Cada vez que gritaba caía junto a ella un ladrillo.
Lo descubrió una vez, en que no pudo contenerse, y grito varias veces.
Tres ladrillos consiguió esa vez, todos del mismo tamaño.
Habían caído junto a sus pies, sin romperse, como si el grito mismo se hubiese transformado en ellos, y hubiesen caído desde esa altura.
Le costó creer que fuera cierto, pero no tenía otra forma de explicárselo.
Sin embargo, cuando intentó comprobarlo y repetir la fórmula, se percató que no funcionaba con cualquier grito.
No servían, por ejemplo, los gritos fingidos ni a un volumen moderado.
Los que se transformaban en ladrillos eran solo los gritos destemplados, surgidos de la desesperación o el desconsuelo.
Por suerte, aprendió a manejar sus emociones de manera tal que podía desesperarse honestamente, evocando ciertas situaciones y lanzando así otros gritos, que se transformaron en ladrillos que ella comenzó a apilar en el patio de su casa.
A pesar de todo, según me dijo, crear esos ladrillos la agotaba.
Aunque también descubrió que luego de crear uno, en plena noche, lograba dormir mejor hasta la mañana siguiente.
-Hace unos días me decidí a hacer un muro –me dijo-. Ya tengo suficientes para hacer uno pequeño y quiero ver si me resulta. Incluso compré cemento.
Luego de esto me pidió apoyo y me invitó para ese mismo fin de semana.
Yo le intenté explicar mi poca habilidad manual, pero ella se comprometió a ayudarme.
-Buscamos tutoriales, luego lo armamos y al final los pintamos –me dijo.
Yo pensé que no sería tan sencillo, pero igual asentí.
-Cuando lo terminemos –agregó-, voy a poner un cartel frente al muro. Uno que advierta que está prohibido lamentarse frente a él.
-¿Y no harás más ladrillos, entonces? –pregunté.
-Espero que no –contestó, evadiendo el tema-. Supongo que alcanza bien con todos esos.