martes, 5 de mayo de 2026

Un termo para agua tibia.



Le pregunto qué quiere que le regale.

Primero dice que nada, como siempre.

Luego comenta, al pasar, que quiere comprar un termo.

Pero ella quiere uno especial, solo para agua tibia.

El color o el material parece que no le importa.

O eso infiero, al menos, pues ni siquiera lo menciona.

No me interesa mantener el agua casi hirviendo o helada, me dice, lo que quiero es agua tibia.

Yo la observo atentamente, mientras habla, como si se tratase de la solicitud más común de todas.

Como no sé qué decir gano tiempo preguntando por el color o la capacidad ideal de lo que busca.

Ella reitera entonces su único requerimiento.

Yo asiento.

Le digo que me espere e intento buscar en internet.

Mientras busco, pienso para qué querrá ella un producto así.

Luego, para ser más exacto en la búsqueda, le pregunto cuánto es para ella, el agua tibia.

Como no me entiende le explico que necesito un rango.

¿Entre qué grados el agua para ti está tibia?, le pregunto.

Ella se complica un poco y hasta parece molesta, como si aquello fuese obvio.

Al final me explica algo sobre la temperatura corporal y arroja unos números.

Igual no quiero eso de regalo, me dice, mientras sigo buscando.

Eso lo quiero comprar yo, pero ayúdame a buscarlo.

Eso hago, contesto.

Entonces me meto en varios sitios hasta que logro encontrar uno con esas especificaciones.

O esa única especificación, más bien.

Hay que importarlo, le digo, pero el termo existe.

Claro que existe, dice ella. Todo existe.

No sé qué comentar sobre aquello así que simplemente le envío el link.

Tras hacerlo siento náuseas, de pronto, no sé por qué.

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