sábado, 28 de febrero de 2026

La abuela que volvió.



Ahora todos dudan, aunque algunos hasta hayan ido al entierro y tengan fotos.

Estoy hablando de muerte de la abuela que vivía en la casa de ladrillos, al final de la calle.

No es que fuese un gran evento, pero yo al menos lo recuerdo claramente.

El velorio en la misma casa y la organización que se hizo para ir al entierro a un cementerio cercano.

Yo no fui al entierro, por cierto, pero estuve brevemente en el velorio y le di el pésame a la hija de la abuela, que vivía en la misma casa.

Era ya una mujer mayor, que había tenido una hija que se había ido al extranjero un par de años antes de la muerte de la abuela.

El caso es que la abuela murió en ese entonces y todo lo relacionado con aquello fue normal, como ocurre con cualquier muerto.

Lo extraño surge después, por supuesto, y es que a dos o tres años de esa muerte, resulta que hemos visto a la abuela caminando por la calle.

Yo incluso la seguí para comprobar que era la misma.

Y lo era.

Lo comprobé pues la saludé por el nombre y luego la ayudé a llevar una compra a la casa de ladrillos.

No le hablé de su muerte claro, pero sí le hice alguna pregunta sobre su hija, quien la esperaba en la casa.

-¿Es ella…? –le pregunté, cuando abrió la puerta.

-Sí, ella –me contestó secamente-. Volvió hace algunos días.

No hablo mucho con los vecinos, pero me las ingenié para comentar lo ocurrido.

Estaba nervioso cuando les hablé.

Temiendo incluso que me trataran de loco o algo así, pero al final apenas me escucharon.

-Ya sabemos –me dijeron secamente-. Se ve igual que antes.

-Pero hicieron un velorio y la enterraron… -alegaba yo-. No puede estar bien…

Algunos vecinos me miraron molestos.

Otros decepcionados.

-Si te molesta que esté acá puedes decírselo a la cara –me increparon-. Ahí le puedes explicar tus razones para que regrese al lugar de dónde vino…

Intenté hacerles ver que no era ese el problema, pero no hubo caso.

De hecho, ni siquiera sabía expresar con exactitud cuál era el problema.

Comencé entonces a dudar sobre lo ocurrido.

Sobre la muerte de la abuela, me refiero.

Así y todo, un día que vi caminar a la abuela hacia la panadería fui hasta la casa de ladrillos y hablé con su hija.

-Disculpe –le dije-. No quiero incomodar, pero… no sé bien cómo decirlo… su madre… ¿es idea mía o yo le di el pésame cuando ella murió…?

-No recuerdo bien lo de los pésames –me dijo, tras unos segundos-. Pero supongo que sí…

-Pero entonces… -balbuceé-, no entiendo… o sea… ¿para qué volvió…?

La mujer me miró sin ganas de responder.

Así y todo, yo insistí.

-Le das muchas vueltas y eso molesta –me dijo-. No es necesario un para qué. Llegas sin uno, te vas sin uno y ahora ella volvió sin razones nuevas… o no demuestra tenerlas, al menos…

Cuando me decía eso, noté que la abuela regresaba, cargando la bolsa del pan.

Todavía venía lejos, pero preferí no preguntar nada más.

Me disculpé brevemente y luego fui por la abuela.

No dejó que la ayudara con la bolsa.

-Cada uno debe cargar su pan –me dijo, expresando su negativa.

Yo asentí.

Pensé en hacerle una pregunta, pero no se me ocurrió nada importante, así que desistí.

Se fue y volvió, me dije, para dar por cerrado aquel asunto.

No hay que darle más vueltas.

viernes, 27 de febrero de 2026

La planta esa.



No discutimos realmente, pero me sentí cuestionado por la planta esa. O sea, yo apenas la conocía y ella ya estaba cuestionando mi forma de vida. Mi forma de vida completa, me refiero. Así, un poco torcida, bajita, apenas a la altura de mis pantorrillas y sin embargo no dejaba de hacerme preguntas y lanzar comentarios incómodos. Por lo mismo, intenté no atacarla de regreso. No discutir abiertamente con ella, quiero decir. Sería como una especie de abuso, pensé. En cambio, busqué comprender su inquietud. O el origen de ella, más bien. Y la dejé hablar, por supuesto, mientras yo buscaba. Así, comprendí que lo que más le costaba, era entender que se pudiera vivir sin raíces en la tierra. O lo entendía, tal vez, pero lo mostraba como algo precario. Casi indigno, incluso. Es como ir rodando por ahí, decía. ¿Cómo te agarras? Y claro, uno intentaba explicarle, hablar tranquilo, pero en el fondo ella tampoco quería un diálogo. No estás en ningún sitio, si lo piensas, seguía. No puedo imaginar tener la tierra abajo, fuera de uno, casi sin contacto… Es ridículo, decía. Y reía un poco. Cada cierta cantidad de frases, reía. Primero pensé que era el sonido del viento, pero luego me di cuenta que era una risa suya, burlona. Despectiva. Una risa surgida en medio de otras frases y cuestionamientos que iban dirigidos siempre a mí: ¿Uno puede realmente sentirse vivo de esa forma? ¿En medio de algo vivo…? Tal vez por eso eres extraño, sabes. Inconsciente de lo importante quiero decir, además… Y claro, siguió así un buen rato hasta que me hartó. Así, mientras esperaba a que se callase, se me ocurrían cada vez más formas de vengarme. Llegué a considerar arrancarla, orinarla… lo que fuese en realidad, con tal de que guardara silencio. Supe controlarme, sin embargo. Además, pensé, mi ventaja es que puedo alejarme de ella e irme a otro sitio. O incluso dejar de escucharla como hacen la mayoría de los hombres. Anular su frecuencia, digamos e ignorarla. Es decir, todavía estaba a tiempo de convencerme que lo imaginé o lo soñé y estar ahí como si su voz no existiese. O podía elegir incluso escribir lo ocurrido, sin más. Sin pretensión alguna salvo volverla ficción a ella y a sus palabras. Restarle importancia de esa forma, me refiero. Y hacerla desaparecer igual que hacen los magos con las personas en las cajas. Sin truco, por supuesto. Nada más porque incomoda. Y ya ven.

jueves, 26 de febrero de 2026

No se sueña en la cocina, la cocinera.



No se sueña en la cocina, la cocinera.

O bueno… en realidad no sé.

Como me intriga este asunto mejor voy donde ella y le pregunto directamente.

Llego a la cocina y le pido hablar un instante.

Ella me mira y me escucha con atención.

Primero no me explico bien y la confundo.

Luego, se lo digo de mejor forma y ella entiende mi pregunta.

Así y todo, en vez de contestar comienza a interrogarme a mí:

Quién soy, qué hago ahí, qué es lo que pretendo, me pregunta.

Vian, hacer una pregunta y obtener una respuesta, le digo.

Luego me excuso:

Es que me trabé otra vez en el primer verso...

Ella respira hondo y se sienta en una silla, frente a mí.

Supongo que está analizando si soy o no soy de confianza.

No recuerdo cómo me sueño, me dice, luego de un rato.

Ni cómo ni dónde.

Nunca recuerdo lo que sueño salvo cuando despierto, pero lo olvido de inmediato.

Hace una pausa.

Igual acá estoy bien, dice ahora. Cómoda.

Recuerda que soy cocinera.

¿También lo eres cuando no estás acá?, pregunto.

Ella no me responde.

No sabe o no responde, marcaría si fuese una encuesta.

Luego de un rato, se pone de pie y se dispone a seguir con lo que estaba haciendo.

Igual si es importante puedes anotar mi número y me llamas en la madrugada, a la hora en que de seguro estoy durmiendo, me dice. Me despiertas, me preguntas directamente y ya está.

¿De verdad puedo?, pregunto.

Ella asiente.

Luego me da el número y yo creo el contacto.

La cocinera, la nombro, sin más..

¿Eso es todo?, dice entonces, a modo de despedida.

Yo asiento y le doy las gracias.

Antes de irme, hago una marca en el texto que estaba escribiendo y lo dejo así, en pausa.

Una marca luego de la única línea que logré escribir, por cierto.

“No se sueña en la cocina, la cocinera”, dice aquella línea.

¡Qué contrariedad, la honestidad…!

miércoles, 25 de febrero de 2026

Hecha un lío.



Ella dice que despierta todas las mañanas con la cara hecha un lío. Yo pienso que está hablando de falta de maquillaje, ojeras o algo así, pero pronto descubro que me equivoco. Y es que ella no sabe bien cómo explicarlo, pero me dice que el lío al que se refiere es otro. Una confusión mayor, de hecho, o una desorientación de los elementos mismos del rostro. Una falta de sentido.

-No te entiendo ni mierda –le digo.

-La cara hecha un lío –me dice-. Literal. Los dos ojos al mismo lado, una oreja que se cree boca y parece querer hablar, la nariz extraviada y que termino por encontrar en la nuca, mi boca original pestañeando cada cinco segundos…

-¿Como si fueras el señor cabeza de papa? –le pregunto, sin tomármela en serio.

Ella me observa, en silencio. Parece molesta.

-Te lo cuento porque me desespera –dice ahora, con otro tono-. Cuando me ocurre pienso que no se va a pasar y trato de acomodarme la cara, desplazando piezas… Tanteando y descubriendo que me cuesta cada vez más recordar qué son cada una de esas partes y para qué sirven… De verdad estoy asustada…

-¿Pero al final siempre se arregla, no…? –le digo-. Tal vez si te repites eso puede surgir un poco de confianza y desde ahí tranquilidad… Pensar que estás saliendo del sueño simplemente y que ahí las percepciones son distintas…

-No es un sueño –me interrumpe-. Yo sé lo que es un sueño y sé lo que es tener la cara hecha un lío. Y está claro que no son lo mismo.

-De acuerdo –acepté-. No son lo mismo… Pero comprende que es algo absurdo lo que dices y que me es difícil reaccionar de otra forma.

-¿Acaso quieres que me deje la cara hecha un lío solo para que ves que es cierto? –dice ahora.

Yo me lo pienso un poco, pero finalmente digo que no. Que no es necesario.

Tras esto, me parece que ella se suaviza un poco.

Parece más tranquila, incluso.

-¿Y nunca te ha pasado? –pregunta ahora.

-¿Lo de despertar con la cara hecha un lío? –pregunto.

Ella asiente.

-No realmente –confieso-. O no la cara, al menos.

Vuelve a asentir.

Luego me observa con detenimiento.

Parece descubrir algo, entonces, mientras mira.

Algo que la hace sonreír y querer volver a hablar.

Yo la detengo con un gesto.

-Dejémoslo así –le digo.

-¿Así, hecho un lío? –pregunta.

-Sí –contesto, luego de un rato-. Dejémoslo así.

martes, 24 de febrero de 2026

Ahí.



Íbamos por la carretera, de madrugada.

Llevábamos varias horas en ella, pero todavía faltaban varias más para llegar.

Habíamos hecho un par de paradas breves, aunque solo las indispensables, para evitar una mayor demora.

Durante el viaje hablamos de distintas cosas, pero recuerdo que fue en el último sector, cuando surgió una conversación un tanto más extraña.

-Las carreteras que me gustan van en tres direcciones, -me dijo-. Y ninguna de ellas va en dirección opuesta a la de otra.

Yo lo pensé un poco.

No venía a cuento de nada pues llevábamos un rato en silencio antes que dijera eso.

-¿Es un acertijo? –pregunté.

-No –dijo ella, sonriendo-. Es una observación nada más. O una confesión más bien, pues es algo que nunca le he dicho a nadie.

Guardé un silencio un rato, para pensar a qué se refería.

-¿Es una metáfora, entonces? –pregunté-. ¿Una revelación de gustos sexuales u otros intereses?

Ella rio.

-Ahora podría decirse que vamos en una de esas vías –dijo entonces-. Tú un poco obligado, porque a veces eres de los que prefieren otra. Y de cierta forma un ambos que no somos, va en una tercera dirección.

-Ya –dije yo, sin entender nada todavía.

Intenté hacerme una imagen mental de esa carretera en tres direcciones y no logré llegar a nada claro.

Finalmente, según recuerdo, cambiamos de tema.

Horas después, llegamos al lugar al que íbamos sin ninguna novedad.

El lugar al que llegamos, por cierto, no me pareció tan distinto al lugar del que habíamos partido.

No hice el comentario en voz alta, por supuesto, pues pensé que ella podía tomarlo como un ataque, o una queja.

-No estamos en ningún otro lugar –dijo ella, con un tono alegre, a poco de llegar.

Yo asentí.

Esa fue su última frase que podría considerarse extraña o enigmática.

En síntesis, pasamos juntos unos días y luego regresamos.

Al mismo lugar del que partimos, supuestamente, aunque ya no volvimos a estar juntos.

Y es que ella siguió su recorrido, digamos... Y yo decidí quedarme ahí.

lunes, 23 de febrero de 2026

Ella quería salvar a los dinosaurios.


"Tú que eres médico, tú que conoces 
la causa y el propósito de la vida…
¿Por qué dura tanto, y con qué consolarla 
o alegrarla para siempre?"
A. P.


Ella quería salvar a los dinosaurios de su extinción.

Lo decía abiertamente, una vez que te tenía confianza.

Ese era su sueño, al parecer.

Desde pequeña.

No tenía ninguno favorito, pero al hablarte de aquello se enfocaba en los dinosaurios más grandes.

Quería verlos alguna vez, paseando por ahí, sabiendo que no habían desaparecido nunca.

Cuidarse de sus pisadas y temerlos un poco, aunque solo un poco.

Algunos vivirían en las plazas, explicaba, aunque esos lugares tendrían que ser más grandes.

Tal vez todas las plazas debiesen ser parques, para poder convivir de alguna forma.

Grandes y con muchos arbustos, para los herbívoros.

Igual mi idea es que no se extingan, nos decía, revivirlos ya es haberse desacostumbrado a ellos.

Y además eso es prácticamente fabricarlos.

Hacerlos artificiales, decía.

Yo quiero que sean naturales… un poco como perros vagos, o algo así.

Que nos ignoremos un poco, en el día a día, aunque también nos conozcamos.

(...)

Sé que era un sueño absurdo, por supuesto, pero al escucharla lo aceptabas.

Me refiero a que en vez de rechazarlo te ponías a pensar que en realidad todos los sueños son un tanto absurdos, en algún momento.

Y claro, entonces sentías que había que decidir entre declarar absurdos a todos los sueños o decir que ninguno lo es.

Así, ante esa disyuntiva, elegías escucharla con respeto y creer un poco en sus posibilidades.

No racionalmente, es cierto, pero tampoco se llama creer cuando lo haces de esa forma.

Ojalá ella pueda salvar de la extinción a los dinosaurios, te dices entonces, mientras la observas.

Ojalá puedas, le digo, poco después..

domingo, 22 de febrero de 2026

Cosas que ocurren en otras partes.



I.

Casi todas las cosas que ocurren, ocurren realmente en otras partes.

No es algo que me pase solo en mi región, por cierto, sino que es, según entiendo, una verdad universal.

Aceptarla de esta forma, por lo tanto, nos ahorra una serie de sensaciones cuyos resultados son estériles.

De esta misma forma, el no sentirnos únicos ni especiales, nos supone sin duda una gran ventaja.


II.

No aquí, pero en otra parte, hay en este instante una batalla que se realiza con pistolas de agua.

Si te enfocas en los rostros, por supuesto, no parece un juego, pero si observas el armamento utilizado te tranquilizarás de inmediato.

Es inofensivo, dirás, y buscarás entonces otro evento.

¿Has pensado alguna vez por qué no te atrae lo que resulta inofensivo?


III.

Decía que la mayoría de las cosas que ocurren, ocurren en otras partes.

Pero no lo decía para quejarme ni mucho menos.

De hecho, lo cierto es que me gusta estar acá.

No digo que me guste el lugar precisamente, pero a mí, al menos, me gusta estar en este sitio.

Y es cierto… probablemente si estuviese en otro lugar, sería ese el sitio que me gustaría; pero el caso es que estoy acá y no en otro lugar.

Por eso digo que me agrada este, todavía, y no el otro.


IV.

Quedarse en el mismo lugar, por otro lado, no siempre supone ahorrar sensaciones.

No quiero dejar de decirlo, pues es fácil darse mal a entender.

Los niños esos que se disparan agua, por ejemplo, ya casi no parecen niños.

Supongo que es porque el agua se acaba y deben intuir que el fin se acerca.

Confieso que no sé, cuando los miro, si eso es malo o es bueno.

¿Lo sabes tú?

sábado, 21 de febrero de 2026

Emily, yo y Moscú Chestnova.


“Me da lástima que… por mucho que viva,
la vida nunca se me da como yo quiero.”
A. P.

I.

No leo a Emily Dickinson hace tanto tiempo que he comenzado a echarla de menos.

Tal vez estos días vuelva a leer algunas de sus cartas.

No fueron escritas para mí, por supuesto, pero de cierta forma siento que podemos vernos a través de ellas.

También siento esto cuando leo los poemas que ella no se esmeró en corregir.


II.

Me sorprendió hace unos días, “Moscú Feliz”, de Platonov.

Tanto que fui haciendo numerosas pausas, mientras leía, y hasta tomando algunos apuntes.

No es que mis pausas y mis apuntes sean la gran cosa, pero reflejan un ritmo que me hace mirar y sentir distinto aquello que leo.

Como si hacerlo fuese también bajar la guardia ante algún aspecto del libro o la voz de algún personaje.

En este caso, decidí bajar la guardia con Moscú Chestnova y dejarla que (me) hablara –y se contradijera incluso, mientras vivía-, recibiendo todo aquello que decía como si fuesen verdades.

Igual como me ocurre con Dickinson, por cierto.

Y con la McCullers, cuando no se pone a reescribir lo que ya ha escrito.


III.

¡Así es como eres en realidad, mundo!, descubre en un momento Moscu Chestnova, mientras mira a través de la opacidad de la niebla.

Y yo la observo decir eso igual como lo descubre y redescubre Dickinson cuando es del todo sincera, en algunas de sus cartas.

Así, mientras observo a ambas, intento ser de cierta forma un puente, entre ellas.

O como una muralla traslúcida, digamos, llevando frases de una a la otra.

Chestnova es sin duda más llevada a sus ideas y no escucha muy bien cuando hablan los otros.

Emily en cambio escucha de forma más atenta, aunque no esté de acuerdo necesariamente con lo que la otra dice.

Así y todo, la veo sonreír cuando Moscú confiesa que se le enfría la piel después del amor:

“El amor no es comunista: he pensado y pensado y he decidido que no puede serlo… Probablemente sea necesario amar, y yo amaré, pero es lo mismo que comer; es solo una necesidad, no el propósito de la vida”.

Una vez termina de decirlo, observo los ojos de ambas y veo que sus miradas brillan, sabiendo que se mienten un poco cuando hablan del amor.

Así y todo, concluyo, lo hacen de una forma más pura y más honesta, de la que nos mentimos todos.

Y les agradezco eso.

viernes, 20 de febrero de 2026

Subir los cerros, pero no bajarlos.


“Mamá, ese tipo lleva media hora mirando ese árbol
¿estará bien?”


Me gusta subir los cerros, pero no bajarlos.

Me gusta porque siento que realizo cierto esfuerzo y además porque me dirijo hacia un lugar que desconozco.

Incluso cuando subo a un cerro que ya he subido antes, pienso eso.

No es que me guste sufrir ni pasarla mal, mientras subo, pero reconforta llegar a la cima –o al punto alto al que uno se dirige-, sintiendo que he dado casi todo.

A veces cargo peso de más, incluso, si la pendiente no es muy inclinada.

Una vez arriba, suelo tomar agua y comer algo liviano, mientras descanso un poco.

Por lo general llevo un libro en la mochila, pero al final llego tan agotado que no consigo leerlo, aunque lo intente.

En cambio, lo abro y lo pongo entre mis manos, mientras observo el entorno.

Como si dejase que el libro me lea a mí.

Generalmente cuando comienza a oscurecer, es cuando bajo.

Para compensar la dificultad, supongo, que se acrecienta un poco por la falta de luz.

Por lo general tropiezo una o dos veces, mientras bajo.

Voy sin apuro, por lo general, e incluso hay ocasiones en que decido dormir en la ladera, apoyado en algún árbol.

Son más cómodos de lo que parecen, los árboles, cuando te apoyas en ellos, para dormir.

Cuando hay luna llena vuelvo a sacar el libro que llevo y leo algunas frases sueltas.

También a veces tomo apuntes o escribo algunas frases, en algún cuaderno, que también llevo.

Siempre de noche hago esto, no sé por qué.

De hecho, como no veo muy bien cuando lo escribo, me cuesta descifrar las palabras cuando ya después estoy en casa.

Los libros que me han acompañado en estos viajes suelen tener un poco de olor a tierra, cuando los leo.

Entonces recuerdo que estuvimos juntos de una forma distinta que con los otros, y siento como si se hubiese forjado una conexión especial.

Como si nos reconociéramos, de cierta forma.

Estoy seguro que nos hace bien, esa sensación.

jueves, 19 de febrero de 2026

Voces.



-¿Voces?

-Sí, voces. No muy claras, pero voces. Desde hace un tiempo intento ponerles más atención, aunque todavía entiendo poco…

-¿Dónde?

-¿Dónde qué?

-¿Dónde escuchas esas voces?

-Ah… Pues las oigo en distintos lugares, en realidad, aunque casi siempre tienen alguna relación con el agua.

-¿Con el agua?

-Sí. No es tan fácil de explicar, pero puedo oírlas cuando estoy bajo la ducha, por ejemplo, o si me sumerjo en el agua…

-¿Y dices que entonces te hablan esas voces?

-Sí, pero no es que me hablen directamente. Lo que digo es que las escucho hablar, entre ellas, como una conversación que ocurre a cierta distancia y yo pongo atención…

-¿Y desde cuándo te ocurre esto?

-¿Lo de oír las voces?

-Sí.

-Pues no sabría decirlo bien, aunque yo creo que las oía desde siempre, en realidad, pero desde hace unos meses he comenzado a ponerles atención… De todas formas, no es que me ocurra a mí…. Yo les pongo atención y trato de entender lo que dicen, nada más.

-De acuerdo, lo anotaré así, no te preocupes. Igual puedes leer el informe antes que lo entregue, para que me corrijas si entendí mal algo.

-De acuerdo. ¿Eso es todo entonces?

-No, no todo, pero casi.

-¿Qué más falta?

-Falta dar cuenta del contenido de las conversaciones.

-¿Cómo?

-Contar de qué hablan esas voces.

-¿Quiere que le diga de qué hablan?

-Sí. Debiese registrar un primer acercamiento, al menos.

-¿Me creen, entonces---? Sobre la existencia de las voces, me refiero…

-Yo no estoy aquí para creer o no creer en nada, solo transcribo la información que usted me entrega.

-Pues no tiene sentido decirle de qué hablan si no hay seguridad de que crean en ello.

-¿No lo va a decir, entonces?

-No.

-¿Registro que se niega a decirlo, que no lo sabe o que no entiende la pregunta?

-Registre lo que usted prefiera, yo ya le di mis razones.

-De acuerdo. Registraré que se niega a decirlo.

-Por mí no hay problema.

-…

-¿Ahora sí no hay más preguntas?

-Claro, no hay más. Todas se terminan si se niega a hablar del contenido.

-¿No es un informe muy breve? ¿Cree que lo aceptarán igual?

-Ya le dije que no estoy aquí para creer nada. Deje terminar de escribir lo último y se lo entrego.

-¿Y cuánto le falta?

-Casi nada… Esta, de hecho, es la última línea.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Carretillas.



No sé bien por qué, pero mirando el cielo la otra noche, me convencí por un momento que en él había cuatro hombres –por llamarlos de alguna forma-, que iban en una misma dirección, llevando una carretilla cada uno.

No lo teoricé. No lo concluí luego de un análisis. Tampoco construí la imagen como una licencia poética. Simplemente me convencí de ello mientras observaba el cielo. Cuatro hombres cargando una carretilla donde llevaban algo hacia otro sitio. Con cierta premura, observé. Todos hacia el mismo sitio, aunque no con una trayectoria exactamente compartida. Incluso hubo un momento en que pensé que se trataba de una carrera, entre ellos, aunque luego comprendí que no.

Era una labor, no una competencia, me dije.

Junto con esto, comprendí también que había un esfuerzo en todos ellos. Se trataba de una labor llevada a cabo con una responsabilidad y una constancia que exigía un gran respeto. Y que me obligaba a observarlos a la distancia anulando cualquier tipo de juicio, que era mi forma –supongo-de cargar también mi propia carretilla.

Y es que si un día cargo yo también con una, me dije, en ella debo llevar cosas que no me hagan dudar. Que no desvíen mi vista hacia ellas y me hagan dudar de sí es necesario llevarlas o dejarlas a un lado, cuando me agobie el peso. Como si cargar la carretilla fuese en realidad una forma de cargarse uno mismo a través de la vida. O del universo mismo, como en el caso de esos cuatro.

Volví a observarlos entonces. Y me detuve mayormente en el último de esos cuatro. En el que parecía quedarse un poco atrás en relación a los otros. Parecía ser el que le costaba más llevar su carretilla. Así y todo, aprecié, no parecía inseguro. Me refiero a que su vista parecía seguir en el camino y no en las cosas que llevaba.

Ese hombre va a llegar, me dije, mientras me emocionaba un poco al mirarlo.

Tenemos que hacerlo.

martes, 17 de febrero de 2026

La bomba atómica que nos merecemos.



Ella había ganado un concurso literario, pero cuando coordinó para asistir a la premiación y recibir el premio, se dio cuenta que no era suyo el cuento ganador.

Es decir, ella había participado con un cuento breve, titulado “La abeja en la miel”, pero en la invitación que recibió se mencionaba otro título: “La bomba atómica que nos merecemos”.

No dijo nada pensando que podría tratarse de un error, y se presentó a la premiación sin comentar nada sobre el asunto.

Ya en el escenario, recibió un galvano y un cheque, y fingió no escuchar cuando se leyó, junto a su nombre, el del cuento ganador en voz alta.

Ya luego, en el cóctel, estuvo atenta a todas las miradas, pensando que podía estar observándola el autor o autora del relato ganador. Esperando el momento propicio para reclamar o derechamente hacer un escándalo.

Nadie, sin embargo, parecía ser ese autor o autora.

O si lo era, concluyó, no tuvo ni el menor interés por corregir aquella confusión.

Semanas después, cuando la llamó un editor para decirle que incluirían “La bomba atómica que nos merecemos” en una colección de relatos, ella intentó convencerlo de poder transformar el texto.

El editor, sin embargo, le dijo que, debido a las bases del concurso, el relato no podía ser alterado en lo más mínimo.

Ella insistió durante semanas, para cambiar el título al menos, pero finalmente debió desistir.

De cualquier forma, se dijo, sería un libro de poco tiraje, y el título en específico del relato que no le pertenecía, solo saldría en el interior.

La bomba atómica que nos merecemos ………………………………… Página 37

Cuando se publicó, por cierto, ella fue la única de los seis autores que no fue al lanzamiento.

De hecho, según me contó años después, nunca quiso siquiera leer el cuento.

-Se trata de una abeja –le mentí, para ver su reacción-. O sea, no es que salga literalmente una abeja, pero yo me imagino que de eso se trata, realmente.

Ella me observó, en silencio.

Parecía molesta.

Profundamente molesta, incluso.

Tal vez por eso, pienso ahora, todo a nuestro alrededor pareció enturbiarse, de pronto.

Como si algo hubiese cambiado en cada uno de nosotros, a partir de algo que venía desde fuera y que prefirió quedarse cerca nuestro.

Yo mismo, por ejemplo, sentí que me convertía en una sombra, adherida a una pared.

Además, comprendí que desde ahí, estaba condenado a observar y repetir todo hasta que alguien más se decidiese a tomar mi lugar.

Todavía espero, por cierto.

lunes, 16 de febrero de 2026

Decía que le gustaba el olor del parque.



I.

Decía que le gustaba el olor del parque a primera hora del día. Pasearse por ahí muy temprano, sin apuro y respirando hondo, luego que el lugar ha estado toda la noche vacío.

Según explicaba, no era el olor del pasto ni el de los árboles el que le gustaba, sino algo distinto. Algo que no sabía describir exactamente, pero que se producía, según entendí, porque otro grupo de olores había desaparecido, facilitando de esa forma la percepción del aroma original.

-Seis o siete horas sin gente bastan para que el lugar se recupere y revele quién es –explicaba.

-¿Y quién es? –le preguntaba entonces.

-Eso solo puede decírtelo el mismo parque –contestaba.


II.

Probablemente lo que le molestaba era el olor de los otros, concluí, tiempo después.

No la busqué para decírselo, es cierto, pero así lo pensé.

En este sentido, inferí, le molestaba el olor de los otros, porque en el fondo le molestan los otros.

A su favor, puedo decir que seguramente ella creyó siempre que era sociable y que los otros le agradaban.

Aunque claro, no resultaron ser ciertas esas creencias.

Así y todo, me gustaría reforzar la idea de que no hubo mala intención, por parte de ella.

Solo ocurrió que creyó honestamente, pero sin comprender del todo.

Por esto, sin saberlo, solo se abrazó a sí misma, al caminar por el parque cada mañana.

Por esto, decía, y porque en el fondo no sabía, abrazar a los demás.

domingo, 15 de febrero de 2026

Pequeño(s) limbo(s).



I.

Ya no está muy en boga, pero debo reconocer que desde pequeño me gustaba la idea del limbo.

Me refiero a la idea teológica del limbo, como un lugar intermedio o una frontera.

No necesariamente asociado a la causa del no bautismo o a razones de esa índole, sino más bien a un estado intermedio entre el dejar de estar vivos y lo que podríamos llamar “estado final”, cuyo contenido exacto dejo a criterio de cada cual, según sus creencias.

Y es que debo reconocer que me gustan esos espacios intermedios entre una y otra cosa.

Los siento necesarios, sin duda. O hasta esenciales.

Eso en primer lugar.



II.

En segundo lugar, recuerdo imágenes de cómo eran las exposiciones de cuadros del siglo XIX, en algunos lugares.

Murallas atiborradas de cuadros, aunque siempre existía una mínima distancia entre un marco y otro, para que las obras no estuvieran en contacto y permitieran a cada visitante observarlas de forma separada y no como un todo.

Era una cuestión de respecto, pienso ahora, la existencia de esos pequeños espacios.

O pequeños limbos, ya que hablaba de aquello.



III.

En tercer y último lugar, me acuso de comprender que la idea del limbo como algo temporal se distancia de la idea de pequeños limbos asociados a los espacios entre unos cuadros y otros.

Esto ocurre porque los cuadros están rodeados por sus cuatro costados por esos espacios, pero en nuestro caso –a partir de nuestra forma lineal de entender el tiempo-, entendemos esto más bien como un hito que ocurre en un momento temporal determinado, separando un antes y un después, pero que no nos aísla totalmente del contexto.

Así y todo, creo que la frase: “cada cuadro es una afirmación que no tolera compañía” (como le escuchaba decir en un documental a un pintor alemán), es tan aplicable a los seres humanos, como a las obras artísticas.

Y es que, de cierta forma, creo que también estamos rodeados por pequeños limbos que nos separan de eso que parece existir fuera de nuestro tiempo.

Pequeños limbos que, de paso, nos impiden también estar plenamente en contacto con los otros y con todo aquello que no es parte esencial de nosotros mismos.

Enhorabuena, por cierto.

sábado, 14 de febrero de 2026

Cosechar o cultivar.


“… Tendré lista la corona
para cuando, en mí, te mueras”
V. P.

Me queda dando vueltas una cita levemente errónea que hace Gabriela Wiener de la canción “La jardinera”, de Violeta Parra. Un lapsus, tal vez. Le ocurre cerca del final de la novela “Atusparia” que leía hace unos días. El error en concreto es plantear que la canción dice “Para olvidarme de ti, voy a cosechar la tierra…”, cuando en realidad lo que se expresa en la canción de Violeta es que va a “cultivar” la tierra.

Me queda dando vueltas, por cierto, porque justamente ese lapsus pone en evidencia un error en la comprensión que realiza el personaje. Y es que este, señala que está sembrando pensamientos, recuerdos y otras cosas, pero en realidad lo que hace es estar continuamente cosechando. Segando, si nos acercamos a un sinónimo. O arrancando cosas de la tierra. De cualquier modo, lo que hace todo el tiempo el personaje es cosechar, para luego engañarse intentando sembrar lo cosechado. Como si la flor arrancada fuese siempre semilla y todo resultase ser sustituible o reemplazable.

En este sentido, el cambio en la letra de la canción me parece ciento por ciento atribuible a la naturaleza del personaje y a la consciencia que ese tiene de sí. No a la autora, que en este proceso queda afuera. Inconsciente de la inconsciencia de su propio personaje, podríamos decir. El personaje, en tanto, sigue rescatando perritos para compensar el perro al que dio muerte en su juventud, buscando un reemplazo similar al que muestra Clarice Lispector en “El crimen del profesor de matemáticas”. Relato perfecto este último, a mi modo de ver.

(Y así con el amor por estos días)

viernes, 13 de febrero de 2026

Lo que cae por su propio peso.



-Sabes –me dijo-, hay un personaje en una película de Kelly Reichardt que dice algo parecido a lo que tú planteas. Lo de que el universo está cayendo. Lo dice mientras está en una fogata, según recuerdo, y de una forma bastante poco científica, pero al menos lo plantea así. Que el universo entero está cayendo, creo que dice. Que es como una gota que cae por su propio peso. Hacia abajo, a través del espacio. Y que está cayendo desde siempre. No recuerdo si dice exactamente lo de que cae debido al peso, pero lo de la gota sí, así que se sobreentiende. Incluso creo que después vuelve todo más cursi diciendo que el universo, cayendo, tiene forma de una lágrima, o algo así, aunque ese no es el punto…

-Pero yo no he dicho nada de eso –intenté aclararle-. No he hablado del universo ni…

-De cierta forma sí –me interrumpió-, pero a lo mejor no sabes. O sea, a lo mejor no lo expresaste directamente, pero yo lo relacionaba con lo que decías sobre la perspectiva… eso de que salir es lo que les da forma a las cosas. Y que esas mismas cosas no tienen forma por sí mismas, o para sí mismas... Sí, disculpa que me olvide… Creo que lo que dijiste fue que las formas de las cosas están hechas por quienes las observan. Sí… por quienes, desde fuera, las observan. A cierta distancia, quiero decir. Sin ser parte de ellas.

-Disculpe –lo corregí-. No sé si quiere burlarse o algo así, pero yo tampoco he hablado de perspectivas ni de las formas de las cosas... De hecho, no he hablado con usted de nada. Ni siquiera lo conozco… Estaba acá simplemente y usted se acercó y comenzó a hablarme algo de una película de Kelly Richards y…

-Espere –dijo-. ¿Kelly qué?

-Kelly Reichardt –repetí-. Dijo algo sobre un personaje de una de sus películas que decía que el universo estaba cayendo y…

-¡Pero si ni siquiera sé quién es Kelly Reichardt…!

Lo observé fijamente, para saber si se estaba burlando o simplemente el tipo estaba loco.

-No me estoy burlando ni estoy loco –dijo entonces el hombre, adivinando lo que pensaba-. Tal vez eso que dice usted sobre que el universo está cayendo es verdad y aceleró la caída y nos descolocó un poco…

-Pero si yo no he hablado nada sobre eso… -señalé.

-Claro que sí –replicó-. Hace unos segundos, cuando mencionó una película de la Kelly esa que nadie conoce.

Me quedé en silencio.

Calculé que no tenía sentido seguir con la conversación, y decidí irme del lugar.

-¿Ya se va? –me preguntó entonces.

Yo le respondí que sí y di de inmediato media vuelta.

-Las cosas caen por su propio peso –dijo uno de los dos, mientras me alejaba-. Siempre caen por su propio peso.

jueves, 12 de febrero de 2026

Un revólver en una casa antigua.



I.

Encuentra un revólver en el sótano de una casa antigua.

Estaban reparando unas cañerías cuando lo encontró.

Estaba bajo unas lozas, enterrado, así que nadie lo echará de menos, se dice.

Lo esconde entre sus ropas y luego lo mete en el bolso junta a algunas herramientas.

De camino a casa no deja de pensar en él.

Puede distinguir el peso del revólver del peso de las otras herramientas.

No sabe para qué lo quiere así que se lo lleva.

Si no hubiese sido un revólver, sino otra cosa, también se lo hubiera llevado.


II.

Ya en casa conversa con la familia, sobre el trabajo.

Brevemente y sin detalles, como siempre.

Solo son las quejas habituales, que intercambia cada tarde por las quejas de los otros.

Nada dice del revólver, pero se siente extraño.

Por un momento piensa que es el primer secreto que tiene desde hace años.

Más tarde, cuando todos duermen, se levanta a revisarlo y a limpiarlo un poco.

Todavía tiene tres balas y parece estar en buenas condiciones.

Solo una vez, de pequeño, tuvo en sus manos un revólver parecido, que era de su abuelo.

Nunca lo disparó.


III.

Tal vez podría venderlo, piensa.

No sabe cuánto cuestan, pero algo debe valer.

Tal vez debiese asegurarse, antes de venderlo, que el revólver funcione correctamente.

Un disparo al aire, tal vez.

Luego, puede preguntarle al tipo del kiosco si sabe dónde venderlo.

O vendérselo directamente a él, si hay suerte.

Todo esto piensa mientras observa el revólver, que tiene sujeto entre sus manos.

Entonces, calcula que por más caro que venda el arma, nada cambiará gran cosa.

Podrá comprar algún regalo, seguro, o pagar alguna deuda y poco más.

Qué extraño entonces que el corazón lata tan a prisa por tan poco.

Por cosas que en el fondo no provocan cambios.

Le gustaría decírselo, al corazón, mostrarle cuentas para que no se agite de esa forma.

Todos duermen en casa, menos él, se dice.

Y el mundo no sabe por qué gira.

miércoles, 11 de febrero de 2026

¿Está distinta esa calle?




-¿Es mi idea o está distinta esa calle?


-¿Cuál calle?

-Esa, la que cruza con esta misma, en la esquina.

-¿En la esquina donde está la botillería?

-No, en esa esquina donde está el semáforo. Una cuadra más allá, parece.

-Sí, es la siguiente cuadra luego de la botillería. Ese semáforo está malo desde hace más de un año, eso sí.

-No me importa el semáforo. Te preguntaba por esa calle.

-¿Preguntabas si estaba distinta?

-Sí. O sea, cuando pasé por ahí me pareció distinta.

-¿Distinta cómo?

-Distinta… No sé. No igual que antes. Ya sabes lo que significa distinta, ¿no?.

-Claro que sé, pero hay formas de estar distinto o distinta… una persona está distinta, por ejemplo, y te das cuenta aunque hables con ella y no la veas… pero las calles o las cosas…

-Una calle no es una persona… ¿acaso crees que la noté distinta porque me puse a hablar con ella?

-No, pero…

-Pues eso, si supiera exactamente qué tiene de distinto no te preguntaría si estaba distinta… Si te lo pregunto es porque noté algo, pero no tengo seguridad… Por ejemplo, puede ser que la calle no cambiara, pero cambiara lo que hay a los costados de la calle, locales, casas, paraderos… yo qué sé.

-Pues que yo recuerde no tiene nada distinto. Aunque igual no me fijo mucho, en realidad. Paso por ahí siempre, pero para mí una calle es una calle, simplemente, aunque cambie… Está donde mismo, tiene el mismo nombre…

-Sí… puede ser. Igual uno no se da cuenta de los cambios cuando ve algo todos los días… a veces el cambio se hace tan de a poco que no lo sientes, salvo cuando lo contrastas con algo más antiguo o anterior…

-Sí, es cierto. Nos pasa con nosotros mismos, a veces. Tiene que ser otro el que nos diga que estamos distintos, casi siempre.

-Entonces, según tú ¿la calle esa está igual?

-No sé si igual, realmente, pero al menos es la misma calle.

-¿También me dirías que un río es el mismo río, no?

-No. En ese caso puedo entender que no es lo mismo…

-…

-Salvo que seas el agua…

-¿Qué agua?

-El agua que viaja por el río… Igual que tú cuando viajas por las calles.

-No es así… Yo no viajo de esa forma.

-¿Y de qué forma viajas, entonces?

-Pues no sé exactamente, pero no de esa forma.

-…

-¿Sabes…? A lo mejor ni siquiera viajo.

-Puede ser.

-…

-…

-¿Cuando me vaya me acompañas y aprovechamos de ver la calle?

-De acuerdo, pero solo si la vemos y no hablamos sobre ella.

-Sí… me gusta la condición.

-¿Cerramos el trato, entonces?

martes, 10 de febrero de 2026

Lo que me faltaba.


No sé bien qué pasó. Fue una buena cita y todo estuvo fluyendo bien hasta que llegamos a su casa. Y claro, entonces yo quise ser honesta, pero al final se enredó todo. El problema comenzó cuando le dije que me faltaba un pecho. Sí, ya sabes, como una advertencia antes de desnudarnos. El punto es que apenas lo dije dejamos de fluir. O sea, yo estaba bien, pero él parecía pensar, hacer cálculos… Tan extraño se comportaba que me molesté. No me ofendí, sabes… pero me molesté. Es una resta infantil, le dije, no hay para qué calcular tanto. Él me miraba, un poco sorprendido. Dos menos uno es igual a uno, seguí diciendo. Es decir, tengo un pecho, todavía. El cáncer remitió y decidí no reconstruirlo, le expliqué. Él seguía callado. Por un momento incluso me sentí culpable… O sea, no es que lo hubiese traicionado o engañado de alguna forma, pensaba. Me refiero a que tener un pecho menos no es un dato que uno diga apenas conoce a otro para no herir sus expectativas. Eso seguía pensando cuando de pronto fue él quien habló y me preguntó que cuál era el que me faltaba. El izquierdo, le dije. Intenté bromear incluso diciéndole que el único problema real es que a él le sobraría una mano. Yo pretendía relajar la situación, hacerla fluir de nuevo… pero lo cierto es que él pareció asustarse más. ¿Qué te molesta?, le pregunté. ¿Era mejor que me faltara el derecho? Sorprendentemente él dijo que sí. Que lo que estaba calculando era eso. Una especie de cara y sello, me explicó. Según él, había decidido que si me faltaba el derecho él seguiría adelante, pero si era el izquierdo el faltante elegiría irse, sin más, y dejarlo hasta ahí. Yo lo miré para ver si hablaba en serio y comprendí que sí. Ni siquiera me pareció que mintiera. Por lo mismo, ahora la que pensaba y calculaba era yo. ¿Por qué es peor que falte el izquierdo?, pensé. Entonces elaboré una hipótesis. Absurda, probablemente, pero igual se la dije. ¿Es porque ahí está el corazón?, le pregunté. O sea, en se lado, ahí abajo. Él se demoró en responder y al final dijo que podía ser. Que en realidad no lo había pensado, pero podía ser incómodo escuchar los latidos más fuertemente, sin un pecho de intermediario. Lo miré para examinarlo. Luego, le pregunté nuevamente si hablaba en serio. En realidad no sé, me dijo. Lo cierto es que en principio fue una decisión arbitraria, por eso te explicaba lo de cara o sello. No hay razones para elegir, se supone. Solo te la juegas por un lado. Aunque si me haces racionalizar… Su tono terminó de indignarme. Reaccioné de golpe y me puse de pie, molesta. Lo encaré antes de irme: ¿Sabes que igual no me eres importante y que puedo irme con cualquiera, cierto? Él asintió e intentó excusarse. No te molestes, me dijo. Si te soy sincero tampoco sé si hubiese ido contigo a la cama si tenías los dos pechos, ¿sabes? Pensé en pedirle otras razones, pero al final desistí y traté de relajarme. ¿Y si hubiese tenido tres?, le pregunté. Él se rio, algo incómodo, pero no supo qué responderme. Al final, simplemente se puso de pie, me abrió la puerta y nos despedimos. Yo había estacionado afuera así que no hubo necesidad de hablar más. ya no estoy para esas cosas.

lunes, 9 de febrero de 2026

La resistencia del agua.


Yo creía estar seguro que no pasaba.

O que no ocurría al menos por esas razones.

Por eso me sorprendí cuando me dijeron que ella estaba recuperándose, en el hospital, tras haber saltado al agua desde gran altura.

Al parecer, tras golpearse, había perdido el conocimiento e incluso llegó a pensarse que no se recuperaría.

Durante todo ese tiempo yo pensaba que se había golpeado con el fondo o con algo sólido, pero en una de las visitas en que coincidí con algunos de sus familiares, me explicaron que todo se habría producido por la resistencia del agua.

-¿Y las fracturas también son por el choque con el agua? –pregunté.

-Claro –me dijeron-. Por la resistencia física del agua. Si saltó desde más de diez metros.

Mientras me contaban esto yo hacía cálculos.

Recordaba que yo mismo había saltado algunas veces desde alturas similares y no me había pasado nada.

Calculaba velocidad, peso y hasta la forma de impactar con el agua.

Al final, supongo que comencé a pensar el accidente como algo menos grave, lo que coincidió con la mejoría de ella.

-¿Viniste todos los días? –me preguntó, poco antes que la dieran de alta.

-No –le dije-. He venido como dos veces, porque me dijeron que habías preguntado por mí.

Ella me miró, confusa.

-No creo –me dijo-. Estuve inconsciente.

Recién entonces lo consideré.

Era cierto.

A mí me había escrito un amigo en común, diciéndome eso.

Tal vez lo inventó, simplemente, para que me decidiera a ir a verla.

-Da igual –le dije-. De cualquier modo ya estás bien… recuperándote. Hay que verlo como un accidente nada más. Por la resistencia del agua.

-Claro… -dijo ella-. Todo por la resistencia del agua.

Yo asentí.

Nos quedamos en silencio un rato.

-Creo que me voy a ir -le dije-. Además, así pueden pasar tus familiares… había varios esperando.

Ella asintió.

-¿No tienes nada nuevo que contar? –me preguntó mientras me iba.

-No –le contesté-. Nada nuevo.

Ella pareció entristecerse con mi respuesta. O molestarse, incluso.

Tal vez por eso, me fui del lugar pensando que algo estaba mal.

Levemente mal, me dije. 

Pero es igual en todas partes.

domingo, 8 de febrero de 2026

Hurgando en la basura.


Lo veo prácticamente todas las noches hurgando en la basura. Sacando y revisando bolsas desde unos contenedores que reciben la basura del edificio en el que vive. No viste mal ni se observa que tenga algún tipo de problema o condición especial. Simplemente saca bolsas, hurga en ellas y luego vuelve a dejarlas dentro. Un día hablando con una vecina, ella me cuenta que lo conoce y que ha hablado con él en varias ocasiones. Incluso le ha preguntado directamente sobre qué es lo que hace con la basura.

-¿Y qué es lo que hace? –le pregunto a la vecina.

-Nada malo –me contesta-. Solo registra la basura porque siente que botó algo.

-¿Cómo…?

-Eso es lo que él explica… -cuenta ahora la vecina-. Dice que se angustia por las noches sintiendo que perdió algo y luego piensa que tal vez lo haya botado a la basura y como ya la ha sacado debe ir y revisarla…

-¿Y qué es lo que pierde?

-Dice que no tiene claro qué es, que es más una sensación… -me dice la mujer-, pero él no puede evitar salir a buscarlo... Es como lo de abrir el refrigerador sin saber qué se quiere, más o menos... aunque supongo que con más desesperación…

-Pero, ¿sabe él que está mal? ¿O que es extraño, al menos? –pregunto.

-Claro –contesta la mujer-. Él lo cuenta avergonzado, pero dice que de verdad no puede evitarlo. De todas formas, yo misma le digo que no es tan grave. Después de todo no le hace daño a nadie, solo hurga un rato en la basura y ya está. Es como te decía antes, al final, o sea, todos buscamos de cierta forma algo que no sabemos… unos buscan en el refrigerador, otros en la basura… otros no sé… leen libros, hacen yoga…

-¿Yoga…?

-Bueno, tal vez el yoga no –dice ella, pensando-. De pronto el yoga es para olvidarte que tienes que buscar fuera. Para convencerte de que todo ya está dentro, creo yo. Que si perdiste algo no importa, porque lo tienes dentro…

-Ya… -digo yo-. Pero entonces el tipo de la basura…

-Hay que dejarlo, simplemente –concluye-. Que rebusque en las bolsas, así como todos rebuscamos en algún sitio.

-De acuerdo –le digo-. Si no le hace daño a nadie…

-No, no le hace daño a nadie –asegura, mientras se aleja-. Y aunque lo hiciera, en realidad… no es tan malo el daño, como dicen.

Yo la observo irse y me quedo ahí un rato, como esperando otra frase, que no llega.

Luego, simplemente, comienzo a pensar en otras cosas.

Nada muy profundo, en realidad.

sábado, 7 de febrero de 2026

Bingo, con los abuelos.


Por ese entonces iba a jugar bingo con los abuelos, los fines de semana.

Compraba un par de cartones, una promoción de café con galletas y me quedaba ahí marcando los cartones con porotos.

Todo era lento en esos juegos, pues a los viejos les costaba marcar el número indicado o a veces no escuchaban del todo bien o temblaban demasiado y movían sus cartones y se confundían las marcas.

Así y todo, podría decirse que el bingo funcionaba bastante bien, y servía para recaudar algunos fondos mientras los abuelos recibían visitas.

Por mi parte, lo cierto es que a veces ganaba, pero prefería no avisarle a nadie para que pudiese cobrar el premio algún otro.

No era por bondad, en todo caso, sino que los premios realmente no me interesaban.

Y bueno… también un poco por culpa, debo reconocer, pues lo que en realidad me motivaba a ir era poder llevarme unas primeras ediciones que estaban en un mueble, en una sala que hacía de biblioteca.

No eran muchas ni estaban en muy buenas condiciones, pero igualmente me tentaba verlas ahí, abandonadas, llenándose de polvo.

Un poco como los viejos, pienso ahora.

En total, según recuerdo, debo haberme robado como diez.

La última vez que fui, por cierto, un par de abuelos me descubrió.

No robándome algún libro, sino negándome a avisar mi triunfo, en el bingo.

-Dejémoslo así –les dije, cuando se dieron cuenta-. Así gana otro que lo necesite más.

De inmediato, uno de los que me descubrió intentó escupirme, molesto, y el otro alertó a los demás sobre mi conducta.

Unos se pararon y me amenazaron con sus bastones y se produjo un gran alboroto.

Estaban realmente molestos y ofendidos.

Tan complejo fue todo que el animador del bingo anunció que declararían no válido ese juego y que esperarían a que me fuera, antes de volver a jugar.

-No esperamos que comprenda, sino que se vaya, para continuar –recuerdo que dijo.

Confundido, atiné apenas a salir, en medio de miradas desaprobatorias y una que otra maldición, que me lanzaban.

Probablemente, pienso ahora, todas ellas se cumplieron.

viernes, 6 de febrero de 2026

En una bomba de bencina.


Estoy comprando algo para comer en la madrugada, en una de esas tiendas 24 horas que suelen estar en las bombas de bencina. Desde ahí observo al hombre que parece discutir a un costado del auto, justo después de cargar combustible. Sin darme cuenta salgo de la tienda y me acerco unos pasos. Como todo está en silencio escucho con bastante claridad lo que dice el hombre, mientras bebo mi café.

Según entiendo, el hombre insiste en que algo no está bien. Que algo no basta. Está más nervioso que molesto, pero alza la voz y eso confunde. Cuando le dicen que se calme y explique mejor lo que quiere, le escucho decir que quiere más bencina. Lo repite, de hecho, varias veces e intenta agregar razones. Por ejemplo, dice que no quiere pararse a echar bencina de nuevo. Alega señalando que un auto debiese ser así, independiente de cierta forma. Tener dentro la bencina suficiente para no tener que parar por más.

-No es un ser vivo –alega, agitando los brazos-. Se mueve, pero no es un ser vivo. ¡Yo soy el ser vivo…! Debo detenerme a comer si es que quiero, pero el auto no. Por eso es una cosa. Una máquina…

Mientras escucho, sale también el encargado de la tienda para apoyar al bombero, por si la situación se complica.

-Debiese flotar al menos, sin combustible, como un bote –sigue quejándose, el hombre-. Pero el auto no... Se detiene simplemente y queda ahí como un ser muerto. Se llenaría de hormigas incluso, si hubiese hormigas mecánicas...

El hombre que ha salido de la tienda observa la situación, junto a mí.

-Viene más o menos cada dos semanas –me dice, en voz baja-. Hoy día está tranquilo. Quiere llenar el auto para conducir sin parar según dice, o para parar cuando él quiera, no cuando se acabe la bencina.

-Entiendo –digo yo.

Pasan unos minutos hasta que el hombre del auto deja de quejarse y luego se va.

O sea, se sube al auto y se va.

Entonces, el bombero y el hombre de la tienda se hacen gestos indicando que todo está bien y regresan a sus puestos.

Yo, por mi parte, entro también a la tienda, por otro café.

jueves, 5 de febrero de 2026

¿Está todo bien?


-¿Está todo bien?-, pregunta ella.

Él se molesta al escucharla.

¿Cómo mierda va a estar todo bien?, piensa. Que esté todo bien es hablar de algo absoluto… imposible que esté todo bien.

-¿No está todo bien?-, pregunta ella, ahora.

Él la mira.

Ella no tiene mala intención, piensa él. Sonríe incluso cuando hace sus preguntas, probablemente para que uno conteste que sí dejando de lado todo lo que pueda estar mal. Para centrarse en lo que está bien, supongo.

-Disculpa –dice él, intentando ser honesto-. Es que me tomo la pregunta demasiado en serio, parece…

-Tranquilo, no está mal que lo tomes en serio –lo interrumpe ella-. Si sientes que algo está mal puedes decirlo y si es conmigo yo lo corrijo…

No todo tiene que ver contigo, piensa él, pero no se lo dice.

Intenta no inquietarse, respirando hondo, pero igual se molesta aunque no quiere.

Por qué será que todo se reduce a eso siempre, piensa ahora. A hablar de un todo dejando el mundo fuera. Y además está ese tono de superioridad. Ella puede corregir todo, según dice, si hay algo mal en ella puede corregirlo…

-Parece que no está todo bien, ¿no? –dice ella ahora, cambiando ligeramente el tono-. Igual si quieres que me vaya y no hablemos más me dices y no hay problema…

-No… -dice él-. No es eso…

La mira mientras toma una de sus manos, sin poder evitar cierta pesadumbre.

Así que no hay problema. Basta que diga un par de palabras y ella se va y no volvemos a hablarnos. Y la vida que creemos tener cambia por completo. Cómo mierda es todo tan frágil, tan poco seguro…

A pesar de todo, mientras piensa eso, él sonríe. Apenas y con dificultad, pero sonríe.

-¿Ahora sí todo está bien? –pregunta ella.

-Sí… -dice él, mientras siente un dolor pequeño en el pecho.

-¿Vamos entonces? –pregunta ella.

-Vamos –dice él.

Todo es siempre una despedida, piensa ahora, mientras avanzan.

Quisiera no tener razón.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Soñó que se le caían los dedos de los pies.


Soñó que se le caían los dedos de los pies. Fue un sueño largo, por cierto, y sobre todo extraño. Al principio, mientras los perdía, pensaba que no eran tan importantes. Que eran fragmentos de uno que podían desprenderse, digamos, y simplemente dejarlos atrás. Ya vienen incluso un tanto prepicados, pensaba. Un poco de relleno en los zapatos, tal vez, y ya está solucionado. O en los calcetines, en realidad. Tal vez había que preocuparse un poco del dedo gordo que es casi más pie que dedo, sobre todo si lo sientes por el costado... De cualquier modo, bastaba con relleno, no con prótesis, de eso parecía estar seguro. No es como perder un ojo, después de todo. O la lengua. Observaba sus pies, por cierto, mientras pensaba esto. Todavía le quedaban algunos dedos. Por ejemplo, aún tenía los pulgares en ambos pies, observó. También tenía el dedo a un costado del pulgar en el pie derecho –dudaba si llamarlo índice-, y el meñique en el pie izquierdo, aunque casi colgaba... Sí… Justo se desprendió, mientras lo observaba. No pensó en recogerlo, pues ya no era suyo. No me lo arrancaron, se dijo. No me mutilaron, no me lo corté… no hubo sangre ni dolor por pérdida alguna. Solo ocurrió que el dedo se desprendió y ya no es parte de uno. Sintió alivio, de cierta forma. Y es que no se sintió menos él. Únicamente se tambaleó un poco pues el equilibrio se hacía un poco más difícil. Trató de adaptarse, mientras seguía avanzando. Tenía clara la dirección en la que iba, pero no recordaba exactamente hacia dónde. Hacia qué lugar exacto, quiero decir. De cualquier modo, no alcanzaba a pensar en esto pues ya comenzaban a soltarse sus últimos dedos. Se desprendió otro y quedó con los pulgares. Tal vez estos no se desprendan, pensó. No son como los otros. Lamentablemente, apenas terminó de formular aquella idea, comenzaron a soltarse. Desde más atrás de dónde él creía. Eso ya es pie, alegó, pero no comprendió que no tenía a quién. Igual es un sueño, se dijo, tranquilizándose. Puedo perderlos todos y luego despierto y todos estarán ahí, como siempre. Solo necesito salir del sueño... ¡Plaf! Se desplomó justo cuando pensó esto. Ya no tenía dedo alguno en sus dos pies, comprendió. Igualmente, intentó ponerse de pie y avanzar, pero no podía sostenerse. Recordó entonces que ese era el sitio exacto al que se dirigía. A la puerta de salida del sueño. Si no alcanzo a volver, se dijo, el que se despierte no va a ser exactamente yo. Y tampoco va a saber que yo me desprendí de él y no pude volver, en el sueño. Cuando despierte él va a pensar que siempre ha sido él mismo y me dejará aquí, abandonado, en medio de mis propios dedos de los pies. Que ya tampoco son míos, pensó. Respiró hondo. Volvió a observarse ahora, tendido e incapaz de levantarse. Tal vez es lo que tenía que ocurrir, simplemente, se dijo. Tal vez solo era eso, y ocurrió. Sin lástima pensó todo esto, por cierto. Sin lástima, pero con una triste aceptación. Ya está hecho, dijo finalmente. Despierta.

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