“Antes y despupés del fin, un niño gris…
Y el final de un año”
O. W.
Caminé unos pasos hasta dar con otra puerta.
La mujer se acercó a abrirla.
Al otro lado, se veía un cuarto pequeño.
En él, había una cuna de madera, algo antigua, ante la cual la mujer se inclinó.
-No está del todo despierto –me dijo-, pero puede acercarse a verlo.
Con algo de temor, lo hice.
No sabía exactamente con qué me iba a encontrar. O cómo iba a reaccionar ante aquello que estaba ahí.
-Puede tomarlo en brazos, si quiere –me dijo la mujer.
Yo, nervioso, observé la cuna.
Parecía vacía, pero la mujer insistía con sus gestos, indicándome que el niño estaba ahí.
-No puedo verlo –le dije a la mujer.
-Puede –dijo ella.
Volví a mirar. Me fijé esta vez en un papel que estaba sobre las colchas. Era una hoja blanca, delgada, en la que estaba dibujado un niño. O un bebé, en realidad. Un bebé gris.
-Recuerde que puede tomarlo –reiteró la mujer-. Hágalo con cuidado, eso sí.
No sabía si tomarla con seriedad, pero finalmente hice lo que decía, y tomé el dibujo.
Lo observé.
Hacerlo me produjo una extraña sensación, en el pecho.
Es una especie de angustia buena, me dije.
-Es un dibujo –dije, con algo de duda.
-Es un niño gris –me contestó la mujer.
Yo observé nuevamente el dibujo y asentí.
-No lo había visto de ese modo –le dije.
Y era cierto.