sábado, 19 de septiembre de 2026

Un stand up de profetas.


Esa noche fuimos juntos a un stand up de profetas. O así al menos se anunciaba en los carteles.

No es que fuese un show realizado por profetas, aclaraban, sino era un tipo que solo contaba anécdotas y chistes de profetas.

Habían pegado carteles justo frente al bar donde nos juntamos esa vez, y ella fue la que me invitó a ir.

Se recomienda no asistir si usted es creyente, decía en la parte baja del cartel, junto a una carita sonriente.

También salía el valor de las entradas, que terminé pagando yo.

-Gracias por invitarme –dijo ella, mientras pedía unas copas (que también debí pagar).

Poco después subió a un pequeño escenario un también pequeño comediante.

La gente lo recibió entre aplausos, como si fuese muy reconocido.

Yo nunca antes lo había oído nombrar.

Entonces, sin más, el comediante comenzó a contar como se topaba día a día con distintos profetas.

En el ascensor, en el metro, en la oficina donde decía que trabajaba.

Todos los que conocía, se quejaba, eran profetas.

Y todos le decían, cuando se juntaban, lo que a él le iba a pasar.

-El último me dijo que hoy conocería a uno en este show –dijo entonces-. Así que pregunto: ¿hay alguien aquí que sea profeta?

Nadie levantó la mano.

-No importa –agregó-, el profeta me advirtió que esto pasaría, y me anunció que solo después de varios intentos se atrevería a revelarse… Vuelvo a repetir, entonces, ¿está aquí ese profeta?

La situación me parecía incómoda, pues nadie respondía y había una tensión en el ambiente.

Pasaron algunos segundos.

Justo entonces la chica que estaba conmigo levantó la voz.

-¡Aquí! –dijo mientras me apuntaba-. El profeta que buscas me invitó a venir.

-¡No es cierto…! –reclamé.

-¿No eres profeta? –me preguntó el comediante, mientras algunos se volteaban a verme.

-No es cierto que la invité a venir –dije, levantando la voz.

Hubo risas, algo incómodas, y una que otra pifia también.

El comediante comenzó entonces a hacerme preguntas, y yo las respondía, sin pensar.

No recuerdo bien de qué hablamos, pero entre otras cosas bromeó sobre el libro que tenía sobre la mesa, diciendo que era un libro de profecías.

-Es un libro de Cartarescu –lo corregí.

La gente rio, como si Cartarescu fuese gracioso.

Eso me molestó.

Solo detuvo mi enojo un pequeño temblor que se sintió en el local.

Y claro, luego se cortó la luz.

Algunos de los que estaban ahí se levantaron nerviosos, como si todavía estuviese temblando.

Al hacerlo, se cayeron algunas copas y botellas, causando un gran alboroto.

Gritando, la chica que estaba conmigo me tomó de la mano y me tironeaba para escondernos debajo de la mesa.

-No hay terremoto… -le intenté explicar, mientras retiraba mi mano y veía como ella se escondía igualmente.

Por último, esperando que todo se calmara, tomé el libro de Cartarescu y lo abrí al azar, mientras posaba un dedo en una frase.

Cuando vuelva la luz veré lo que dice, me dije.

Y esperé.

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