I.
Salía a la calle a recoger monedas.
A buscarlas mientras caminaba, me refiero, y luego detenerse y llevarlas consigo.
No volvía a casa hasta que recogía al menos dos.
No importaba el valor, pero era lo que hacía.
Era algo difícil de lograr, pero ante emergencias recurría a unas plazas donde siempre le iba bien.
Las pocas veces que regresó sin haber logrado su objetivo, registraba la fecha en su calendario.
Las monedas encontradas, por cierto, las dejaba en una lata vacía de café instantáneo.
II.
Una vez, recogiendo monedas, encontró dos veces la misma moneda.
No dos monedas iguales, sino dos veces la misma moneda.
No solo eran del mismo año ni tenían las mismas marcas, sino que eran exactamente la misma, según dijo.
Esas las dejó aparte de las otras, en una pequeña caja plástica.
Una vez, mientras tomábamos una cerveza, me las mostró.
III.
No solo ocurre con las monedas, me dijo esa vez.
Hay que aceptar eso.
No comprenderlo, necesariamente, pero sí aceptarlo.
Como me vio incrédulo, tomó esa vez ambas monedas y las lanzó al aire.
Las dos cayeron mostrando la misma cara.
Luego lo hizo varias veces seguidas y siempre las monedas coincidían cayendo del mismo lado.
Siempre dos caras o dos sellos, me refiero.
Ya ves, concluyó esa vez, tal vez nunca, realmente, hemos regresado a casa.