lunes, 15 de junio de 2026

Elogiamos la torpeza en las películas mudas.


Elogiamos la torpeza en las películas mudas. La elogiamos y disfrutamos, de hecho, sin sentir culpa alguna. Nos reímos de las caídas, por ejemplo, pues los que van a dar al suelo se levantan de inmediato, fácilmente. Y es que nadie parece sufrir, realmente, en las películas mudas. En ellas, vemos a los personajes moverse incansablemente. Bruscos, apresurados… torpes, en definitiva. Como si supieran de cierta forma a dónde van, pero algo les dificultase al mismo tiempo llegar a ello. Y claro, ese algo, descubrimos luego, es justamente su torpeza. Entonces, disfrutamos de esa torpeza y observamos cada vez más cómodos la odisea cómica del viaje. Los observamos correr, tropezar, chocar con otros. Caer desde altura o ser atropellados. También doblar en las curvas equivocadas o huir de un perro pequeño o de un policía bonachón, que nunca será capaz de herir a nadie realmente. ¡Qué torpes son…!, pensamos, mientras los observamos, casi siempre sonriendo. Son tan torpes que uno se siente hasta un poco más seguro cuando los ve actuar así. Más seguro de uno mismo, me refiero. De no tener tanta torpeza, tal vez. O de administrarla mejor, en cualquier caso. Secretamente, sin embargo, algunos envidiamos el saber qué quieren esos tipos. La seguridad que tienen ellos de saber a dónde van. De estar en camino, digamos, a su sitio correcto. Sí. Por eso elogiamos la torpeza en las películas mudas. Porque sin palabras es más fácil ser torpe. Más fácil y más puro. Más limpio.

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