Justo antes que comience a mostrar sus plumas hay que arrojarle una piedra al pavo real.
Una piedra pequeña, en todo caso.
Después de todo, no se trata de hacerle daño, sino más bien de advertirle.
De decirle que se detenga, me refiero.
Que no es necesario.
Que hacer eso no es tan maravilloso, como algunos creen.
Puede que lanzar la piedra les suene como algo agresivo, pero doy fe que no se puede conversar con un pavo real.
Apenas te escuchan, de hecho.
Igualmente, si a alguien se le ocurre otra manera de transmitirle el mensaje y hacerlo razonar estoy abierto a escucharla.
Además, elijo lo de la piedra por su economía y fácil disposición del material.
Cómo sea, el punto aquí es que hay que dejarle de una vez las cosas claras.
Tus plumas me valen una mierda, hay que decirles.
Y mostrarle de paso que nos interesa más un pavo normal que uno real.
Además, si lo de las plumas es para conseguir hembras, me parece sin duda un tipo de competencia desleal.
Y sí, sé que no se va a aparear con las pavas comunes, pero lo digo pensando en las hembras de otras especies que ven esto y luego se ponen exigentes y comienzan a mirar en menos a sus parejas de siempre.
¡Una piedra antes que lo haga y asunto solucionado…!
O tres piedras más, un poco más grandes, si ha desestimado nuestra primera advertencia.
Por otro lado –aplicando proporcionalidad, claro-, me gustaría agregar antes de terminar, que esta medida puede ser aplicada también en otras situaciones similares.
Por ejemplo, cuando un testigo de Jehová despliega ante ti esos dibujos del paraíso en la Tierra.
O cuando algunos hablan de amor, o cuando otros beben champagne en limusinas.
Usted, por supuesto, es libre de agregar otros ejemplos a la lista.
Solo le pido que no deje de lado –por esos nuevos ejemplos-, a los pavos de los que le hablaba en un inicio.
Y tampoco se olvide de andar siempre, con alguna piedra en los bolsillos.
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