I.
Vi dos arañas grandes apostando moscas muertas.
Moscas pequeñas, por cierto. Algo secas.
Las dejaban junto a ellas y se miraban fijamente.
No sé en qué consistía su apuesta, pero entre la mirada de ambas yo creo que rodaban dados.
Así, tras un rato, una de ellas empujaba con una de sus patas una mosca hacia la otra.
Y esa, entonces, agrupaba la mosca ganada junto a las otras que tenía.
Luego seguían apostando.
II.
Tardaron horas, las arañas, en terminar el juego.
No es que tuviesen muchas moscas, cada una, pero solían turnarse en los triunfos.
De igual forma, una vez despojada una de todas sus moscas, siguió un rato apostando.
No sé qué apostaba esa araña, pero siguió en la misma actitud, frente a la otra.
Tal vez ganó, incluso, pero como su apuesta fue cero, su premio debió doblar ese factor.
Luego se fue, simplemente, la que no tenía moscas.
Sin aire de derrota.
III.
Debiésemos aprender de las arañas.
De sus apuestas, me refiero.
No por el tiempo empleado ni por el producto apostado, pero sí por la actitud, al menos.
Lo digo no solo pensando en la araña derrotada que se retiró digna.
Ni tampoco por la ganadora que envolvió a sus moscas en tela y se las llevó consigo.
Los que me conocen, ciertamente, saben a qué me refiero.