Esa noche fuimos juntos a un stand up de profetas. O así al menos se anunciaba en los carteles.
No es que fuese un show realizado por profetas, aclaraban, sino era un tipo que solo contaba anécdotas y chistes de profetas.
Habían pegado carteles justo frente al bar donde nos juntamos esa vez, y ella fue la que me invitó a ir.
Se recomienda no asistir si usted es creyente, decía en la parte baja del cartel, junto a una carita sonriente.
También salía el valor de las entradas, que terminé pagando yo.
-Gracias por invitarme –dijo ella, mientras pedía unas copas (que también debí pagar).
Poco después subió a un pequeño escenario un también pequeño comediante.
La gente lo recibió entre aplausos, como si fuese muy reconocido.
Yo nunca antes lo había oído nombrar.
Entonces, sin más, el comediante comenzó a contar como se topaba día a día con distintos profetas.
En el ascensor, en el metro, en la oficina donde decía que trabajaba.
Todos los que conocía, se quejaba, eran profetas.
Y todos le decían, cuando se juntaban, lo que a él le iba a pasar.
-El último me dijo que hoy conocería a uno en este show –dijo entonces-. Así que pregunto: ¿hay alguien aquí que sea profeta?
Nadie levantó la mano.
-No importa –agregó-, el profeta me advirtió que esto pasaría, y me anunció que solo después de varios intentos se atrevería a revelarse… Vuelvo a repetir, entonces, ¿está aquí ese profeta?
La situación me parecía incómoda, pues nadie respondía y había una tensión en el ambiente.
Pasaron algunos segundos.
Justo entonces la chica que estaba conmigo levantó la voz.
-¡Aquí! –dijo mientras me apuntaba-. El profeta que buscas me invitó a venir.
-¡No es cierto…! –reclamé.
-¿No eres profeta? –me preguntó el comediante, mientras algunos se volteaban a verme.
-No es cierto que la invité a venir –dije, levantando la voz.
Hubo risas, algo incómodas, y una que otra pifia también.
El comediante comenzó entonces a hacerme preguntas, y yo las respondía, sin pensar.
No recuerdo bien de qué hablamos, pero entre otras cosas bromeó sobre el libro que tenía sobre la mesa, diciendo que era un libro de profecías.
-Es un libro de Cartarescu –lo corregí.
La gente rio, como si Cartarescu fuese gracioso.
Eso me molestó.
Solo detuvo mi enojo un pequeño temblor que se sintió en el local.
Y claro, luego se cortó la luz.
Algunos de los que estaban ahí se levantaron nerviosos, como si todavía estuviese temblando.
Al hacerlo, se cayeron algunas copas y botellas, causando un gran alboroto.
Gritando, la chica que estaba conmigo me tomó de la mano y me tironeaba para escondernos debajo de la mesa.
-No hay terremoto… -le intenté explicar, mientras retiraba mi mano y veía como ella se escondía igualmente.
Por último, esperando que todo se calmara, tomé el libro de Cartarescu y lo abrí al azar, mientras posaba un dedo en una frase.
Cuando vuelva la luz veré lo que dice, me dije.
Y esperé.