sábado, 25 de abril de 2026

Como un niño en un cuadro de Monet.


Como un niño en un cuadro de Monet, dice alguien. No más firme ni real que eso. Un poco como un espectro, o como un recuerdo que se superpone a otro. Menos difuso que el resto, tal vez, pero no por eso más nítido ni concreto... ¿Te has fijado acaso en los pies de esos niños? En mi caso no es que me haya fijado en detalle, pero igual puedo asegurarte, desde mi impresión, que nunca se les ven. Que no solo están borrosos ni cubiertos, sino que derechamente no tienen. Aparecen y desaparecen en el lugar en que el pintor los ve. O en el lugar que los muestra, más bien. Pueden dar la impresión de movimiento, es cierto, pero solo es porque se desvanecen y se desdibujan para luego aparecer en otro lado. Así y todo, defienden su naturaleza humana y se diferencian del mundo natural que hay en su entorno. Contienen lo vegetal, no se malentienda, y hasta el agua, de cierta forma… pero hay algo distinto en la manera de existir que se revela en las pinturas. Una existencia más frágil incluso que las de flores que sabemos, a priori, que no durarán mucho. Apenas pudo pintarlos, Monet, pienso ahora, pues sabe que no le pertenecen. Ni a él ni a este mundo, le pertenecen. Vagan y aparecen en distintos sitios y hasta descansan en nuestros hijos, por momentos, pero no son nuestros hijos. Así ocurre siempre, simplemente. El mundo cambia, en definitiva y nada es nuestro.

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