Dos o tres enfermedades.
Eso es lo que tengo.
Da lo mismo el nombre y la gravedad de todas esas mierdas.
A mí me importa el número.
Y eso es lo que exijo a los médicos.
Dejo que me den tratamientos, es cierto, pero luego no los sigo.
Una vez tuve siete enfermedades y tampoco tomé ninguno.
Ahora me dicen que dos o tres, simplemente.
Y yo insisto.
Me molesto incluso, porque no puedo entender la negligencia del diagnóstico.
¿Dos o tres, doctor?, le pregunto.
Y el puto doctor dice que no puede decirlo bien, y que lo importante es otra cosa.
¡Qué mierda va a saber ese médico culiao!
¿Cómo chucha va a saber qué mierda es lo importante?
No se lo digo así, por supuesto, porque trato de contenerme.
Pero igualmente me desbordo:
¿Dos o tres y no puedes decirlo…?
¿Me he hecho como veinte exámenes y no puede decirlo?
El doctor me mira como consultándome qué hacer.
Luego se acomoda en la silla y me habla, con tono extraño.
Si quiere le digo dos, me dice.
O tres, si lo prefiere.
Yo le digo entonces que quiero la verdad, simplemente.
Y le explico que un número es el camino más breve para acercarse a ella.
Para y volverlo objetivo.
Al final el tipo llena una ficha en silencio mientras yo permanezco ahí.
Luego me entrega una receta diagnóstica y me despide.
Dos, dice.
Y yo agradezco, aliviado.