A ese lugar no voy, me dijo.
Te acercas un poco y ya asusta.
Puedes creerme o no,
pero lo cierto es que está lleno,
o casi,
de cosas imaginarias.
Y claro, sé que por lo general uno se asusta
justamente de las otras cosas.
Las no imaginarias, quiero decir.
Las cosas que existen, como las llaman.
Y es extraño,
pero no consigo explicarme
que algunos digan sin más
que ese miedo es absurdo.
Que, por tratarse de cosas imaginarias,
tu miedo también debe ser imaginario
y por consiguiente no exista.
No lo encuentro lógico, de hecho.
Por ejemplo, puedes ahora mismo,
si quieres,
observar el lugar
No digo que vayas hasta allá,
necesariamente,
pero sí que observes.
Y que dirijas hacia ese sitio,
desde ahora,
tu mirada.
Hazlo por un momento,
sinceramente,
y dime si saber no es aterrador.
Saber que ese lugar
está lleno de cosas imaginadas,
me refiero.
Y es que el punto acá,
es que no se trata de cosas
imaginadas por ti.
Y no eres tú, por lo tanto,
quien puebla ese sitio.
Quién imaginó esas cosas, pasa entonces,
a ser la pregunta principal.
Quién las imaginó
y para qué las imaginó.
Y por último, entre ellas,
hacer luego esa pregunta
todavía más incómoda.
Esa que tú sabes, me dijo,
cuál es.