En mi caso, guardo siempre un regalo sin abrir, me dijo. El que suele verse mejor, para ser exacto. De hecho, tengo hasta un lugar en la casa para
dejarlos, pues es un ritual que sigo desde hace años. No se trata de guardarlos para abrirlos después, por cierto. Ni
siquiera pienso abrirlos, si soy sincero. Y es que los dejo ahí, finalmente,
para recordarme que no los necesito. No los regalos, precisamente, pero digamos
que ellos funcionan como símbolos, en este proceso. Tengo lo que necesito, me
digo, cuando los veo. Lo extraño es que cuando cuento todo esto, mis amigos
suelen ofenderse en vez de alegrarse… cuestión que me lleva a dudar incluso si
son o no, verdaderamente, mis amigos. Y claro, ocurre entonces que me ofusco y esos
amigos se transforman en otros de esos regalos sin abrir, prácticamente. Y
parte del mundo entero, ya que estamos. En una de esas, sin embargo, el egoísta
soy yo, tal como ellos dicen, pero sinceramente me nace sentir que tengo la
razón, en esta disputa. Después de todo, sé quién me envió cada una de esas cosas
que no necesito, excediendo mi necesidad y mi felicidad natural. Lo sé, y me
alegro que me hayan ayudado a darme cuenta de aquello que ya poseo. De verdad
no sé por qué se enojan… lo juro.
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