miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un cerebro en una jarra.


No supe que era real hasta mucho después.

En ese entonces pensé que se trataba de algo así como una performance artística.

Un cerebro en una jarra y varios vasos cerca.

Entonces te servían del líquido ese que tenía un leve color rosáceo.

Es fresco, decían, mientras te explicaban sus características.

De cualquier modo, como lo explicaban en inglés, no lograba entender del todo.

Algo sobre la lisis celular se proyectó en una pantalla.

Luego un tipo que parecía chef dijo hablo sobre notas metálicas, fondo umami y entregó unas cápsulas que debían consumirse horas después.

Eran para detener temblores, creí entender, y pequeños dolores abdominales.

Entonces fue que sirvieron los vasos y los fueron acercando a quienes estábamos ahí.

Eran vasos muy pequeños, largos y de un cristal opaco.

Yo también tomé un vaso, pero no bebí su contenido.

Luego, las personas comenzaron a entrar un salón, mientras yo me alejé y tomé un desvío.

Nadie pareció fijarse en mí.

Crucé varias puertas, sibí y bajé escaleras y me encontré de pronto en una pequeña sala.

Luego avancé por un pasillo y encontré una puerta que me devolvió al pequeño museo al que había ingresado horas antes.

Una mujer se sorprendió al verme, pero me tomó por un turista perdido.

Dejé el vaso sobre una mesa mientras llamaba a un guardia que luego me acompañó hasta la salida del lugar.

Era el museo Pietri, por cierto.

Vi varias antigüedades egipcias en él, unas esculturas de leones y luego, como contaba, un cerebro en una jarra.

Algo ocurrió entre todo aquello, pero no lo recuerdo muy bien.

A veces un recuerdo se asoma, pero yo lo golpeo rápido para que retroceda, como en esos juegos de topos.

Soy muy bueno en ese juego.

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