I.
Sé que olvidé algo.
De eso estoy seguro.
Algunos, cuando comento lo anterior,
insisten en preguntarme qué es lo que olvidé.
Y como respondo que no sé, algunos dudan de mi olvido.
Me lo dicen así, directamente,
como si se enorgullecieran de su estupidez.
Y yo les digo entonces que no recordar qué es lo que olvidé,
es justamente una prueba irrefutable del olvido.
La gran prueba, de hecho.
Y a veces, la única.
II.
Si a alguien debo agradecer la consciencia del olvido
es a la pereza.
No a la pereza breve, que no es más que cansancio
vestido de otras letras.
Yo me refiero aquí a la pereza profunda.
Solo a ella debemos agradecer.
A esa que en el fondo de sí misma deja de preguntarse
por el sentido de las cosas.
Y tras hacerlo, comprende que la verdadera pregunta
es saber si podemos soportar
vivir sin saber qué es aquello que olvidamos.
Respirar con una muesca, digamos.
Dejar de oírlo todo.
III.
Sé que olvidé algo.
Sé que olvidé algo y no debiese ya importarme.
Después de todo,
lo cierto es que todo ha existido ya.
Saber eso, por cierto,
hace que deje de sentirme culpable.
Y es que dejar ir a la experiencia
y de paso al conocimiento
se revela entonces como algo natural.
Una conducta innata, digamos, de lo vivo.
Creo que Cioran escribió alguna vez
que un santo es un analfabeto,
comparado con Aristóteles.
Y yo sonreí cuando leí aquello,
aunque sin saber por qué.