miércoles, 15 de julio de 2026

Acá.


A M. le encargaron cuidar el departamento de un amigo.

Visitarlo cuatro veces por semana, idealmente.

Esto durante el mes y medio que F., el amigo de M., estaría fuera del país.

Las tareas de M. eran breves y específicas: regar las plantas, ventilar un poco y alimentar al erizo.

M. se comprometió a hacerlo y le pidió que le entregara instrucciones escritas y detalladas, para evitar problemas.

Lo hizo así durante dos semanas sin tener inconvenientes.

Es decir, regó las plantas, ventiló un poco y le dejó comida al erizo.

Sin embargo, a la tercera semana, comenzó a inquietarse por no ver nunca al erizo.

La comida se acababa, ciertamente, pero nunca había logrado verlo.

Se lo comentó a F., en una oportunidad que hablaron por teléfono.

F. le dijo que no se preocupara; que Mark Twain (ese era el nombre del erizo) era nocturno y que debía estar escondido durante el día.

En vez de calmarlo, la idea del erizo escondido inquietó más a M., quien comenzó a buscarlo.

Estimó que el departamento era pequeño y que no había muchos sitios para esconderse.

Por lo mismo, se dedicó a buscarlo durante varios días en que fue al departamento, aunque sin lograr encontrarlo.

Un par de semanas después, cuando quedaban pocos días para el regreso de F., M. se dijo que iba a encontrar al erizo, y decidió quedarse una noche al interior del departamento, esperando ver al erizo cuando fuese por la comida.

M. se arrellanó en el sillón a esperar que oscureciera.

No planeaba tomar al erizo ni molestarlo de forma alguna, solo ratificar que existía viéndolo en silencio, y seguirlo con la vista para ver dónde se escondía.

Mientras esperaba la noche, M. tomó un libro que encontró en el departamento y aprovechó de leerlo.

No era extenso y tenía letra grande, así que podía terminarlo mientras esperaba.

El título del libro era “Luro”, y había sido escrito por una argentina de la que M. nunca había oído hablar.

Poco antes de terminarlo, el erizo pasó cerca de los pies de M. y llegó al lugar donde estaba su comida.

Como M. parecía estar absorto en su lectura, no lo vio, cuando pasó.

Luego, poco después de terminar la lectura, M. notó que la comida del erizo ya no estaba.

Y el erizo, por supuesto, tampoco.

Con todo, M. estaba tranquilo y con una sensación extraña que al mismo le sorprendía.

Sé por qué estoy acá, se dijo.

Poco después, se tendió en el sofá, y se durmió.

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