Me advirtió que era extraña, pero no entendí. O sea, me hice una idea, pero no lograba entender de qué forma, específicamente, resultaba extraña.
-Más anillos que dedos -me intentó explicar-. Más ropa que cuerpo. Más palabras que significados qué decir.
Yo, por supuesto, seguía sin entender.
-Más ojos que cosas vistas -siguió-. Más dioses que creencias. Más salidas que llegadas.
Mientras hablaba, yo recibía esas palabras e intentaba organizar aquello que entendía (que era muy poco, por cierto), y hubiese querido pedirle que me explicara de forma más clara todo aquello, pero ciertamente -comprendí después-, eso era algo que no podía hacerse.
-Más pájaros que nidos -seguía diciendo-. Más espíritu que piel. Más dolores que lágrimas.
-Espera -interrumpí-. Puedo aceptar que lo digas así, pero al menos puedes aclararme qué es aquello que me estás diciendo…
Hizo una pausa entonces, y me observó.
Lo hacía como si no lograse comprender mis palabras. O como si le hubiese pedido algo que carecía de sentido alguno.
-Más proyectos que hechos -dijo entonces, deteniéndose un poco en sus palabras-. Más daños que esperanzas. Y más hechos que esperanzas.
-Ya -le dije-, mientras seguía intentando digerir.
-Más muerte que silencio -agregó entonces, con voz seria-. Más muertos que vivos. Y más anillos que dedos…
-Entiendo -le dije, cuando comprendí que comenzaría a repetir-. Entiendo perfectamente. Dejémoslo así.
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