Se burla de nosotros
el silencio que sigue
a las palabras de uno mismo.
Te obliga a escucharlas, incluso,
nuevamente,
y espera herirte si hay descuido,
y casi siempre lo hay.
Las heridas que produce, por cierto,
se quedan en ti desde entonces
como cajas de resonancia,
no doliendo nuevamente, pero sí recordando
el primer dolor.
No, no es el tipo de dolor
que se acostumbra,
se trata más bien de una pequeña nota ácida,
de un sabor casi,
que frena un poquito y hasta corta
cuando quieres volver a hablar.
Y es que pones en duda entonces
aquello que ni siquiera has dicho.
Te cuestionas incluso desde dónde brota
y toda palabra revela un alma frágil o impostada.
y tu voz parece de esa forma
emitir una plegaria que haces ante un dios
en el que hace mucho, has dejado de creer.
Sí, es así como ocurre, más o menos,
y lo que creías viento es arrastrado ahora
por otro viento,
y temes que las palabras no resistan
y hasta tú mismo buscas aferrarte,
porque no sabes, en silencio, estar de pie.
Resuenas entonces, ante el viento,
como una caja vacía.
Y te edificas sobre recuerdos
que han dejado de arder
y probablemente ni siquiera encajan.
Y claro, es así como por descuido,
te empantanas en el silencio ese,
y temes romperlo porque crees
que podría dañar, nuevamente, la herida.
Ya ves: se burla de nosotros
el silencio que sigue
a las palabras de uno mismo.