Ponlas ahí, en el rincón, me dijo, junto a las otras cosas.
Como me quedé en mi sitio y dudé en hacerlo, se vio obligada a agregar algo más.
Por lo general todos somos cuidados, así que no se debiese dañar.
Yo asentí y sonreí un poco.
Y claro, todavía con dudas, lo hice.
No es que ahora le creyese más, pero no tenía sentido detenerme ahí.
Además, el cuidado de aquello que llevaba no era en lo absoluto importante para mí.
Gracias por venir, dijo entonces. No pensé que vendrías
Yo tampoco, contesté. Pero aquí estoy.
Ella guardó silencio.
Yo pensé que intentaba evitar, probablemente, otras frases hechas.
Puede que conozcas a uno o dos de los que están acá, dijo entonces. Igual si te sientes incómodo puedes venir a este cuarto.
Yo asentí.
Los otros no van a venir por sus cosas hasta el final, en varias horas más.
Volví a asentir.
No creo que sea tan molesto compartir un rato, le dije. Una hora, calculo, luego me voy.
¿Entonces no vamos a hablar?, preguntó.
Estamos hablando, mentí.
Ella sonrió.
Si quieres puedes quedarte cuando todos se vayan, agregó.
¿Cuándo todos se vayan?, pregunté.
Claro, me dijo. Cuando haya desaparecido todo aquello que no te gusta pensar como real.
Le di vueltas a su frase unos segundos y luego acepté su propuesta.
Estaré junto a esas cosas, agregué. Ya sabes. Por seguridad.
Ella asintió.
Se despidió con un gesto.