Yo pensaba en quién tenía la culpa mientras veía volar los platos.
Cada vez que uno se estrellaba, sin embargo, mi pensamiento también se hacía trizas y debía comenzar de nuevo.
Buscaba qué decir, cómo ayudar… o simplemente saber de qué forma debía intervenir y dejar de estar quieto ahí también como un plato.
En vez de eso, mi mente iba de un lado imaginando cosas absurdas.
Por ejemplo, pensaba que, si fuese un plato, sería probablemente uno de cartón, algo grueso.
Y no uno de loza o de plástico.
Sé que no eran pensamientos útiles, pero uno no elige, casi nunca, qué pensar.
Ni qué sentir, dicho sea de paso.
Mientras observaba, veía estrellarse platos que ni siquiera reconocía.
Algo en todo esto es falso, recuerdo haber pensado.
No es que se tratase de platos de utilería, pues se estrellaban y rompían como platos reales, pero la forma en que se esparcían sus fragmentos, la forma en que los trozos pasaban junto a mí, sin herirme… todo eso me confundió de tal manera que me alejó de la búsqueda de la culpa y caí en la desconfianza.
Fue entonces que, según recuerdo, se produjo una pausa.
Casi un final, es cierto, pero esencialmente era una pausa.
Y yo aproveché ese momento para evaluar lo que ocurría.
Miré el lugar.
Analicé la situación.
Arrojó todos los platos menos el suyo, me dije.
Eso es trampa.
No sé cómo, pero mis pensamientos se escucharon y fue entonces que la situación se transformó de golpe en un final.
Yo limpio, dije, en vez de decir otra cosa.
Y eso hice.