I.
Hay algo
dentro de la llama.
Algo incombustible, creo yo.
Incluso cuando la llama crece
y se transforma en un incendio,
lo que hay dentro de la llama
permanece inalterable.
No sé si frío, realmente,
pero yo al menos lo imagino así.
Un corazón azul, frío y redondo,
dentro de la llama.
Casi al centro,
pero no al centro.
Pequeñito lo que hay
dentro de la llama.
Si no te esfuerzas
no se ve.
II.
Tal vez lo di a entender, pero no lo dije:
No arde el corazón de la llama.
No se quema desde fuera digamos,
ni tampoco se inflama desde dentro.
No solo es ignífugo, en este caso,
sino también es incapaz de generar calor.
Un mal corazón, a fin de cuentas.
O un corazón
sencillamente falso.
III.
No todo centro, como ven, es un corazón.
De todas formas,
es importante que algo exista,
dentro de la llama.
Un punto de origen y al mismo tiempo de retorno.
Y que sea testigo, desde dentro, de la llama.
No para testificar sobre lo visto.
Tampoco para explicarnos un fenómeno.
Uno para saber, al menos, que fue cierto.
Y que existió.
Y para recordar que también fuimos ciertos,
y existimos
y en ocasiones, sobrevivimos a ese fuego.
Hay algo
dentro de la llama.