I.
-¿Es artificial? -me preguntó.
-Sí – le dije-. Completamente artificial.
-Pues no lo parece…
-Es artificial -insistí-, lo que ocurre es que está bien hecho.
II.
De otra cosa. Lo lanzas sin contexto y luego hablas simplemente de otra cosa. Incluso puedes cambiar la forma, el estilo… En este sentido tómate las libertades que quieras. Después de todo nadie está realmente atento a lo qué dices, ni para qué lo dices. Más allá de eso siempre di algo. No a la fuerza sino por necesidad. Y si no tienes necesidad pues esperas o te fijas donde está ese espacio que has de llenar un poco. Que esto sea útil, al menos. Piénsalo así.
III.
Si quieres, pídele a una inteligencia artificial que analice tus palabras. Pregúntale si tu texto es honesto. Si tiene marcas de creación “humanas” o el lenguaje manifiesta ser producto de algo distinto. Pregúntale a qué necesidades responde. Para qué fue escrito. Y qué recomendaciones te da para construir la parte final.
IV.
-Yo vuelvo a ver el inicio antes de terminar -me dijo-. Recuerdo las palabras claves, el tono, y de esa forma hasta salgo más tranquilo de esa experiencia.
-¿Experiencia? -pregunté.
-Sí… quería otra palabra, pero no se me ocurrió cuál… ¿te incomoda la palabra “experiencia”?
-No, no me incomoda… pero la encuentro algo artificial -comenté.
-¿Artificial? -preguntó.
-Sí -concluí-. Como todas las palabras eso sí. No especialmente artificial, pero artificial al fin y al cabo.
-No estoy de acuerdo -contestó.
-Hipócrita -le lancé.
No volvimos a hablar.
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