Hay una habitación inmensa. Un lugar que parece un galpón, en realidad, más que una habitación. Le decimos habitación, sin embargo, porque está llena de camas. De principio a fin. En dos filas están dispuestas las camas. A primera vista, parecen camas algo más grandes que lo habitual, como también lo son los cuerpos que permanecen en ellas. Suponemos que duermen, esos cuerpos, por la quietud del lugar. La mayoría está en silencio, aunque se escuchan sus respiraciones y de cuando en cuando algún ronquido. A un costado de cada cama hay algo así como una pequeña pila de ropas. Las telas se aprecian toscas, rígidas, gruesas. Suponemos que oscuras, también, aunque no hay luz. Hay un olor agrio en el lugar. Probablemente debido a la poca ventilación del mismo. Una sola puerta, que por lo general permanece cerrada y unas pocas ventanas altas cada dos o tres metros. La luz del sol entra por las ventanas de uno de los costados. Cuando eso ocurre ellos se levantan. Hay baños en el exterior de esta habitación y luego simplemente una gran extensión de tierras en las que es posible encontrar una gran cantidad de animales, principalmente ovejas y conejos. Quienes se levantan, caminan entre ellos durante el día y se sirven también, de esos animales. Hay varios arroyos que pasan por ahí de los que beben indistintamente los que ahora duermen y los animales del lugar. De hecho, realmente hay poca distinción entre ellos. A veces, cuando envejecen en demasía y ya les cuesta levantarse, se retiran de pronto del lugar sin despedirse y siguen un camino que no hemos descubierto aún hacia dónde se dirige. Por ese mismo camino, por cierto, llega otro, poco después. Igual de silencioso, pero algo más joven y comienza a ocupar la cama del que partió. Si hay otros propósitos en la vida de todos ellos, lo cierto es que lo desconozco. Después de todo, solo ese es el ámbito de su naturaleza al que tenemos acceso. Dormidos, además, los rostros pueden engañar. Y justo ahora, duermen.
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