasan por ahí de los que beben indistintamente los que ahora duermen y los animales del lugar. De hecho, realmente hay poca distinción entre ellos. A veces, cuando envejecen en demasía y ya les cuesta levantarse, se retiran de pronto del lugar sin despedirse y siguen un camino que no hemos descubierto aún hacia dónde se dirige. Por ese mismo camino, por cierto, llega otro, poco después. Igual de silencioso, pero algo más joven y comienza a ocupar la cama del que partió. Si hay otros propósitos en la vida de todos ellos, lo cierto es que lo desconozco. Después de todo, solo ese es el ámbito de su naturaleza al que tenemos acceso. Dormidos, además, los rostros pueden engañar. Y justo ahora, duermen.

lunes, 26 de enero de 2026

Nunca los veo vender nada.


Siempre que pasábamos por ahí ella se quedaba mirando el local. A veces hasta bajaba el ritmo de la caminata o se detenía derechamente a observar un poco.

-Nunca los veo vender nada –me dijo un día.

El local era una vidriería. Antes había sido una barbería, pero eso es otra historia. Lo cierto es que la vidriería de ahora estaba bastante bonita, letras grandes sobre una mampara de vidrio, varios carteles y algunos productos expuesto fuera incluso, pues promocionaban distintos tipos de cortes, marcos de ventanas y hasta algunos espejos.

-Es cierto –comenté- creo que nunca he visto entrar a alguien.

Nos quedamos ahí un rato, observando. Ella se veía triste. Como si la vidriería fuese suya o le recordase alguna otra cosa, pensé.

-Debe salirles caro cortar el vidrio con diamantes –dijo entonces-, fijándose en lo que decía un letrero.

Yo iba a reírme, pero como vi que seguía seria le expliqué que se trataba de diamantes distintos. Son sintéticos, le dije, hechos para cortar. De bajo costo, en resumen.

Ella parecía ahora más triste. Desesperanzada, me pareció.

-De pronto podemos comprar algo –le dije-, ya sabes, para ayudar.

Ella me miró como si evaluase la propuesta.

-¿No necesitamos nada? –preguntó entonces-. Cambiar un vidrio o algo así…

-No creo –le dije-. Cambié una ventana del dormitorio hace varios años. Creo que no se ha quebrado nada.

-¿Y entonces?

-No sé… tal vez un espejo –dije-. Tal vez tengan algún producto que nos sirva si miramos dentro.

-¿Dentro?

-Sí –expliqué-, dentro del local, quiero decir…

Yo estaba dando ya un paso hacia la tienda, pero ella me sujetó del brazo.

-No es ayudar si lo hacemos así –dijo entonces-. Mejor vamos a casa.

Yo asentí.

Aunque me faltaba un final, asentí.

Y lo dejé estar.

domingo, 25 de enero de 2026

Todas las demás mañanas.


Eso es lo que me aclara, mientras hablamos. Que no se refiere necesariamente a lo que ocurre hoy, sino a todas las demás mañanas. Sigue explicándose así, atropelladamente, aunque no llego a vislumbrar qué tan claro o confuso está. Por lo mismo, le pregunto si al menos sabe qué día concreto es hoy. Él me mira entonces, como si esperase que yo mismo diese la respuesta. Así, un poco por ayudarlo, le doy alguna pista.

-¿Jueves o viernes?-, le digo.

-¿Acaso no pueden ser los dos? -contesta-. ¿No puede acaso ser jueves y viernes, hoy día? Después de todo es una excepción. Es la mañana previa de todas las demás mañanas…

Sigue hablando así, varios minutos y yo intento seguirlo. Habla del invento ese de elegir. Jueves o viernes, vida o muerte...

-¿Acaso no podemos estar vivos y muertos al mismo tiempo? -me pregunta-. Vivos y muertos y esperando un jueves y viernes todas las demás mañanas…

Yo me quedo en silencio y lo dejo hablar. Tal vez incluso asienta un poco, inconscientemente, o me parece al menos que él así lo imagina.

-Dostoievski también fue Dostoievski cuando no escribió –dice ahora-, cuando quedó borracho y tirado en el piso, en algún sitio… antes de que comenzaran todas sus demás mañanas…

-¿Me lo estás preguntando o lo estás afirmando?-, le pregunto.

-Afirmando –dice él, mientras se pone de pie-. Y preguntando.

Se estira un poco en medio de la calle y se sacude la ropa.

-Voy un rato al sol –dice finalmente, moviéndose hacia la luz-. Solo un rato.

sábado, 24 de enero de 2026

Un perro.


Mientras tomaban desayuno ella le dijo que tendrían un perro. No se lo propuso como una posibilidad, sino que lo manifestó directamente, como un hecho. Había pensado varios días cómo plantearlo y había llegado a la conclusión que no funcionaría de otra forma.

-¿Y para qué quieres un perro? –preguntó él.

Ella no contestó de inmediato. Eso era también parte de su estrategia.

-Para que ladre –dijo ella, mientras le echaba un poco más de palta al pan.

-¿Para nada más?

-No –dijo con cierta indiferencia-. Para que ladre, esencialmente.

Él la observó mientras tomaba su café. La veía seria, aunque tranquila. De cualquier forma, distinta a lo habitual.

-¿Estás molesta? –preguntó él.

-¿Molesta? –dijo ella, mirándolo tranquila-. No, para nada.

-Pero estás distinta –dijo él, luego de un rato.

Ella se levantó a buscar el salero.

-Le faltaba sal a la palta –dijo-. Creo que no le había puesto.

Él la observó echarle sal a la palta y seguir desayunando, como si nada.

-¿Un cachorro o un perro? –preguntó él-. O sea, un perro ya más grande...

-Cachorro –dijo ella- Será problemático un tiempo, pero luego se acostumbrará mejor.

Él pensó en preguntar a qué se tenía que acostumbrar el perro. Pero luego decidió que no. Además era cosa de observar un poco y podría adivinarlo.

-Estoy de acuerdo –dijo él, entonces, pues comprendió que convenía estar de acuerdo.

Ella no contestó. Siguió como si nada y poco después recogió sus cosas de la mesa.

Él pensó en acercarse a ella, darle un beso, o hasta bromear un poco, pero recordó que no lo hacía hace bastante tiempo. Incluso pensó en ladrarle si es que era eso lo que ella quería.

No lo hizo, por supuesto. Sin embargo, sentía que debía decir algo. Cualquier cosa si es que iba a seguir ahí.

-¿Y has pensado como llamarlo? –preguntó por fin.

Ella estaba de espaldas, lavando la taza que había utilizado.

-No es necesario que tenga nombre –dijo ella-. ¿Para qué?

viernes, 23 de enero de 2026

Local.


I.

Me complicó un poco entrar al local así que solo lo miré por fuera.

Más que nada para comprobar que lo que me habían dicho era cierto.

De igual forma, como todo se frente era de vidrio se podía ver de lo más bien.

Dentro, un hombre semidesnudo y con una espada en la mano rasuraba a un hombre común, que estaba tendido en una silla.

Los elementos del lugar, salvo la espada, eran los de cualquier peluquería o local similar.

Pero el que estaba trabajando, con la espada en una de sus manos era el que le daba el nombre al local:

Conan, el barbero.


II.

Tras verlo, debo reconocer que como humorada estaba bien, pero si el tipo ese iba a trabajar así todo el tiempo me parecía un poco más ridículo que ingenioso.

Además, estaba como fuera de lugar, ya que nadie y nada más estaba ambientado en ese espacio.

Así y todo, durante todo el tiempo en que trabajó en aquel local –cerca de seis meses-, nunca lo vi sin un cliente al cual atender.

Eso hasta que el local cerró, por cierto.

O los obligaran a cerrar, más bien.


III.

Según entiendo, creo que tanto Conan como los otros que trabajaban ahí estaban indocumentados.

Alguien los debe haber acusado pues la policía llegó de improviso a pedir papeles y detenerlos.

En las noticias dijeron que Conan, durante la detención, había atacado con su espada a dos carabineros, quienes se vieron obligados a dispararle en una pierna.

Extrañamente, en las noticias no comentaron nada respecto a la indumentaria de Conan ni a su particular forma de trabajar.

En el local desalojado hoy existe una vidriería y además hay una salita pequeña donde atiende una señora que ve el tarot.

Nunca he ido a que me vea las cartas, pero me la he encontrado en la panadería, un par de veces.

En la última ocasión, mientras hacíamos la fila para pagar, me dijo que, para vivir feliz en una casa, se debe tener a alguien encerrado en el sótano.

Yo no supe qué contestar así que simplemente sonreí y seguí en la fila.

Luego pagué y regresé a casa.

jueves, 22 de enero de 2026

Apedrear al pavo real.


Justo antes que comience a mostrar sus plumas hay que arrojarle una piedra al pavo real.

Una piedra pequeña, en todo caso.

Después de todo, no se trata de hacerle daño, sino más bien de advertirle.

De decirle que se detenga, me refiero.

Que no es necesario.

Que hacer eso no es tan maravilloso, como algunos creen.

Puede que lanzar la piedra les suene como algo agresivo, pero doy fe que no se puede conversar con un pavo real.

Apenas te escuchan, de hecho.

Igualmente, si a alguien se le ocurre otra manera de transmitirle el mensaje y hacerlo razonar estoy abierto a escucharla.

Además, elijo lo de la piedra por su economía y fácil disposición del material.

Cómo sea, el punto aquí es que hay que dejarle de una vez las cosas claras.

Tus plumas me valen una mierda, hay que decirles.

Y mostrarle de paso que nos interesa más un pavo normal que uno real.

Además, si lo de las plumas es para conseguir hembras, me parece sin duda un tipo de competencia desleal.

Y sí, sé que no se va a aparear con las pavas comunes, pero lo digo pensando en las hembras de otras especies que ven esto y luego se ponen exigentes y comienzan a mirar en menos a sus parejas de siempre.

¡Una piedra antes que lo haga y asunto solucionado…!

O tres piedras más, un poco más grandes, si ha desestimado nuestra primera advertencia.

Por otro lado –aplicando proporcionalidad, claro-, me gustaría agregar antes de terminar, que esta medida puede ser aplicada también en otras situaciones similares.

Por ejemplo, cuando un testigo de Jehová despliega ante ti esos dibujos del paraíso en la Tierra.

O cuando algunos hablan de amor, o cuando otros beben champagne en limusinas.

Usted, por supuesto, es libre de agregar otros ejemplos a la lista.

Solo le pido que no deje de lado –por esos nuevos ejemplos-, a los pavos de los que le hablaba en un inicio.

Y tampoco se olvide de andar siempre, con alguna piedra en los bolsillos.

miércoles, 21 de enero de 2026

Siempre se trata del clima.


Recuerdo situaciones.

Conversaciones.

Encuentros varios.

Diálogos más bien, que se desarrollaron en esas ocasiones.

Frases, en definitiva, que se mueven en distintas direcciones y que observo con atención para encontrar un elemento común.

Me cuesta, por supuesto, pero al final lo encuentro.

¡El clima…!, digo entonces.

Siempre se trata del clima.

Reviso otra vez las cuentas.

Varias veces lo hago.

Me siguen pareciendo correctas.

Al final todo es por el clima, reafirmo, o casi todo.

Nos quedamos en un sitio, por el clima.

Elegimos ciertas ropas, por el clima.

Viajamos, por el clima.

Incluso regresamos antes, por el clima.

Sigo así, buscando ejemplos.

Un buen rato me quedo así, haciendo listas.

Ciertamente puede que haya error en el concepto y a veces lo correcto sea decir tiempo en vez de clima, pero esta vez lo dejo pasar.

Queda mejor así, me digo.

De esta forma -tal vez para agotar el tema-, sigo haciendo listas con una serie de razones y de excusas asociadas al clima.

Horas en esto, calculo.

Luego, por supuesto, me tomo un descanso.

No es que lo elija, pero igual lo tomo.

De hecho, no me gustan los descansos.

Y es que, por lo general, en los descansos suele venir una voz a atacar mis nuevas convicciones.

No es el clima, dice la voz, quien sabe desde dónde.

Esa es simplemente una de las formas de ocultar que no sabemos por qué hacemos lo que hacemos.

Respiro hondo.

Comprendo que se acabó el descanso.

Mala voz, digo. Qué necesidad tiene…

Luego, pongo algo de música a un volumen alto e intento pensar en otra cosa.

Creo que lo logro.

Voy a ducharme, me digo entonces, debe ser el calor.

Luego, bajo la ducha, descubro que todavía consigo escuchar la música que viene desde fuera.

Este es mi desierto, digo finalmente.

Déjame hablar acá.

martes, 20 de enero de 2026

Ella salía a mirar las gallinas.


Todos los días, a la misma hora, ella salía a mirar las gallinas.

Primero no era consciente que salía a eso, pero poco a poco comenzó a darse cuenta que era eso realmente lo que se quedaba haciendo.

Por lo mismo, pasó de decir que iba a tomar aire o dar un paso, a reconocer su verdadera intención.

“Voy a mirar las gallinas”, aprendió a decir.

Las gallinas, por su parte, apenas se percataban de su presencia y por lo general actuaban de la misma forma en que lo harían si ella no hubiese estado ahí, observándolas.

Esto siguió así varias semanas, hasta que ella descubrió que una de las gallinas la miraba fijamente.

No era muy distinta a las otras gallinas, desde su aspecto físico, pero ella podía distinguirla rápidamente justamente por el hecho que el ave no la dejaba de mirar.

Les contó a otros de la casa y ellos confirmaron que era cierto.

La acompañaron unas veces cuando ella salía a mirarlas e incluso comprobaron que la gallina no seguía con la vista a nadie más.

Hubo algunas bromas y observaciones extrañas, pero al final todo quedó como una anécdota, simplemente. Y se olvidaron del asunto.

De hecho, cuando ella me contó la historia, tuvo que recordársela a los que habían sido testigos, pues ya la habían olvidado.

La gallina, por cierto, había sido sacrificada junto a otras, para una cena familiar.

-Igual no me molestó que la mataran –confesó ella-. Incluso diría que su muerte me dejó hasta un poco más tranquila…

-¿Y sigues mirando a las gallinas? –le pregunté entonces.

-Sí, las miro todavía –contestó-. Pero solo como parte de la rutina. Ya no me producen nada especial.

lunes, 19 de enero de 2026

Un cuadro blanco.


Pintó un cuadro blanco. Al óleo, sobre lienzo. Estuvo haciéndolo por varios meses. Prácticamente un año. El lienzo era grande, es cierto, pero no fue esa la razón del tiempo empleado. La mayor parte, de hecho, lo ocupó en observar y evaluar los avances que llevaba. Se sentaba frente al lienzo y lo observaba. Bajo distintas luces, digamos. Desde distintos ángulos. Y a diferentes distancias. De igual modo, lo importante es que ya lo terminó. En principio le pareció algo absurdo, contó una vez. Dijo que lo había tomado como un ejercicio más que nada. De esos que se hacen para desarrollar un músculo atrofiado, pero que no conlleva mayor importancia o dificultad. En este sentido, no había perseguido, en un inicio al menos, ningún tipo de fin estético. Así y todo, consideraba que el cuadro blanco se veía bastante bien, luego de haberlo terminado. La textura del óleo, la huella de los pinceles, los ligeros cambios de tono… Parecía incluso comunicar algo, pensaba. El cuadro a él, digamos, no él a través del cuadro. O eso fue lo que nos dijo, al menos, cuando nos explicó qué había estado haciendo todo este tiempo.

-Pintando un cuadro blanco –fue lo que nos dijo-. Un cuadro blanco sobre un lienzo blanco.

Y yo, que hace más de doce años que no tomo un pincel, sentí que había estado haciendo prácticamente lo mismo.

domingo, 18 de enero de 2026

Seis y Cuatro.

“-¿Es usted mutante Coronel Fury?
-Claro, un mutante moral.”
Warren Ellis. Marvels. Ruinas.


Nació con seis dedos en una mano y cuatro en la otra.

Él sentía que era algo grave e intentaba ocultarlas, pero nosotros le decíamos que no se preocupara, que igual en promedio estaba bien.

Éramos adolescentes en ese entonces y aunque nosotros no le dábamos importancia, a él le afectaba sobremanera.

Solía usar guantes, de hecho, para que no se notara tanto.

En uno de ellos, llenaba el espacio para el dedo faltante con una prótesis.

En el otro guante, se las ingeniaba para meter dos dedos en un espacio para uno.

Él nos contaba que, de pequeño, habían pensado operarlo para al menos remover el dedo sobrante de una de las manos.

Sin embargo, habían descubierto que los seis dedos de esa mano tenían buena movilidad y que podían complicarlo, si lo extirpaban.

-Igual de grande me gustaría juntar dinero y poder trasplantarlo –nos dijo un día-, de la mano que sobra a la que falta… si se fijan calzaría bien en la otra mano…

Lo observamos esa vez y descubrimos que era cierto.

Entonces el único problema es que están desbalanceado, le dijimos, para molestarlo.

Como una chica que tenga las dos tetas para el mismo lado.

Él se molestó y terminó alejándose de nosotros, esa vez.

De haber tenido, estoy seguro que nos hubiera levantado el dedo del medio, al alejarse.

De igual forma, al día siguiente olvidamos los inconvenientes, volvimos a llevarnos bien y fue así hasta que dejamos de vernos, años después.

Ya de adultos, tras años sin vernos, supimos que él se había casado, que sacó un doctorado en economía y que había tenido dos hijos.

Uno de ellos también, al parecer, había nacido con seis dedos en una de sus manos.

Buscamos fotos en internet, de hecho, y tratamos de contar los dedos de sus hijos.

Parecía que el rumor era cierto.

El mayor tenía un dedo de más en su mano izquierda.

No usaba guantes, eso sí.

¿Quieres que intentemos contactarlo para preguntarle cómo le va?, me consultaron.

Yo negué con un movimiento de cabeza.

Dejémoslo así, dije simplemente.

Dejémoslo así.

sábado, 17 de enero de 2026

Una chica noruega.


Hace años conocí a una chica noruega que nunca supe si bromeaba.

Tenía un tatuaje de Olaf el santo en uno de sus brazos y había viajado a Chile tras recibir una importante suma de dinero de parte del seguro tras la muerte de sus padres.

Según ella, había viajado a Chile por un sapo que había tenido de mascota y que se llamaba así.

-Era un sapo que había sido de mi abuelo, luego de mi padre y luego mío -me dijo.

De hecho, según me contó, el sapo había muerto un año luego que lo hicieran sus padres, y solo entonces se decidió a viajar.

Por entonces no tenía cómo averiguar cuánto podía vivir un sapo, pero intuí que me tomaba el pelo. De cualquier manera me había caído bien, así que acepté cuando me propuso hacer un viaje juntos, a Noruega, aunque finalmente nunca lo hicimos.

En realidad, debo confesar que nunca me tomé en serio lo del viaje.

Ella dijo que lo costearía y que si todo salía bien podíamos casarnos en unos años y ella le pediría a Linn Ullman que fuese nuestra madrina.

Todo esto, por cierto, lo decía siempre acompañada de una única expresión, como si su cara se hubiese quedado fija, justo antes de sonreír, pero sus ojos pertenecieran a alguien que está hablando serio.

Tal vez por esto, nuestras conversaciones siempre parecieron desarrollarse fuera de lo que yo consideraba real, y si bien nunca lo tomé realmente como un juego, entiendo que ella se haya sentido ofendida cuando manifesté mis dudas ante alguna de sus historias.

Esa vez –la vez en que aparentemente se ofendió y hasta estuvo a punto de cambiar de expresión-, yo me reí luego de que ella me contara sobre los libros de crímenes que acostumbraba a leer en pascua.

-Una vez leí seis –me dijo-, de distintos autores, y en todas ellas el asesino era el mismo.

Esa vez, como decía, ella se ofendió. Tuvo que decírmelo, de hecho, pues su expresión no lo demostraba.

Yo seguí pensando que bromeaba así que le dije no podía ofenderse pues ella siempre bromeaba y yo simplemente le seguía el juego.

Esa última palabra quedó en ella y fue así como el fin de cualquier otra conversación.

-Un juego –fue lo último que dijo.

Pensé que la vería al día siguiente, así que le di un abrazo, simplemente, al despedirme.

Días después, supe que se había ido.

Recibí una postal, meses más tarde, desde Noruega.

No estoy acá, es lo único que decía.

viernes, 16 de enero de 2026

Llegan cosas desde China.



Llegan cosas desde China.

¡Qué fantástico…!

Y no me refiero a las que se envían a través de las grandes empresas.

Yo me refiero a envíos de pequeños particulares.

Gente descolgada del circuito oficial de ventas que te ofrece enviar cualquier tipo de cosas.

Cosas que no encuentras, me refiero, en el mercado de importaciones habitual.

Por ejemplo, el otro día hablé con un vendedor que me ofreció enviar un trocito de la muralla china.

Para asegurarme que era real, me envió incluso un video de él mismo arrancando unos pedacitos, de una parte de la muralla que está en una zona rural, bastante dañada y sin protección alguna.

Así, tras hacer lo posible por ocultar mi identidad para realizar la compra, terminé confiando y le compré un pequeño fragmento, que llegó en una cajita de cartón, en menos de tres semanas.

Incluyendo el envío, pagué menos de lo que me costaría tomar una botella de agua mineral en un restaurant común.

Tras recibirlo, le pregunté al vendedor cuántas más podría enviar, si se lo solicitaba.

Me escribió un mail diciendo que podía intentarlo con todas las que quisiera, hasta un conteiner si quería, aunque él no se manejaba en esos volúmenes.

También me envió un nuevo video, con más trozos, numerados, y una lista de precios que seguía siendo módica.

Leí su mensaje y vi el video varias veces.

Calculé.

Tal vez podría reconstruir un buen fragmento de muralla, me dije.

O hacer algo distinto, tal vez, como con las piedras del castillo en La música del azar.

Al final, para ir de a poco, le pedí que me enviara unos cuantos trocitos más.

Doce, para ser exacto.

Antes de tres semanas me llegaron, bien embalados, sin problemas.

Nada extraño salvo que en vez de doce venían once.

Él doce ya se lo envié antes, me dijo el vendedor, cuando le consulté.

De acuerdo, le respondí. Es mejor así.

No le mentí.

Y es que, para mi proyecto, ese número calzaba perfectamente.

jueves, 15 de enero de 2026

Yn poco como ellos.


I.

A veces eres desconfiado.

Desconfiado y absurdo, además.

Ni siquiera crees en ellos y te volteas a mirarlos cada cierto tiempo.

Sorpresivamente, intentas hacerlo.

Cuando te pregunto, me dices que sospechas que hablan de ti.

A tus espaldas, me refiero.

Y hasta crees que planean algo.

Y claro, yo pienso entonces en decirte que te tranquilices.

En recordarte, de una forma sutil, que no eres importante.

Y explicarte de paso que los dioses, seguramente, se preocupan de otras cosas.

De ellos mismos, según creo, y nada más.

Sí. Eso es lo que debiera decirte.

Con cuidado, ciertamente, para no ofenderte. Pero en esencia es eso.

Probablemente lo haga, algún día.



II.

Por no hablar a veces dejo que se digan cosas.

O dejo que se digan través de mí, de cierta forma, aunque yo no las repita.

Así, camino de un lugar a otro sintiendo que voy chocando con palabras que no he dicho y que se desplazan sobre la superficie.

Sí. Así es.

La mitad del aire son palabras.

O eso me parece.

A veces, incluso, hay lugares donde apenas queda aire.

No digo que vayas a morir, por ellas, ni que sean peligrosas.

Solo digo que flotan como muertos en la superficie que habitamos.

Debe ser por eso, que hoy por hoy, estoy evitando decir algunas.

Y las que digo, vuelvo a tragarlas otra vez, para evitar desechos.



III.

¿Sabes…?

Esa es una de las razones por las que no podrían verte.

De existir, me refiero, no podrían verte.

Quiero decir que apenas queda espacio en medio de tanta palabra.

Por otro lado, si te viesen, probablemente no te verían a ti, sino a otro.

Sí… es cierto.

Eso es lo que debiera decirte, sin duda.

Pero al final va pasando el tiempo y yo no digo y tú no escuchas.

Siempre ocurre así.

Somos como ellos, en este sentido, si lo piensas.

Un poco como ellos, al menos.

O un poco más.

miércoles, 14 de enero de 2026

Niños con las manos brillantes.


Esos niños de ahí tienen las manos brillantes.

Pegajosas y brillantes, más bien.

Lo que hacen es jugar cerca del humedal y luego atrapan unos bichos.

Yo no los he visto, pero según su descripción se parecen a las cucarachas.

Según los niños, cuando aplastan a los bichos les sale de dentro algo brillante.

No es algo líquido, es más bien como la carne brillante que tienen dentro, me explicaron.

Como carne de fruta, dijeron.

Generalmente los aplastan en unas rocas que ahora brillan, por las noches.

Con una luz manchada, es cierto, pero igualmente brillan.

Casi igual que las manos de los niños, y un poco menos que sus rostros, cuando juegan a pintarse.

No es muy limpio el juego, es cierto, pero no es algo que le haga daño a nadie.

O sea, a los bichos sí, seguramente, pero en el fondo no saben.

Me refiero a que no diferencian el daño recibido de lo que es la vida misma.

Eso pienso yo, al menos, cuando veo a los niños correr con marcas fosforescentes bajo sus ojos y correteando por el lugar.

Cuando esto ocurre, por cierto, yo imagino los restos de bichos que han quedado entre las rocas.

Nadie sabría que brillan, me gustaría decirles, si no fuera por los niños.

Elijan verlo así.

martes, 13 de enero de 2026

El otro monstruo del lago.



Suelen decir que todo gran lago tiene un monstruo.

Así como el del lago Ness, por ejemplo, aunque no siempre a la misma escala.

Lo que coincide en general son algunas características: que el monstruo vive escondido, que no es clasificable dentro de especies conocidas y que hay enfrentamientos entre quienes están a favor o en contra de reconocer su existencia.

Luego, por supuesto, viene el asunto ese de la publicidad y la cantidad de revuelo que se le otorga a aquel monstruo.

En ocasiones, la misma gente de las cercanías del lago oculta su presencia, para no ahuyentar el turismo.

Y en otras, por supuesto, ocurre todo lo contrario.

Lo que no suele ocurrir, sin embargo, en prácticamente ningún caso, es que se hable del segundo monstruo.

Y es que este otro monstruo es sin duda más reservado y menos evidente.

Razón por la cual suele pasar más inadvertido.

A veces –muy rara vez en realidad-, su presencia es percibida y se piensa entonces que se trata del primer monstruo y se generan algunas contradicciones.

Yo, por cierto, estoy sin duda más interesado en ese segundo monstruo.

No sé si es más o menos monstruo que el primero, pero desde mi punto de vista es más digno de interés.

Además, cuando comienzas a buscarlo, el primer monstruo se hace tan evidente, que molesta.

Es como si tuvieses que pedirle que se aparte, para buscar, tras él, al segundo monstruo.

Así y todo, si llegas a ver o percibir a ese otro ser, existe un acuerdo tácito de no describirlo en lo absoluto.

Lo sabes de inmediato, de hecho, cuando de algún modo te encuentras frente a él.

Exactamente así -puedo afirmarlo-, es como ocurre.

Doy fe.

lunes, 12 de enero de 2026

Solo fuma en la cama.


Transcribo esta vez -más o menos-, lo que me cuenta un amigo:

Descubrí que ella solo fuma en la cama. Tiene un cenicero escondido en el velador, lleno de cenizas y colillas. No fuma en la cama cuando está conmigo, por cierto, sino cuando está en su propia cama y se acuesta sola. En mi departamento nunca. Pensé que tal vez no se sentía a gusto conmigo o que nos faltaba confianza, así que se lo pregunté directamente. Ella se sorprendió en un inicio y lo negó. Luego se molestó porque no se lo había dicho de inmediato. Más tarde, sin embargo, se emocionó un poco y hasta me agradeció por no haber sospechado que me engañara con alguien que fumara. A mí ni se me había ocurrido esa posibilidad, aunque lo cierto es que luego que me lo dijo me quedó dando vueltas. Según ella, solo fumaba cuando tenía mucho sueño. Al parecer, le gustaba la sensación de quedarse medio dormida con el cigarro en la mano y no le daba miedo morir quemada ni nada de eso. Creo que dijo que tampoco dormía tan profundo, que a lo más habría un incendio, pero ella podría escapar ya que despertaría apenas sintiera las llamas. También me contó que se lo contó a una amiga que era sicóloga y que ella le habló del deseo inconsciente de algunas personas de ponerse en peligro, sobre todo cuando todo les resulta demasiado sólido o seguro. No cree que sea su caso, pero me lo contó igual. Me preguntó incluso si yo quería que dejara de fumar y yo le dije que era algo que debía ver ella. Cada uno debe preocuparse por la ceniza que produce, creo que le dije. Ella dijo que le gustó mi punto de vista y se comprometió a tomar una decisión pronto y contármela. Me lo dijo de manera tan seria que recordé lo que ella misma me había dicho sobre la posibilidad de que se estuviese acostando en su casa con un tipo fumador. No me atreví a hablarle de eso, pero lo cierto es que ahora mismo lo sigo pensando. Como posibilidad, me refiero, no como certeza. Cuando voy a dormirme, sobre todo, pienso en eso y me siento estúpido. Como si pensarlo fuese el cigarro que yo me enciendo cada noche. Quisiera evitarlo, ciertamente, pero no puedo. Un día, va a prenderle fuego a otras cosas, y no sé si seré capaz de detenerlo. Eso es lo que descubrí, en el fondo. Y no es, por ningún lado, un buen descubrimiento.

domingo, 11 de enero de 2026

Voy a un parque.


Voy a un parque.

Es amplio y está bien cuidado.

Esto me sorprende.

Me refiero a que no es como los parques de las zonas en que yo he vivido.

Caminando, descubro que incluso tiene dentro una pequeña librería.

Es un puesto verde, de madera, con grandes ventanales y mucha luz.

En su mayoría tiene ediciones recientes, de libros de buena venta.

Entre ellos descubro un par que me interesan, pero puedo fácilmente conseguirlos a un menor precio en otro lado.

Al salir, sin embargo, veo en la repisa de ofertas una novela gráfica de Daniel Clowes, que quería hace tiempo.

Es Paciencia, en tapa dura, así que regreso por ella.

Sigo caminando por el parque, ahora con la novela gráfica Clowes, bajo un brazo.

Llego así a un sector donde hay pequeñas mesas individuales.

De cierto modo parece la terraza de un café, para gente solitaria.

Me siento en uno de ellos y reviso mi compra.

No logro recordar si la leí o no antes, en formato digital.

Mientras pienso eso veo a un tipo que está en otra de las mesas, volcado en su libro, leyendo realmente interesado.

Hace mucho tiempo, de hecho, que no veía a nadie leer de esa forma.

Por lo mismo, comienzo a interesarme en descubrir el libro que está leyendo.

Minutos después, me cambio incluso de mesa, para tener un mejor ángulo.

No obstante, a pesar de mis esfuerzos, no logro descubrir de qué se trata.

Y es que el hombre está de tal manera volcado sobre la lectura que no alcanzo a apreciar nada.

Tal vez lo más sano sea quedarme con la duda, me digo.

Lamentablemente, no me escucho, y termino poniéndome de pie y acercándome al tipo sumergido en la lectura.

Tras llegar junto a él y hacer un poco de ruido el tipo levanta la vista y me mira, todavía encorvado.

-¿Qué quiere? –me pregunta.

En vez de contestarle yo lo observo con atención.

Es jorobado, descubro.

Y el libro que leía era una mierda.

-Perdón –le digo-. Creo que lo confundí con alguien.

Tras decirlo, me pongo tan nervioso que decido irme rápidamente del lugar.

Con tanto apuro lo hago, que olvido incluso el libro de Clowes sobre una mesa.

Cuando regreso por él, unos veinte minutos después, descubro que ya no estaba.

Ni el libro ni el jorobado, por cierto.

Por un momento pienso en regresar a la librería, por otra copia de la novela, pero recuerdo que me comentaron que estaba en oferta porque era un saldo.

Última copia, me habían dicho.

Decido dar entonces una última vuelta por el lugar, antes de regresar a casa.

Tal vez en esta ocasión tenga suerte, me digo.

Pero no.

sábado, 10 de enero de 2026

Una trampa para osos.


-Sabes, hace unos días, solo por probar, encargué por amazon una trampa para osos…

-¿Una trampa para osos…? ¿A qué te refieres?

-Pues a esas trampas de metal, como las que aparecen en las películas, que se cierran de golpe cuando los osos las pisan, de esas redondas, con dientes y todo…

-¿Y para qué mierda quieres una trampa para osos? ¿Acaso hay osos por acá…?

-Claro que no hay, ese es el punto. Quería ver si te dejaban traer una trampa para osos a un lugar donde no hay osos. O si te lo prohibían por considerarla como un arma, ya sabes…

-¿Te das cuenta lo estúpido que suena lo que estás diciendo…? ¿Y lo peligroso, además? ¿Qué pasa si te llaman de la aduana o de la policía y te metes en un lío legal por eso, o hasta vas a prisión…?

-Tranquila… igual ya no pasó eso.

-¿No pasó?

-No. La trampa llegó bien. En un empaque, como cualquier encomienda.

-¿Ya llegó?

-Sí. Incluso la probé, en el patio.

-¿Ese fue el ruido de hace un rato?

-Sí, ese fue.

-Pues igual sigue siendo algo estúpido. Quizá cuánto dinero gastaste en eso…

-Ya sabes que el dinero no es problema.

-No es el punto.

-Es cierto. No es el punto. Y no tienes que molestarte.

-…

-¿Quieres verla?

-¿La trampa para osos?

-No. No ahora.

-¿Te molestaste?

-No… o no sé si es molestia… pero es incómodo al menos.

-¿Qué cosa es incómoda?

-No sé… ver cómo haces cosas innecesarias, supongo.

-Pues yo creo que lo innecesario no le hace daño a nadie.

-Lo hace. A la larga lo hace.

-No te molestes, vamos… ¿quieres que consiga un oso para que la trampa deje de ser innecesaria?

-Crees que estás jugando, pero al final la trampa llama al oso.

-¿Qué quieres decir con eso?

-…

-Espera… ¿escuchaste?

-…

-Es la trampa, vamos a ver… Parece que se activó.

viernes, 9 de enero de 2026

Sin grandes artificios.


Sé lo que va a pasar en mis escritos porque los escribo luego de que los hechos ocurran.

Justo después, en ocasiones, pero siempre después.

La mayoría de ellos los escribo como si fuesen invenciones, o con una distancia que hace dudar que realmente correspondan –o se originen al menos- en hechos verdaderos.

Por lo general sumo o resto un personaje, por lo que a veces se nota que hay alguien de más en el lugar. O alguien que se intuye presente, pero no es nombrado.

Nada de esto es calculado, por cierto, pero así ocurre.

De hecho, a veces me sorprendo observando –y por eso luego lo escribo-, la forma en que algunos personajes salen de un lugar.

O sea, no es que me centre en escribir esa forma de abandonar un sitio, pero al leer lo que voy escribiendo veo irse al personaje, luego de lo cual introduzco uno o hasta dos, para intentar reemplazarlo.

Extrañamente, como tampoco termino centrándome en acciones muy concretas, todo se diluye en impresiones que pueden parecer bocetos de algo, cuando en realidad no lo son.

No hablo de técnica, por cierto, ni de calidad ni de estética, que son cosas que rehúyo.

Hablo de formas de abandonar un lugar y de formas de quedarse o reemplazar a los que parten, nada más.

Formas de sobrevivir, en resumen.

Sin grandes artificios.

jueves, 8 de enero de 2026

Un color equivocado.


Como pintó las paredes del color equivocado, debió trabajar el doble.

Por suerte, el color equivocado era de un tono claro, por lo que el nuevo color se adhirió bien y se ahorró una cantidad todavía mayor de trabajo extra.

El error por lo demás había sido compartido, ya que las indicaciones que le dejaron no especificaban de buena forma qué color iba en cada dependencia, y podía malinterpretarse.

Por lo mismo, los dueños de la casa no se mostraron molestos cuando les envío las primeras fotos, y anunciaron que enviarían más pintura y hasta agregarían un pequeño bono, para que el tiempo perdido no estuviese realmente perdido del todo.

Ellos estaban fuera de la ciudad, hospedándose en un hotel mientras vacacionaban y aprovechaban ese tiempo para renovar la pintura de la casa.

Él, había aceptado el trabajo porque le gustaba trabajar en casas vacías. Sin cumplir horarios específicos y sin tener que hablar con nadie, en el lugar.

Además –aunque esto no se lo contaba nunca a nadie-, le gustaba recorrer esas casas vacías. Observar, caminar… intrusear un poco, en definitiva, sin ninguna intención oculta en esas acciones.

A veces, hasta se quedaba en la noche a dormir en ellas, sobre algún sofá, para cuidar los límites.

Ahora, mientras pintaba el color correcto sobre el color equivocado, pensaba un poco en todo eso.

Es decir, en la costumbre suya de estar en lugares ajenos y no tener, por así decirlo, un lugar del todo propio.

Uno en el que haya elegido el color de las paredes, por ejemplo, y no haya aceptado y conservado sin más el que venía con el lugar original.

Tal vez debía atreverse a cambiar algunas cosas, pensó.

El último día que estuvo en esa casa, mientras tomaba fotos del trabajo terminado y recogía todo para irse del lugar, descubrió que uno de los colores utilizados le agradaba, y hasta le traía paz.

Era el color que había debido pintar sobre el color equivocado.

Lamentablemente, intuía que el color equivocado incidía mínimamente en el tono final del lugar, por lo que, si quería que quedara igual, debía repetir el mismo proceso.

El error involuntario y luego la corrección, para asegurar el resultado, se dijo.

Luego, simplemente, se fue de aquel lugar.

miércoles, 7 de enero de 2026

Una chica que saltó de un puente.


Me la presentaron así. Como la chica que saltó de un puente. Me lo dijeron en voz baja, para que ella no escuchara. De igual forma, ella captó el murmullo y así me lo hizo saber después. Supongo que ya te dijeron que salté de un puente, me dijo. Yo asentí. Pensé en decirle que no me parecía gran cosa, pero tal vez mi apreciación le molestara. Tal vez ella lo hizo incluso para ser reconocida de esa forma. Vaya uno a saber. Lo cierto es que no tocamos ese tema hasta que la mayoría del grupo se fue. Fue entonces que, de un momento a otro, la chica comenzó a contar sobre el salto que había realizado. Igual no fue la gran cosa, dijo varias veces, durante su relato. Como no hicimos preguntas la historia fluyó rápido, hasta que llegó a la conclusión: Pude morir, es cierto, pero también es cierto que uno puede morir de mil formas, sin necesidad de saltar de un puente. Yo asentí. No pensé que fuese necesario agregar nada. La otra persona que quedaba en nuestro grupo, bostezó. Esto último pareció molestarla. O decepcionarla, más bien. Tal vez por eso, decidió irse a los pocos minutos. Dicen que es de valientes reconocer la valentía de otros, nos lanzó, al despedirse. Yo volví a asentir. No pensaba eso, digamos, pero asentí de igual forma. Ella se fue.

martes, 6 de enero de 2026

¿Con éter o sin éter?


I.

Sueño que me lo dice un barman.

¿Con éter o sin éter?, es lo que me dice.

Yo no sé bien a qué se refiere, pero al final le digo que me da igual, pero el barman se niega a servirme.

Exige una decisión.

Esto es clave, me dice.

Luego despierto.


II.

Ya despierto, comienzo a pensar algunas cosas.

Me cuesta en principio, pero luego ordeno mis ideas.

Hasta dónde sé –y guardando las proporciones-, Einstein también se complicó un poco con el asunto del éter.

Negándolo aparentemente, a partir del experimento de Michelson y Morley, aunque luego reconociendo que resultaba impensable un universo sin esta sustancia.

Es decir, más allá de lo práctico que resultaba dejar de lado el éter para hablar del desplazamiento de la luz y la relatividad especial, la existencia de un universo sin medio y sustancia parece también asustar y contradecir otra serie de creencias que resulta difícil abandonar.

La existencia del entorno, por ejemplo.

Luego de darle vueltas a todo esto, intento regresar al sueño.


III.

Regreso.

Tal vez me lo invento un poco, pero regreso al sueño.

En él, el barman tiene la cara borrosa y ya no me habla.

Nada se mueve, en el sueño, sin embargo.

Es decir, todo parece estar en reposo absoluto.

Tal vez no era yo el observador ni el observado, me digo, jugando un poco.

Así y todo, me esfuerzo por hablarle al barman y de contarle mi decisión.

De hecho, incluso me siento capacitado para explicarla.

Más allá de mis esfuerzos, todo sigue igual, en el sueño.

Mejor despierto, me digo.

Y lo hago.

Luego ingreso acá.

lunes, 5 de enero de 2026

Miró tanto el sol.


Miró tanto el sol que se dio cuenta que era blanco.

Su primer impulso fue salir corriendo y contárselo a los demás, pero luego pensó que no iban a creerle.

Además, probablemente la retaran por dañarse la vista a partir de su comportamiento.

Ya le había pasado alguna vez en que se había quedado largo rato viendo de cerca una fogata.

En esa oportunidad había logrado diferenciar los tonos del fuego, y creyó descubrir que las llamas azules parecían tener gases dentro y se movían un poco distinto que las rojas.

Casi dos meses se había pasado en esa oportunidad viendo manchas de colores.

Sin contarle nunca a nadie sobre lo ocurrido, hasta que se recuperó.

Ahora, sin embargo, no había podido resistirse a mirar el sol.

Lo había hecho antes, también, descubriendo en él pequeñas manchas.

Y claro, no había sospechado que en el fondo emitía luz blanca, como notó en esta oportunidad.

Tal vez todo lo vemos mal, pensó mientras volvía a casa.

Como si viésemos por un filtro que en el fondo es distinto a lo que creemos.

Esa noche, mientras cenaban, había vuelto a ver manchas y tenía los ojos irritados.

-¿Estás cansada? –le preguntaron.

Ella contestó que sí, y aprovechó para irse a acostar antes que los otros.

Mientras descansaba la vista, en la oscuridad, escuchaba con atención al resto de su familia, que hablaba sobre distintos temas.

Ellos no saben lo que yo sé, se decía, mientras los escuchaba.

Estaba triste y seguía viendo manchas, incluso con los párpados cerrados.

Pasaron así varios minutos, hasta que la conversación de los otros llegó a su fin.

El sol es blanco, se dijo, antes de dormirse.

Quizá qué descubra, si me observo mejor a mí misma.

domingo, 4 de enero de 2026

El río, por su parte más angosta.


Cruzamos el río por su parte más angosta.

Apenas tuvimos que dar unas brazadas, aunque igual salimos bastante más allá.

Me refiero a que la corriente nos arrastró un poco y llegamos al borde de un terreno donde vivían dos ancianos.

Era un matrimonio alemán, se decía, y nunca aprendieron a hablar muy bien el español.

Cuando llegamos a la orilla ellos estaban sentados uno junto al otro, mirando el río.

La abuela nos hizo unas señas.

Nosotros saludamos desde lejos, pero al parecer quería que nos acercáramos.

Tras dudarlo unos segundos, eso hicimos.

Ella nos indicó una mesa, sobre la que había unas toallas.

Dijimos que no varias veces, pero ella insistió así que las tomamos.

Luego, mientras nos secábamos, ella se puso de pie y nos hizo sentarnos, junto a su esposo.

El hombre se veía mayor que ella, y apenas levantaba la vista.

Minutos después la anciana llegó con una bandeja y dos tazas de chocolate caliente.

Agradecimos y las tomamos.

Ni siquiera intentamos hablar, según recuerdo, solo nos comunicamos con gestos.

Tras terminar el chocolate volvimos a agradecer y nos quedamos en silencio, sin saber si irnos o esperar algo más.

Al final, fue la misma anciana quien nos hizo unos gestos, para volviésemos a cruzar.

Antes de meternos al agua volvimos a mirar a la mujer, para despedirnos, y notamos que ella se mostraba molesta con su esposo.

Para no incomodar nos metimos al agua, simplemente, y nadamos hasta la otra orilla.

La corriente, otra vez, nos dejó en un lugar más alejado.

No es una mala forma de vivir, pensamos, mientras descansábamos en la orilla.

A lo lejos, justo entonces, se escuchó un disparo.

sábado, 3 de enero de 2026

Las grandes obras.


Recuerdo a dos personas que me hablaron en alguna oportunidad sobre las grandes obras.

Yo, por supuesto, pensé de inmediato en libros gordos o hasta en nuevos clásicos, pero ellos apuntaban a otra cosa.

En específico, lo que me dijeron, era que querían hacer un cambio y enfocarse de ese momento en adelante, exclusivamente en el desarrollo de grandes obras.

-Cualquier obra que no sea una gran obra es en el fondo una mera distracción –dijo uno.

-Las tareas pequeñas consumen nuestra energía –dijo el otro-, y las grandes obras requieren de la totalidad de esa misma energía. Son más que incompatibles. Cualquiera de las dos elimina la posibilidad de la otra.

Aclaro, por cierto, que estas dos personas me hablaron de las grandes obras con varios años de diferencia, y en contextos totalmente diferentes.

Las dos, además, parecían tener la fuerza de voluntad necesaria para realizar el cambio que proponían. Y puedo dar fe que lo intentaron seriamente.

Por lo general, a comienzo de cada año, recibo un breve mensaje de cada una de ellas.

Un par de líneas, apenas, pues de lo contrario los alejo de sus grandes obras.

En las líneas que me envían, por cierto, noto la insistencia de que yo también siga sus pasos, de alguna forma.

A veces –cada vez menos, eso sí-, tras leerlos me siento en deuda conmigo mismo y hasta con los otros y me digo una y otra vez que debo realizar también esas grandes obras que vislumbré algún día.

Otras veces, en cambio, siento que todo es tan pequeño que cualquier tipo de gran obra, desde nuestra escala, es en realidad una acción sin significado alguno.

Cómo sea, podría resumir diciendo que soy intenso, pero no constante, en mis creencias.

Y que hablar de una gran obra, a estas alturas, es una idea manchada por la palabra vanidad, en cada una de sus formas.

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