jueves, 25 de diciembre de 2025

Pequeñas descargas.


Teníamos un amigo en esa época que podía dar pequeñas descargas eléctricas.

Suponemos que se producían a partir de la estática, pero lo cierto es que él parecía hacerlo por voluntad propia.

Juntaba sus palmas, se concentraba cerrando los ojos unos segundos y luego te anunciaba que estaban cargadas, y si alguno se animaba lo podía comprobar.

Le decíamos el desfibrilador.

Lo conocimos en la universidad, según recuerdo.

Él había estudiado unos semestres de sociología hacía algunos años, y por alguna falla del sistema su tarjeta estudiantil seguía activa, por lo que iba a la biblioteca de nuestra facultad a realizar préstamos cada dos o tres días.

Por lo general solicitaba obras dramáticas. Cualquier cosa vinculada al teatro, no importaba el contexto.

De hecho, ahora que lo pienso, nunca conocí reconocí algún patrón más allá de esto. Ni tampoco una razón tras la elección de esas lecturas.

-No es necesaria una causa para todo –lo escuché decir una vez-. Mi tarjeta estudiantil funciona, doy descargas eléctricas y estoy vivo.

No hablamos muchas veces, pero recuerdo que gracias a él conocí a Usigli y a otros dramaturgos latinoamericanos. También a uno húngaro, que ahora no recuerdo.

La última vez que lo vi fue un año después que salí de la universidad.

Había ido por un problema con el examen de grado y me lo encontré en el patio, con un libro de Soyinka.

Bebimos unas cervezas esa vez y le pedí que me diese un ligero golpe de corriente cuando nos estrechamos las manos, al despedirnos.

Años después, supe que había muerto sorpresivamente, a unas cuadras de la universidad, de un paro cardiaco.

Nadie desfibrila al desfibrilador, escribimos en una lápida de cartón, en un bar, para honrar su memoria.

Nadie está ahí, cuando de verdad lo necesitas.

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