Estaba ya al otro lado de la montaña, a la orilla del río, cuando se acercó al lugar un niño con un caballo.
El niño –de unos diez años, calculo-, llevaba al caballo de las riendas, caminando junto a él.
También llevaba un celular en la otra mano y lo miraba cada cierto rato.
Quise saludarlo con un gesto, pero no me contestó, así que insistí hasta que contestó levantando levemente la cabeza.
El caballo, mientras tanto, tomó agua de una poza, junto al río.
Luego se acercó y se paró al lado de donde yo estaba.
Me quedé observándolo un buen rato.
-¿Nació así ese caballo? –le pregunté al niño.
-No –me dijo-, nació más chico. Son potrillos primero, luego crecen.
Lo miré para ver si se estaba burlando, pero no me quedó claro.
-Me refiero a si nació tuerto o le pasó algo después -expliqué.
El niño me miró extrañado, como si no entendiera de qué le hablaba.
-Al caballo le falta el ojo izquierdo –le dije, apuntando al lugar donde debió estar el ojo-. ¿Le pasó algún accidente o es así desde que nació?
-No sé –me dijo, mientras se acercaba a ver al animal-. No me había fijado… Igual el otro ojo está bueno.
El niño revisaba al caballo, como si de verdad nunca se hubiese percatado de aquello.
Incluso con el celular le sacó una foto a la cuenca vacía.
Luego se quedó mirando la foto.
-¿Siempre se fija en los ojos de los caballos? –me preguntó el niño, poco después.
-Solo cuando les falta alguno –contesté.
-Igual con el otro le basta y sobra –me dijo-. Es el mejor caballo que tiene mi familia.
Me quedé en silencio.
-Es raro tener dos ojos –dijo entonces el niño-. Es raro si con los dos vemos lo mismo, nada más.
-Puede ser –le dije-, pero con uno menos se ve un poco menos por ese lado… O sea, se deja de ver un poco.
El niño se tapó un ojo y se puso a observar el entorno, moviendo la cabeza.
-Igual sirve poco –dijo por fin-. Se puede vivir con uno.
El niño hablaba mirando hacia el río, pensando en voz alta, más bien.
-Un ojo -lo escuché decir-. Una boca, un corazón, un culo… Basta con uno, al final.
-Puede ser –comenté.
Tras esto, el caballo comenzó a moverse nuevamente y se acercó donde estaba el niño.
Él volvió a tomar al caballo de las riendas y, tras volver a mirar el celular, se fue sin despedirse.
Yo, mientras tanto, me quedé tapándome un ojo, alternadamente, y mirando el entorno.
Es verdad, me dije, no se pierde mucho.
Finalmente, respiré hondo y me dispuse a regresar, al otro lado de la montaña.