Insistió tanto que quería aprender a tocar el piano, que terminaron por pagarle clases particulares.
Las daba un profesor de música que se había especializado en aquel instrumento.
El niño se veía alegre y estaba entusiasmado con poder aprender.
Sin embargo, luego de dos o tres sesiones, el profesor les dijo a los padres que aquello era una pérdida de tiempo y de dinero.
Y los padres, por supuesto, compartieron su observación.
Luego, conversaron con su hijo intentando explicarle lo que ocurría.
Tal vez le faltó tacto, pero el niño terminó comprendiendo que no tenía el talento.
Se molestó al principio, es cierto, pero al menos comprendió.
Eso comentaban sus padres, al menos, mientras buscaban compensarlo de alguna forma.
Así, como no tenía talento para el piano, terminaron regalándole un tambor.
Uno de esos antiguos, con correa, que se colgaban al cuello.
Un juguete, digamos, más que un verdadero tambor.
De cualquier modo, el niño aceptó el regalo.
A regañadientes, pero lo aceptó.
De hecho, tras colgárselo al cuello, se veía molesto.
Y su rostro, claramente, expresaba cierta rebeldía.
Los padres pensaron que se le pasaría, pero lo cierto es que no fue así.
Y es que el niño tocaba el tambor, es cierto, pero lo hacía golpeándolo con los dedos.
Imaginando, probablemente, que estaba tocando un piano.
Por supuesto, ocurría que el resultado no era agradable al oído.
Por esto, los padres terminaron por esconderle el tambor.
Y el niño, extrañamente, no preguntó por él, de modo alguno.
Desde entonces, lo cierto es que no se volvió a hablar de pianos ni de tambores, en aquel hogar.
Incluso, años después, cuando se les incendió la casa, ninguno de ellos recordó el tambor, para anotarlo en el listado de las cosas que perdieron en el fuego.