En un muro del costado dicen que está inscrito el nombre del arquitecto.
Con letras sobrias, de pequeño tamaño y a una altura considerable… lo cierto es que no parece estar ahí para llamar la atención.
Para poder leerlo debí encaramarme sobre una silla y acercarme a la pared lo más que pude.
Todavía no terminaba de descifrarlo cuando se apareció un guardia y me ordenó que me bajara.
-Supongo que no quiere tener problemas -me dijo.
-Nadie quiere -dije yo.
Poco después pidió mis datos y me invito a contar qué hacía ahí, para consignarlo en un libro de observaciones.
Fue entonces que yo le expliqué que no hacía nada malo… que solo quería conocer el nombre del arquitecto y no se veía bien desde abajo.
-Ya ve que no le hacía daño a nadie -observé.
-Eso a veces no se sabe -comentó el guardia-. O se sabe después.
Todavía estaba analizando sus palabras cuando escuche al guardia insistir con una de sus preguntas.
-¿Para qué quería conocer el nombre? -me decía-. ¿Es usted arquitecto?
-Sí -mentí-. Soy arquitecto y suelo interesarme por recordar los nombres de mis colegas. Sobre todo por los nombres de los arquitectos de los edificios más viejos, que ya deben estar muertos.
El guardia me miró todavía con un dejo de desconfianza, pero al menos se mostraba más tranquilo.
-¿Puede firmar acá? -me preguntó finalmente, extendiendo un libro de observaciones.
Yo firmé.
No con mi firma real en todo caso, sino con mi nombre, simplemente.
Lo escribí con letra sobria y de pequeño tamaño, por cierto.
-¿Puedo irme ahora? -pregunté.
El guardia me miró un buen rato antes de asentir.
Minutos después, mientras me alejaba, dije un nombre que no era el mío, en voz alta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario