No es exacto, pero ocurre así.
Como si existiese una ardilla que se acercara siempre al terminar el día.
Una ardilla que aparece justo cuando te duermes y eres incapaz de percibir su llegada.
Así, cada noche, la ardilla busca en ti algo que podríamos llamar el fruto de aquel día.
Imagina, si quieres, una bellota o una nuez, para facilitar el ejemplo.
Un fruto pequeño que obtiene de ti sin que te percates y que se lleva a un sitio que también desconoces.
Imagínala empujando ese fruto, como en un documental.
O como en los dibujos animados que veías de pequeño.
Haciéndolas rodar hasta que de pronto parece llegar a su destino.
Un árbol hueco, tal vez, que se va llenando poco a poco.
Una bodega natural digamos, ubicada quién sabe dónde.
Y quién sabe, además, para qué y para quién.
Y claro… tal vez por eso es extraño.
Porque de encontrarnos un día con ese árbol probablemente intuiríamos algo.
Una especie de olor, supongo.
Algo similar a nosotros mismos oculto allá dentro.
O algo que nos completa a nosotros mismos, dentro del árbol, más bien.
De encontrarlo, estoy seguro que descubriríamos a la ardilla, que viene al terminar el día.
Y por qué no, pienso ahora, también descubriríamos otra ardilla, al comenzar.