lunes, 31 de marzo de 2025

Un paso.


Estorbarse a uno mismo.

No.

Miento.

Es peor que eso.

Lo sé y sigo.

Opaco el genio.

Lo escondo.

Entierro el amor como si fuesen talentos.

Luego me pierdo.

Me abandono.

Me muerdo la lengua para que la verdad no sea dicha.

Nadie quiere la verdad.

No es agradable.

Incomoda.

A mí, incluso, me asusta.

Prefiero andar a oscuras que encender esa luz.

Me tropiezo, es cierto, pero no sé con qué tropiezo.

Es mejor así.

La luz, probablemente me revelaría cosas que no quiero saber.

Pero miento.

Ya les decía que miento.

Y lo olvidaba.

No es mejor así.

Es más fácil, pero no mejor.

He roto el mapa mil veces, pero recuerdo el camino.

Tal vez simplemente no quiera ir.

Pero no.

No es eso.

Lo que ocurre es que me lleno de cosas, como anclas.

Cosas bellas, ciertamente, para no partir.

Para no decir.

Para no amar.

Es cierto.

Lamentablemente, es cierto.

Pero a mí, al menos, no puedo engañarme.

Y es que todo andar, si soy sincero, ha sido simplemente pasos de baile.

Un baile absurdo, por cierto.

Una invocación a nadie.

Otro estorbo, digamos.

Otro estorbo más a mí mismo.

Así, ocurre que son mis propios pies los que traban mis pasos.

Y claro, ocurre también que de vez en cuando alguien llega a quemar mis cosas.

Y yo no sé si dolerme o agradecerle, cuando lo veo alejarse.

No quema todo, sin embargo.

A veces pienso que solo me pone a prueba.

Y de cierta forma eso me emociona, porque es como si de cierta forma creyese aún en mí.

Y me obligase a hablar con verdad.

Y me invitase, de esa forma, a dar un paso.

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